El mundo hermoso de Alejandro González Iñárritu

No todos los directores de cine pueden dirigir un comercial

Por Sergio Raúl López

Suenan apabullantes, grandilocuentes, absolutas, al oído común, palabras tales como “arte”, “expresión personal”, “espacio-tiempo”, “inteligencia emocional”. Y abundan en toda charla en la que Alejandro González Iñárritu monopoliza el micrófono y la atención masiva. Su pasado locutoril aflora y le recuerda que, diga lo que diga, será aplaudido a rabiar.


Basta mirarlo en las fotografías con las que se ha promovido en la campaña mercadotécnica de Biutiful (México-España, 2010): El cineasta mexicano, cuidadosamente despeinados los cabellos y enredada la bufanda, abraza la cámara de cine con el arrebato artístico vuelto rictus en su rostro. En otra, atento, concentrado, mantiene la mano en ristre, para poner en movimiento la filmación entera. Una tercera le capta de nuevo con la mirada al infinito, mano enfática y Javier Bardem al lado, atento al espíritu artístico del realizador.
Tales imágenes resultan reveladoras por sí mismas: funcionan, más que como fotofijas, como fotografías publicitarias preparadas con antelación. Cada detalle está cuidadosamente previsto para que el público masivo le admire no solamente por sus cintas sino por su personalidad, su presencia, su relevancia, por el aparato mediático en torno suyo.
El plan de lanzamiento para su cuarto largometraje, una coproducción mexicoespañola, rodada íntegramente en la ciudad condal de Barcelona, se inició en el Festival de Cannes, donde fue admitida para competir en la Selección Oficial y atrajo la cargada de los noticieros de Televisa, que lo daban por ganador de la Palma de Oro. Al final, el que ganó el premio, pero a Mejor Actor, fue el protagonista único de la cinta –pues le rodean solamente personajes secundarios e incidentales–, el español Bardem, por el contradictorio personaje de Uxbal, quien pese a regentear a dos grupos de ilegales -chinos y africanos- unos que, hacinados, cosen y otros que, expuestos a las razzias, venden bolsas para mujer de imitación, amén de ganarse unos euros extra asistiendo a los recién fallecidos a encaminarse al más allá en sus propios velorios, sobrevive en condiciones miserables, en una Europa poco conocida, con un par de hijos que tuvo con una ninfómana y adicta que los abandonó.
-Escribí la película con su cara -explicaría Iñárritu sobre Bardem-. Tengo la fortuna de conocer a Javier desde hace diez años. Igual que a Sean Penn, tuvimos la oportunidad de conocernos antes de siquiera imaginar que filmaríamos. Nos conocimos en una fiesta de Amores perros en Los Ángeles, nos divertimos mucho, tomamos muy buenas copas, nos amanecimos y siempre tuvimos mucho entusiasmo, mucho ánimo de poder trabajar juntos. Él es muy intenso, muy perfeccionista, yo soy igual, entonces dos intensos perfeccionistas en un set crean chispas, cosas extraordinarias y ése es el resultado del cual nos sentimos muy cercanos y muy contentos.
La campaña coincidió, en México, con dos de los principales festivales locales de cine: el de Guanajuato, a fines de julio, donde ofreció una conferencia magistral de más de dos horas, y el de Morelia, donde la cinta tuvo su preestreno el 15 de octubre, con todo y alfombra roja, antes de llegar unos días después –el viernes 22– a la cartelera comercial, donde actualmente se encuentra programada.
Biutiful -explica- es un evento muy ordinario de una persona muy ordinaria con una relación ordinaria dentro de la sociedad que vivimos ahora, con reflexiones acerca de nuestra existencia. No hay eventos grandilocuentes, a diferencia de las anteriores, que eran películas dominadas por el plot, por el evento; ahora el volante lo maneja un personaje cuyas pequeñas cotidianidades sumadas van convirtiéndose en un momento de vida trascendente. La mecánica dramática de esta película es muy íntima, de pequeños eventos que, sumados, hacen una gran explosión emocional.

-Juan Villoro calificó su trabajo para Nike como el comercial perfecto de futbol. ¿Qué diferencias encuentra entre filmar un comercial y una película?
-Uy, es muy diferente. Yo creo que no todos los directores de cine, de largometraje, pueden dirigir un comercial y tampoco que los directores de comerciales pueden necesariamente brincar al cine. Yo tuve un desvío afortunado y fue que aprendí a narrar en un minuto. La narrativa de editar y contar una historia en un minuto te requiere y demanda precisión, saber que cada segundo es importante de significar. La diferencia con un largometraje, con la narración de un drama en dos o dos horas y media, es el secreto del cine. La forma de producción también es distinta, porque en el anuncio sí estaba atendiendo un objetivo muy preciso y comercial. En la forma de producción publicitaria hay mucho derroche, hay demasiadas horas de filmación para que ese mundo sea perfecto, entonces realmente sí, la ejecución, la logística, los presupuestos y los objetivos de un comercial como el de Nike no tienen absolutamente nada que ver con un largometraje. Y, aunque no lo creas, sufrí demasiado en ese comercial, fue muy largo, con muchos problemas de logística, incluso se decía que el comercial cargaba un embrujo. Gracias a los españoles que salvaron la camiseta, de lo contrario hubiera sido un comercial embrujado.

