Pedro González Rubio zarpa a la mar

Quise explorar esa luz sin miedo a la cursilería

Por Sergio Raúl López

Un sitio con el tiempo detenido resulta inmejorable para una separación. Ya instalados en una cotidianidad repetitiva, calma, con visos de eternidad, pareciera que la despedida nunca llegará. Especialmente cuando el padre maya cuenta con unos cuantos días para convivir con su pequeño vástago antes de enviarlo de vuelta con su madre italiana.

El idílico lugar elegido es una cabaña que pareciera levitar sobre las plácidas aguas de bellísimas tonalidades azuladas del Caribe mexicano, donde no se camina ni se ara sino que se navega y se pesca, en el que los vecinos son las gaviotas, las fragatas, los cocodrilos y otras criaturas. Ahí, tres hombres que representan edades distintas -abuelo, padre e hijo- vivirán sus rutinas en un rincón paradisiaco: la reserva natural del Banco Chinchorro.
Y conforma la anécdota sobre la que se revuelve Alamar (México, 2009), segundo trabajo de tono documental realizado por Pedro González Rubio en la zona maya del sureste mexicano, luego del premiado testimonio Toro negro (México, 2004, dirigido junto con Carlos Armella).
Si bien ambos trabajos comparten rasgos comunes como el retrato minucioso y de largo aliento de la vida íntima en los pequeños pueblos de raigambre maya, la cámara de video y la concepción aventurera de seguirlos cámara en mano, sus personajes no podrían hallarse más en las antípodas. El campechano Fernando Pacheco, protagonista del infernal caos de creciente psicosis que es Toro negro, es un torero autodidacta, tan talentoso cuanto temerario, violento y desobligado, afecto a la cerveza y a la marihuana, que golpea a su mujer y hace honor a su apodo: El Suicida.
En cambio, Jorge Machado, un guía de turistas de largos cabellos ensortijados, cuerpo ágil, tatuado y con perforaciones, es la representación de la serenidad absoluta, del padre amoroso y afable, de suave trato hacia su hijo Natan y con una casi orgánica adaptación a su entorno en Alamar.
La diferencia extrema resulta notoria también a la hora de definir su género: mientras Toro negro es tan claramente un documental que shockea por sus acciones duras que ninguna moralina cinematográfica oculta, en Alamar el rasgo documental se olvida por lo fantástico del permanente estado contemplativo de las bellezas naturales y por lo extraordinario del tipo de vida de estos pescadores hedonistas y permanentemente felices. Una clave, quizás, esté en los premios re- cibidos por este largometraje de 73 minutos de Mantarraya Producciones, siempre en categorías de ficción: el Primer Coral en La Habana; el Fipresci en Tolouse; el Tiger Award en Rótterdam; además de Mejor Película en Morelia, Santiago, Montreal y Uruguay. Hace un par de semanas que Alamar recorre la cartelera mexicana y se puede ver también en la Cineteca Nacional.

-¿Cómo decidió sobre quién hacer un documento visual tanto en Alamar como en Toro negro y pasar largo tiempo de su vida al lado de cada uno de ellos?
-Son personalidades con mucha fuerza, con mucho carácter; cada uno en vertientes opuestas, aunque ambos son de origen maya. Uno no controla sus impulsos y el otro, Jorge, con un control apantallante, con mucha paz interior, siento yo. Pero no sé si tengo una respuesta específica, si las palabras sean las correctas, pero creo que está implícito en las películas. Todos los que hayan visto Toro negro y Alamar ven una energía muy especial en estos dos personajes, y eso que se ve es precisamente lo que me llamó la atención de ellos: hay algo de nosotros en ellos, de nuestras pasiones, de nuestros errores, de nuestros aciertos. La etapa de Toro negro fue muy difícil: estaba muy joven, tenía una gran rebeldía frente a la postura académica de tomar distancia del personaje cuando lo que yo quería era empaparme.

