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“Un día en Ayotzinapa 43”, de Rafael Rangel, estrena en la Cineteca Nacional

marzo 16, 2015

Foto6El documental Un día en Ayotzinapa 43 (México, 2015), de Rafael Rangel, es el primer documento cinematográfico -es decir, con formato apropiado para salas de cine-, que aparece en México desde los funestos acontecimientos ocurridos la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, en el que una manifestación de estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, fueron reprimidos por fuerzas de seguridad locales, resultando en la muerte de seis de ellos, 27 heridos y 43 desapariciones forzadas.

Un par de semanas de este gravísimo episodio de violencia, el cineasta michoacano Rafael Rangel se aventuró al corazón mismo del conflicto, las instalaciones de la Escuela Normal Rural, para descubir y luego revelarnos, la precaria vida cotidiana de ese centro educativo, no sólo de los alumnos sobrevivientes, sino de las personas que conviven con ellos diariamente, las enormes y paupérrimas instalaciones del recinto educativo, algunas protestas y comunicados en torno a la tragedia, pero y sobre todo, el permanente estado de conciencia crítica y las ideologías políticas que se viven en este pedazo de la Tierra Caliente guerrerense.

Más que la denuncia de un activista o un panfleto cinematográfico en torno a una causa política, Un día en Ayotzinapa se erige como un retrato vívido y entrañable sobre la vida rutinaria, las desfavorables condiciones y la dignidad humana que se respiran en esa escuela, que actualmente no sólo es un gigantesco e interminable altar de muertos salpicado de indignación y de solidaridad global, sino el epicentro de la indignación de todo un país -México- que rechaza la violencia generalizada propiciada por el gobierno, los barones del narcotráfico, las bandas del crimen organizado, los lores del capital y las propias fuerzas armadas.

El estreno de este filme es el 13 de marzo de 2015 en la Cineteca Nacional.

Ayotzinapa es el centro de la implosión, el ojo del huracán. Los jóvenes estudiantes que la habitan ¿quiénes son?, ¿qué hacen?, ¿qué piensan?, ¿qué opinan?, ¿qué sueñan?… En estas siete hectáreas también viven los trabajadores con sus familias; es una microsociedad.

La película Un día en Ayotzinapa 43 es un viaje que, desde sus primeras imágenes –y de modo implícito–, contrasta la imponente infraestructura carretera con la pobreza de terracería del acceso a la normal. En el interior llegamos al metafórico ojo del huracán: la cancha de basquetbol, lugar donde con seguridad más de uno de los alumnos asesinados o desaparecidos jugaron, pero hoy es el altar de muertos de 7 alumnos asesinados desde 2011 y centro de las manifestaciones de México y del mundo por los 43 desaparecidos. En contradictoria calma, tal como lo es un ojo de huracán, ahí da inicio un día cualquiera en la vida de su comunidad al interior de la normal de Ayotzinapa.

Un día en Ayotzinapa 43 (México, 2015). Guión, Producción, Dirección: Rafael Rangel. Fotografía: León Nik. Edición: Ernesto Flores. Duración: 103 min.

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Rafael Rangel y la escucha de “Preludios: Las otras partituras de dios”

abril 19, 2014

Puntos sordos, hoyos de penumbra para la sociedad

Por Sergio Raúl López

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Cazador de criaturas extraviadas, lo mismo de esquizofrénicos y oligofrénicos, que de anónimos profetas, plagados de obsesiones compulsivas y fobias inexplicables, el cineasta moreliano Rafael Rangel se empeñó, como realizador cinematográfico independiente y totalmente al margen de la industria subvencionada mexicana, en filmar un largometraje documental sobre los músicos callejeros, los juglares contemporáneos que llenan de sonidos y palabras las calles y las plazas, los laberintos y las vías subterráneas, los puentes peatonales y los andadores, con fantasías varias. El resultado es Preludios. Las otras partituras de dios (México, 2013), un documental en el que más que construir un triste y lastimero retrato del abandono, la locura y la miseria, glorifica en su gozoso extravío a estos seres misteriosos que deambulan por los mismos espacios citadinos que nosotros, pero a quienes preferimos evitar o, sencillamente, ignorar.

Si ya en su primer largometraje, la ficción El principio de la espiral (México, 2009), el realizador exploraba la esquizofrenia en un contexto de locura y delirio, ahora, antes que crear personajes para explorarlos, los descubre en un trabajo documental, los visibiliza en pantalla. Ejecutado mayormente en el cobijo nocturno, la cámara de León Nik –también cinefotógrafo de El principio de la espiral, esa sí, rodada con una cámara de alta definición o hd– persigue y acecha, hostiga –como lo vemos ya en la misma escena de apertura– , a una serie de personajes descastados, acompañándolos en sus vagancias y en sus refugios, sin techo ni confort, libérrima en su deambular, clarificando lo nocturno más allá de lo que el ojo común logra, gracias a las altas sensibilidades de los mecanismos de una cámara convencional –nada de fastuosidades tecnológicas– y que nos abre paso entre muchedumbres de viandantes, entre el paso incesante de los vehículos  motorizados, los sonidos de la calle y de la urbe en su nocturnidad, rodeados de resplandores amplificados y una naturalidad visual prácticamente diurna.

