Literatura breve para el lector carente de atención

Hay otras vidas más allá de Estados Unidos: Barry Gifford

Aviso: Barry Gifford dictará una conferencia magistral titulada La relación de Barry Gifford con la vida y obra de B. Traven, este jueves 24 de marzo a las 19:00 hrs en la Sala 1, Jorge Stahl, de la Cineteca Nacional, como parte del vigésimo séptimo Festival de México (fmx), misma que tendrá un costo de 25 pesos en las taquillas de dicho centro.

Por Sergio Raúl López

La escena perdura en la memoria de millones de espectadores: Bobby Peru, un malviviente de cabellos relamidos, encías hinchadas, dientes careados y con sarro, toquetea a Lula Fortune, una bella rubia de familia pudiente, hasta lograr hacerle decir, jadeante: “¡Cógeme!”, para en seguida, displicente, abandonarla, excusándose por su falta de tiempo.

Fotografía de Francisco Morales/DAMM Photo.

El episodio, protagonizado por los actores Willem Dafoe y Laura Dern en la cinta Salvaje de corazón (Wild at Heart, Estados Unidos, 1990), le valió al inconfundible autor David Lynch la Palma de Oro a Mejor Película en el Festival de Cannes. Pero le deparó varias sorpresas al autor de la novela original, el escritor, periodista y poeta Barry Gifford, quien al mirar la cinta quedó pasmado con la escena final, en la que un hada madrina concede un final feliz a los enamorados protagonistas, Sailor y Lula. A los ejecutivos del estudio les había parecido deprimente el final original y Lynch incluyó ese cambio audaz.

La fama instantánea que adquirieron los libros de Gifford, especialmente los que integran la serie de Sailor y Lula –siete, a esta fecha–, dejaron más que satisfecho al escritor, nacido en 1946 y criado en hoteles de Chicago y Nueva Orleans, pues su padre pertenecía al crimen organizado. No fue sino después de unirse a la Fuerza Aérea y de intentar convertirse en beisbolista, que abrazó la escritura.

Sin importar que en la novela original, la escena de Bobby Perú no ocurriera con Lula, sino con su personaje más conocido, Perdita Durango (Isabella Rossellini). Ocurre que Lynch estaba convencido que la escena de sujeción sexual sería más poderosa con un personaje más puro que con esta mujer dura que vive en el borde de lo legal, de lo amoroso, del peligro, que Alex de la Iglesia trasladó al cine en 1997, y a quien se identificó en México con Sara Aldrete, protagonista del escándalo de los “narcosatánicos”.

Pero el escritor, cuyas historias ocurren en Latinoamérica y Asia, además de Norteamérica, está acostumbrado a que le interroguen respecto a la fidelidad en la adaptación cinematográfica de sus libros. Y tiene la respuesta precisa:

–Cuando el primero de mis libros fue adaptado al cine – habla Barry Gifford–, que fue Salvaje de corazón (Wild at Heart, de 1990), la gente me preguntaba qué pensaba sobre lo que David Lynch le había hecho a mi libro y yo respondía que no le había hecho nada: el libro todavía está aquí, ¿le cambió una palabra, una coma, algo? No, no le hizo nada a mi libro. Pero claro, la pregunta en realidad significaba qué opino de su interpretación y eso es muy diferente, algunas veces el director de la película hace un mucho mejor trabajo que la persona que escribió el libro, a veces al contrario, siempre depende.

Gifford, cuyos más recientes trabajos, se cuenta la colección de cuentos The Stars Above Veracruz (2006) y las películas The Phantom Father (Tatal Fantoma, 2010), del rumano Lucian Georgescu, acudió al Festival de Cine de Guadalajara el año anterior para ofrecer una conferencia magistral sobre el arte de contar tras la que ofreció la siguiente entrevista.

Sus historias trascienden la cultura americana que se impone y se extiende a pasos agigantados en los sistemas económicos globales, para hurgar en las fronteras, en las circunstancias terminales.

Bueno, me figuraba que había más vida que la que se ofrece en los Estados Unidos de América. Siempre he estado interesado en las vidas de las otras personas, en sus historias, en qué los hace comportarse de la manera en que lo hacen, sus hábitos culturales, todo ese tipo de cosas. Y si estás interesado en esto, tienes que ir a los lugares, escuchar a la gente, hablar su lenguaje, vivir entre ellos; pero mucha gente nunca abandona sus vecindarios y no siempre es a causa del miedo, a veces es por falta de curiosidad, porque piensan de manera distinta y están satisfechos con sus vidas. Nunca he tenido miedo a lo desconocido, al contrario, lo desconocido me interesa.