-Oponerse a ese cine establecido, ortodoxo…
-A esa manera analítica o paternalista de ver la pobreza. Muchos documentales en México… bueno, en el mundo, sobre todo los estadounidenses, tienen una visión muy paternalista. Yo era un chico de 26 años que se lanzó a los pueblitos mayas en Quintana Roo y Yucatán con este torero, y el trabajo es resultado de eso, de no juzgar mucho a este personaje. Quizás ahora, con mayor edad y más callo, tomaría más distancia; pero pienso que esa es una de las virtudes de Toro negro, que no juzga y va hacia lo profundo. Y, claro, también un documentalista con más callo no mostraría ciertas imágenes para protegerse del medio y de los colegas. Nosotros estábamos chavos y fuimos a entregarlo todo. Busco seguir lo que amo, y en Alamar mi corazón está muy expuesto: quise explorar esa luz sin miedo a la cursilería. Claro, también pueden decir que es cursi; pero estamos todos tan entregados y con tanta verdad al trabajo que en ningún momento la gente se cuestiona ese lado místico: está ahí, es súper real. Ahora, después de año y medio de estar rolando con esta película y de masticarla y explicarla tanto, espero que para el próximo proyecto vuelva a encontrar algo así, quiero seguir un camino de explorar sin cuestionarme tanto, sin tener una fórmula preestablecida.

-¿Piensa en una cierta ética fílmica, en una forma de conducirse con estos proyectos a largo plazo, íntimos?
-Sí. La honestidad, ante todo. No hay una infraestructura, no hay un crew al que le des corte para ir a comer. El sonidista [Manuel Carranza] tiene que ser un íntimo amigo mío para poder estar día y noche conviviendo y no cortar jamás. No cortamos jamás, nunca hay un acción o corte: estamos totalmente sumergidos en el trabajo. ¿Ficción o realidad? Es realidad porque es cine, es cine porque es realidad. Y, sí, quiero seguir haciendo eso. No me considero cineasta, me considero más un cronista de lo que amo, de lo que me interesa y lo que me llama la atención en un momento de mi vida, y el medio con el que lo hago es el video con un lenguaje un poco cinematográfico; pero igual se acerca a la poesía, a veces. Hallar en la intimidad y en la cotidianidad pequeños momentos milagrosos.

FICCIÓN
En realidad
Alamar fue concebida como una película que no respeta los parámetros tradicionales que diferencian al documental de la ficción. Si bien la relación entre padre e hijo se retrata sin forzarlos a recitar ciertos diálogos o líneas de acción, hubo muchas actividades que el propio Pedro González Rubio -responsable de la dirección, el guión, la cámara y la edición- provocó a la hora de filmar. Las escenas de la madre Roberta Palombini junto con su hijo Natan en Italia fueron provocadas, ya que ambos viven en México, en Playa del Carmen, mientras que el padre, Jorge Machado, radica en Cancún. Lo mismo ocurre con su viaje de despedida a la reserva de la biosfera, que fue hecho específicamente para la película.

-En este filme no tomo nada de distancia de los personajes -explica González Rubio-. Podría decir, literalmente, que me empapé con ellos en el Caribe. Digamos que combiné varios elementos y los puse en un wok [sartén oriental] y sobre ellos hicimos fideos chinos. Tomar un elemento de cada cosa y combinarlo es muy común en la ficción, pero retratarlos como son cotidianamente, no; tampoco se les impuso ningún diálogo y nos enfocamos en lo más sencillo de su vida diaria, que es muy del género del documental. Pero aquí la vida cotidiana es fascinante: la propia locación, Banco Chinchorro, es como el país de Nunca Jamás. De hecho, podría pertenecer al mundo de la fantasía. Alamar es un milagro y el crédito es, sobre todo, de Jorge y su familia. Él es guía turístico en la reserva de Sian Ka’an; su presencia es muy mística y casi atemporal: parece un guerrero maya, casi un sacerdote. Es un hombre con muchísima paciencia: es un ave; también es medio felino, pues es impresionantemente ágil. Parece un stuntman [doble], en la ficción podría serlo perfecto.
Las ganancias que genere la corrida comercial de Alamar irán a dar a las arcas de dos organizaciones ciudadanas de la zona: Save the Children, en Quintana Roo, y Razonatura, que trabaja en la reserva de la biosfera de Banco Chinchorro.
-Creo que es un buen motivo para ir al cine; además, es una película tan sensorial que verla en el cine significa toda la diferencia: en la sala oscura te hace meterte en la cinta, porque está filmada como si fuera una cámara subjetiva, estás ahí con los personajes y de pronto eres como un dedo del pie, los ojos de Natan, los ojos del ave, entras y sales del agua; tiene algo muy sensorial, muy curioso y creo que la gente se va a llevar una sorpresa.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (26/IX/2011).

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