Dicho fenómeno visual encuentra replicas en el sonido en el filme, gracias a un micrófono que capta los susurros, las frases y la música, entre el mar de ruidos que rodean a cada personaje, en un diseño sonoro de Rodrigo Lira. Así, escucharemos con claridad lo de otro modo inaudible y muy emparentado con las ideas radicalmente provocadoras del documentalista brasileño Eduardo Couthino (1933-2014) –reciente e infortunada víctima de parricidio–, cuyas posturas estéticas, que agrupaba en torno al término “antropología salvaje”, son plenamente abrazadas por Rangel, tanto en los grupos sociales retratados, como la economía de medios para hacer cine o negativa ética a forzar una puesta en escena o la necesidad de la profunda comunicación con sus protagonistas.

Este respeto por la dignidad de los locos, de los juglares, de los músicos de la calle, de los iluminados ambulantes, se aleja la tendencia reciente del género del cine documental en México, que si bien ha aumentado la calidad de su manufactura y la profundidad de sus acercamientos, en una especie de periodo de gran esplendor, posee un enrarecido aire oficialista tendiente lo mismo a la denuncia que a la corrección política, de acuerdo a los parámetros progresistas de la sociedad, lo cual no deja de tener un tufillo institucional o, al menos, de cierta conveniente militancia acorde y, por tanto, poco criticable.

Tan enmarañadas resultan las sinuosidades de la psique humana como lo es el intrincado trazo arquitectónico de una mega urbe como la Ciudad de México. ¿En cuál de ambos laberintos resulta más sencillo extraviarse? No existe un único trayecto que resuelva esta paradoja, pues las vías son infinitas y las innumerables veredas y formas de transitarlas dejan huellas, estelas, pistas casi personales. Y es que el extravío no es necesariamente geográfico sino interior, de planos mentales, pues el camino resulta una elección individual, ética antes que física, construida de las preferencias y las obsesiones de cada uno, y por esa misma característica, resulta único e irrepetible. ¿Qué estado de la mente es el idóneo no para evitar perderse sino, precisamente, para dejarse llevar por la compleja red de posibilidades sin fin y aceptar que no hay sino infinitas formas de enredarse, de romper esa tenue línea de la cordura?

Pues como locos nombramos a las criaturas que han cesado de luchar por establecer un orden artificial en lo existente, por enmascarar la complejidad absolutamente incontrolable, por aparentar poseer dominio sobre el caos y, sencillamente, se han dejado ir con la inercia de lo inextricable. A esos seres perdidos –pues en un universo exterior e interior tan apabullante no queda, en realidad, otra opción que perderse–, cuya mansedumbre y sencillez implica dejar que la realidad les pase por encima sin mayor defensa que el permanecer vivos, se mantienen ignorados, invisibles, condenados a carecer de los valores –de nuevo, lo mismo físicos, externos, que en el complejísimo interior suyo– socialmente más caros, más valiosos, más anhelados. Son puntos sordos, son hoyos de penumbra para el resto de la sociedad. Son la nada. Y esa es, justamente, la razón por la que son, simultáneamente, el todo.

En Preludios. Las partituras extraviadas de Dios, dicha ética moralina –que gradualmente contamina al documental mexicano reciente– cede paso al arrebato humanista, a la loa y al encomio de esos seres fuera de toda regla, que lo mismo logran hacer flotar esferas de cristal sobre el cuerpo de un joven de cabellos largos y atlético cuerpo desnudo, que un violinista que ejecuta igualmente variaciones musicales de Paganini –de quien se declara discípulo–, Beethoven o Nunó, que recita largas, interminables letanías en las que confunde a personajes históricos consigo mismo –afirma sin titubeos ser el conde de Saint Germain encarnado en el cuerpo de Plutarco Elías Calles. Y está la cantante de banda sinaloense con traje de china poblana que torea automóviles mientras acompaña sus corridos con una vieja guitarra o los rockeros impostados e incluso maquillados que rasgan las guitarras lo mismo con canciones suyas que con antiguos éxitos de la radio. Ningún ropaje, ningún peinado, ninguna palabra de los protagonistas podría considerarse cotidiana, normal, común.