¿Eso lo definiría como un escritor más vivencial que académico, que escribe desde la experiencia, desde los viajes, desde la gente y no sólo desde la biblioteca?

Lo que haces es escuchar y observar, ese es el trabajo del escritor, y claro, registrarlo fielmente. Jack Kerouak –de quien Gifford escribió una biografía–, se consideraba a sí mismo como un ángel-grabadora, como si de alguna manera él fuera una máquina grabadora humana, pero que no sólo registraba lo que la gente decía sino sus pensamientos más profundos, sus miedos y sus deseos. Creo que es una buena descripción, debes ser fiel no a ti mismo sino a tus personajes, es lo más importante.

¿Antes de incursionar al ámbito cinematográfico se imaginó que personajes suyos como Sailor, Lula, Romeo Dolorosa o Perdita misma pudieran ser representados por actores famosos y ser vistos por millones de espectadores en todo el mundo?

Lo más grandioso de las películas es que hacen una impresión mucho más grande que los libros. Es asombroso ver a los personajes que creaste representados con exactitud o al menos bien, excepto cuando no están bien hechos y esa es la razón por la cual el libro sigue siendo lo más importante para mí, porque al leer fuerzas al lector a ser un participante, a usar su imaginación. La lectura es una disciplina interactiva y te mantiene en comunicación directa con el escritor, es la clase de experiencia más refinada que puedes tener.

Las películas son apabullantes, no tienes tiempo para consideraciones ni para pensar, porque las imágenes están sobre ti, el sonido en tus oídos, realmente te domina, te sobrepasa, te supera.

Pero estamos rodeados por una inmensa cantidad de mensajes breves y carentes de significado.

Cuando comencé a escribir novelas hice una concesión hacia la gente carente de capacidad de atención, pensé que si hacía los capítulos cortos y que cada uno contuviera una historia en sí mismo, capturaría a la gente, y adopté concientemente este estilo. Así que en casi todos mis libros los capítulos son cortos, a veces muy breves, casi como instantáneas. Fue una decisión que tomé pensando en la falta de atención de la gente, incluso de la mía, pero ahora se ha salido de control y ya ni siquiera existe la capacidad de atención, realmente me anticipé a esa falta de capacidad.

Miedo al silencio

Aunque dedicado a la escritura, apreciado por lectores en más de veinte idiomas y estudiado profusamente por la academia –la Universidad de Stanford resguarda su acervo literario–, Barry Gifford no adopta los parámetros del escritor convencional. Ni porta lentes de marcas caras ni sacos ligeros de cortes contemporáneos, sino que su atavío  corresponde, todavía, a un viajero constante, permanente, con camisas caqui de algodón, pantalones de mezclilla y chamarras de cuero, debajo de las cuales se adivinan fuertes bíceps y muslos, más propios de un hombre de acción, cuyo cabello ya cano y escaso deja adivinar antiguos peinados de rebelde encopetado, de self made man.

Su trabajo no circula entre los autores del cine industrializado, sino entre los directores autores, y pocas veces con grandes presupuestos.

De hecho casi nunca con los grandes presupuestos. No me ven como ese tipo de escritor, sino como una suerte de autor de arte. Perdita Durango (1997, de Alex de La Iglesia) contaba con el presupuesto más alto que cualquier otra película previa del cine español, pero eso no significa que fuera una mejor película ni tampoco peor. En Rumania terminé una película sobre mi historia The Phantom Father y el presupuesto fue pequeño, 1.5 millones de dólares. La razón por la que me gusta trabajar en películas independientes es porque ningún estudio ni productor va a tener influencia en el filme, es producto del director, del guionista, de los actores, del editor y me gusta porque mantiene la integridad de la cinta.

Usted prefiere la libertad.

Sí, así haces lo que quieres. A lo largo de la historia del arte la gran clave ha sido la distribución. Y en el medio cinematográfico, sabemos que los grandes estudios controlan las pantallas. Muy pronto todo ese material va a estar disponible bajo demanda, pero no creo que sea la mejor manera de ver una película. Siempre he creído que en la oscuridad de la sala de cine entras en un sueño, bueno o uno malo. Y tu parte como espectador es rendirte, dejar que las imágenes caigan sobre ti, que el sonido te rodee, pero es difícil lograrlo sentado en casa o peor, si miras a través de un teléfono celular o de una computadora. Si el cine no se parece a la televisión la gente se siente incómoda y eso es lo que más me atemoriza. Por eso es que prefiero el silencio y tener tiempo para los pensamientos en lugar de estar obsesionado, preocupado y controlado por las frases en el twitter, los mensajes de texto, los correos electrónicos, los teléfonos inteligentes, todas las cosas de ese tipo. La gente tiene miedo de confrontarse con el silencio.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (10/I/2011).

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