Kai Parlange y el secuestro como “Espacio Interior”

La verdadera historia es la lucha, la supervivencia

Por Sergio Raúl López

La más terrible de las convalecencias es aquella gratuita, fuera de toda razón y causa. En este caso, la del prisionero no del sistema penal, ni de las instituciones de salud y mucho menos psiquiátricas, sino del hombre secuestrado. Sano, poseedor de todas sus facultades, acaba reducido a un simple instrumento de enriquecimiento para un puñado de criminales.

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Así, la desesperación resulta infinitamente más terrible e insoportable. Y aunque Espacio interior (México-España, 2012), del realizador debutante Kai Parlange –poseedor de una buena trayectoria en el medio publicitario y quien creó Glorieta Films para realizar este largometraje–, intenta convertirse en un claustrofóbico y devastador llamado a la esperanza de la manera en la que un arquitecto logra sobrevivir no sólo a sus captores sino a sí mismo, tras un larguísimo encierro, gracias a sus arrebatos de fe, a los recuerdos de la familia añorada y, sobre todo, a la fortaleza profunda que le brota con el implacable paso de los días, no logra evadirse de ser un retrato dolorido del México actual.

Uno más entre la reciente producción cinematográfica nacional, tan proclive a tocar, así sea de soslayo, la violencia del crimen organizado, la dura realidad del narcotráfico, la fragilidad del inmigrante ilegal, los abusos del ejército y las fuerzas policiales, los agujeros civilizatorios que son las regiones fronterizas o, claro, como en este caso, el extendido y fructífero ejercicio del secuestro.

Basado en las vivencias sufridas en carne propia por un destacado arquitecto capitalino que logró subsistir, en los años noventa, a los largos meses de encierro e incluso reblandecer a sus captores al grado de convencerles de liberarlo para poder devengar la cantidad exigida, el personaje de Lázaro, interpretado por un esquelético y traumatizado Kuno Becker, subsiste en una breve habitación blanca de nueve metros cuadrados apelando a sus recuerdos y al ejercicio imaginario de la existencia previa a su captura. Dicha interpretación le mereció a la afamada estrella –ya no más protagonista de melodramas telenoveleros o cinematográficos bien goleadores o enamoradizos–, el premio al Mejor Actor en el vigésimo séptimo Festival Internacional de Cine en Guadalajara, en marzo de 2012 y la cinta el Premio del Público –año en que Martha Higareda ganó el correspondiente a Mejor Actriz por Mariachi gringo, de Tom Gustafson, triunfadora como Mejor Película, tras lo que desapareció la Sección Mexicana de dicha competencia.

Con guión del propio director junto con Pierre Favreau, fotografía de Juan José Saravia, edición de Álex Rodríguez y Jorge García –además de Parlange–, y dirección de arte de Diana Quiroz, este largometraje de tonos trágicos y desesperantes que deviene en oda al optimismo y a la voluntad férrea del héroe involuntario, cuenta también con actuaciones de Ana Serradilla, Hernán Mendoza, Gerardo Taracena y Rocío Verdejo, entre otros.

La estancia de Espacio interior en la cartelera mexicana, con distribución de Alfhaville Cinema, da pie a la siguiente entrevista con Parlange.

¿Cómo consiguió el permiso para trasladar esta historia de una intimidad tan marcada y terrible, a la pantalla?

Tuve la oportunidad de conocer esta historia en el 2006 relatada por la persona que vivió este suceso tan cabrón, este aislamiento absoluto, y tuvimos que convencerlo que nos permitiera llevar su historia al cine. Nos tardamos un par de meses, pero lo logramos y tuvimos la oportunidad de estar muy cerca de él para escribir el guión, lo alimentábamos con las entrevistas que nos daba, además tuvimos la fortuna que nos permitiera tener más de 700 hojas del diario que llevó durante su encierro, escritas con la letra más pequeña que uno pueda imaginar, no para tener el recuerdo del evento sino como el ejercicio de libre conciencia que uno ejerce cuando piensa que nadie más lo va a leer. Eso hizo posible construir un guión tan rico, a partir del que empezamos a armar el proyecto. Yo busqué como protagonista a Kuno Becker, que era mi primera opción, pues además de que me gusta su trabajo yo veía que tenía un potencial actoral muy grande y no me equivoqué.

 

Curiosamente, Becker venía de filmar La última muerte, un proyecto para el que también tuvo que bajar de peso y enfrentar muchas exigencias físicas.

Sí, pobre, tuvo que enflacar mucho para La última muerte y cuando pasaron varios meses y recuperó su peso, llegó conmigo y le pedí que volviera a bajar de nuevo. Estaba que no lo creía. Creo que primero bajó 12 kilos y cuando ya los había subido tuvo que volver a bajarlos, entonces en un año tuvo un desafío muy grande, pero estaba muy contento de hacerlo porque es muy importante vivir en la piel propia lo que sufrió este personaje. Al final, esta transformación física aunque es la más superficial, también es muy importante, le hicimos unas entradas muy grandes en el cabello para aumentarle la edad, además de la palidez, no se pudo asolear durante muchos meses para tener el nivel de piel necesario para representar a un hombre que estuvo recluido durante tanto tiempo. Claro que el nivel más importante es la transformación y revolución interna, este crecimiento y este viaje interior es lo más complejo.

 

¿Cómo eligieron la paleta de colores y otros rasgos del set para este relato?

La historia comienza con una luz muy dura, con un espacio muy estrecho, muy claustrofóbico, que así es como el personaje lo siente en un principio, y conforme se va adaptando, la luz comienza a volverse más suave y el espacio a sentirse más grande. En un principio es un lugar muy agreste y duro, todo blanco, y conforme va metiéndole estos dibujos comienza a hacerlo más amable, más suyo, comienza a limpiarlo, a cuidarlo, la idea era vivir la adaptación en la piel del personaje. Ahora, en contrapunto en un principio ves a un cuate que, aunque está muy asustado, está más sano, pero conforme pasa el tiempo lo ves más lastimado físicamente, más flaco, con una mirada más huidiza, el pelo y la barba más largos, pero la mirada también va cambiando, en un principio es más asustada pero conforme va avanzando el tiempo tiene más tranquilidad, más paz, mucho más profunda. Es un hombre que comienza cada vez más a vivir dentro de él.

 

Más que una historia sobre el secuestro, trata de la voluntad férrea de una persona, de su esperanza.

Claro que sí, de un hombre en el límite, su lucha y su renacimiento, esa es la verdadera esencia de la película: la lucha de un ser humano ante una situación tan complicada que bien hubiera podido haber sido la historia de un hombre en una isla desierta, en un campo de concentración o un náufrago. El contexto es el secuestro, pero la verdadera historia es la de la lucha, la supervivencia, un hombre que lucha todos los días.

 

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (12/VIII/2013).

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