-Me imagino que sus prácticas previas en el mundo de la publicidad le ayudaron a ejercitarse en la creación de imágenes.
-No, no. Para mí, como director, fue todo un reto y como artesano fue una gran experimentación. Repito: experimentar con una cámara y filmar los cuerpos en movimiento del futbol es algo que nunca antes había filmado, y en distintos espacios arquitectónicos. Tratar de unir las ideas de equipos que no existen con emociones del Mundial era trabajar una madera que no conocía. Me gustó adentrarme en esa cosa, pero no era arte, no es personal, no te toca aquí (el pecho, el corazón). O sea, no estaba filmando y estaba llorando viendo a Rooney [como sí lo hizo con Bardem], sino pensaba: “Que ya se vaya este cabrón, porque ya viene el otro”. Vaya, es diferente.

Amor y dolor, compartidos
Recién transformado en veinteañero, Alejandro González Iñárritu se halló frente al micrófono y la experiencia le transformó la vida. Le resultó sencillo conseguir trabajo como locutor de una estación juvenil como era WFM en la década de los noventa, ya que era el director de la radiodifusora. Ahí, confiesa, dueño de tres horas diarias al aire, aprendió a entretener, a capturar la atención de millones de personas.
Muy pronto, mudó sus afanes a la publicidad, de nuevo en empresas de Televisa, dedicado a “escribir y producir y dirigir y editar”, cortinillas y comerciales de alrededor de un minuto para los canales 2, 4 y 5. Ya con las herramientas sonoras, mercadotécnicas y audiovisuales bajo el brazo, al arribo de la transición del siglo, dejó su agencia publicitaria e incursionó en la realización cinematográfica con una película cuyo éxito internacional le catapultó tan inmediatamente a la fama: Amores perros (2000), instalado en el olimpo mediático de los directores mexicanos en Hollywood, o al menos, portando un tuxedo, invitados a los premios Oscar.
-Para mí Amores perros significo la oportunidad y la fortuna de haber conocido a Guillermo Arriaga -el guionista de sus tres primeros filmes- en el momento adecuado, de haber juntos podido concretar y coincidir en intereses mutuos. Fue un privilegio y fue una gran oportunidad para poder coser esta historia entre los dos, y poder lanzarme entonces a dirigir esta primera película que fue un regalo para todos los que participamos en ella.

Tras las entregas de 21 gramos (2003) y de Babel (2006), Iñárritu regresó con una película hispanohablante y ya sin la mancuerna con Arriaga, para encontrar en México un público rendido, que le mira como a un santón o un guía de superación personal. Y él lo aprovecha a la perfección para dar consejos, relatar anécdotas e incluso realizar inmersiones en el arte y la filosofía.
Al presentarse ante los más de mil estudiantes que abarrotaron el Auditorio del Estado de Guanajuato, para “inyectarles ánimo”, soltó una de las primeras: “El 50 por ciento del arte es creer en ti mismo”.
Luego, al abordar los ritmos que requiere la creación de un largometraje y su dificultad para abordar los sucesos contemporáneos de manera inmediata, soltó una advertencia: “La crítica es al cine lo mismo que el periodismo es a la historia, se escribe antes de poder ser entendida. Tienen que escribir de cosas que ustedes mismos todavía no entienden cómo o por qué suceden, se navega en una superficialidad tal, con tal brutalidad, que la gente entiende los hechos, pero no entiende las raíces del problema”.
O al explicar el tono de melodrama y de continuas angustias y sufrimientos que enfrentan sus personajes: “Yo creo que la vida y el cine se tratan únicamente de compartir el dolor, de transmitir mucho amor y de cuestionarnos los extraordinarios y extraños sucesos y eventos que nos suceden a diario, pero siempre con mucha compasión. Así he entendido yo la vida y lo he tratado de transmitir así en mi cine”.
Incluso realizó saltos cuánticos desde los complejos terrenos de la física y la relatividad, hasta los de la composición musical, para explicar sus creaciones: “Yo creo que el cine, como la música, están muy relacionados al espacio-tiempo, y quien no tenga bien desarrollado este concepto, es prácticamente imposible que sea músico o cineasta, es brutalmente importante para esta forma de expresión. Yo creo que antes de cineasta soy músico, y digo que soy músico frustrado porque no estudié música, y tampoco cine. Soy absolutamente autodidacta, aprendí de la vida y los maestros que he tenido no son de la universidad, sino de la vida, que me han dado todo tipo de derrames. La calle me enseñó mucho, así como la observación porque es verdad que hasta que no observamos las cosas, no suceden y no se intercambian. Sólamente nos transformamos cuando estamos dispuestos no a ver, sino a observar”.
No hay duda: Iñárritu es un gran publicista. Su actual producto es él mismo.

 

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (1/XI/2010).

 

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