Citas sobre la locura de Erasmo o de Michel Foucault –“Yo mismo podría estar loco, pero no lo sé, dado que la locura es inconsciente; y si todos los demás están locos, no tengo un punto de referencia para saber si lo estoy o no”–, acompañan los lúcidos desvaríos de este batallón de extraviados que conforman una sui géneris trouppe sin nombre ni apellidos en los créditos de la película, pues de lo que se trata es de rendir homenaje a una forma de vida, a la diversidad que existe de formas de sobrevivir, es decir, de ser. Uno y ninguno toman cuerpo, mezclan sus discursos, sus barbas hirsutas y sus zapatones rotos en un canto cinematográfico que visibiliza a los ignorados, que ubica a los perdidos, que otorga valor a los despojados. Y esa locura es la de todos, la de cada uno de los espectadores que, junto con el pequeño equipo que produjo este testimonio, nos hermanan en esas zonas oscuras que preferimos ignorar. Pues al final, esos seres invisibles, no están en callejuelas, pasillos y vagones, ni extraviaron su cordura en sus cerebros, sino que forman parte de nosotros mismos. Somos ellos y, gracias a Rafael Rangel, podemos mirar las zonas más oscuras de nosotros mismos, espejearnos como los seres extraviados, frágiles y laberínticos que somos.

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¿En qué momento te llamó tan fuertemente la atención los encuentros con los músicos y poetas callejeros, como para decidir suspender la filmación de tu segundo largometraje de ficción, Christus, y realizar este documental, absolutamente independiente, en las calles de la Ciudad de México?

La idea de hacer algo con estas personas, sin saber bien qué, me perseguía desde hace mucho tiempo. Acostumbro trabajar en la terraza de una cafetería a la que eventualmente acude un músico indigente, quien siempre me proponía: “cuando necesites un cantante para tus películas yo puedo echarte la mano”. Quizás él hizo detonar esa necesidad y me hizo tomar la decisión de hacerlo, lamentablemente, en el momento de intentar trabajar con él fue imposible, tuvo crisis nerviosas y grados de agresividad que lo impidieron, fue doloroso verlo en ese estado, él es encantador siempre que lo encuentro en las calles de Coyoacán.

¿Cómo llegaste a la conclusión estética y ética que, para poder armar una obra con estas personas, era necesario filmar con un equipo de bajo costo, es decir, que emplearas herramientas similares a las de ellos, que no son personas de gran riqueza material y por tanto tienen instrumentos baratos?

Fueron varios factores. Hace tiempo, cuando vi la película Julien Donkey-Boy (Estados Unidos, 1999), de Harmony Korine, me impacto su textura, su atrevimiento, para mí fue un rompimiento de paradigmas y al decidir hacer este documental encontré en esa utilización estética una gran solución, congruente con el tema por abordar, fue una oportunidad poder hacerlo. Utilizar una cámara barata se convirtió en una postura, en una búsqueda de darle tres dimensiones al tema, de igualar las condiciones de los retratados, la forma como fondo, algo que ni en Christus, y tampoco en la película en la que estoy trabajando ahora, La bicicleta de Kafka, hubiera podido usar esa solución de lenguaje cinematográfico.

 

En las mismas calles en las que sucede este documental, existen infinidad de recintos en los que se ofrecen grandes conciertos y galas institucionales, como el Palacio de Bellas Artes, el Teatro de la Ciudad o la Sala Chopin, en fin. ¿Cuál es el contraste entre tener a estos músicos gratuitos que dependen de la caridad y la solidaridad, enfrentado a que hay un circuito establecido al que jamás pertenecerán?

Ese también es parte del discurso: la ciudad como un ente vivo, como el personaje aglutinador, que brinda cohesión, uno de los hilos conductores, la megalópolis monstruosa contenedora de existencias, de vidas, trituradora de planes, urbe comprendida e incomprendida, amada y odiada. Y decir las cosas son como son: tener talento no es suficiente, el instinto depredador y los deseos aspiracionales son necesarios para poder funcionar y lograr un lugar en el interior de los muros de cada uno de los edificios que mencionas. Así, quienes adolecen de esos instintos, difícilmente tendrán acceso a la elite artística, pero si podemos ver lo contrario, que personas con escaso talento pero con habilidades aspiracionales pueden lograr un lugar.

¿En qué grado se merodea con la locura a la hora de plantar una relación con tus personajes? Aún con todo lo fascinantes que puedan resultar, su liga con la falta de razón puede resultar peligrosamente contagiosa.

Ja ja ja… ¿lo dices por ellos o por mí? Fue de noche que logramos filmar la mayor parte de la película, podíamos estar frente a Bellas Artes, pero el hecho de estar conversando con Job, un indigente mesiánico, de profunda sabiduría, dotaba de confusión escuchar la sabiduría de un esquizofrénico, estrechar su mano y verlo perderse entre la gente, sabiendo que nada podíamos hacer por mejorar su calidad de vida, transformaba la noche en una pesadilla tan magnífica como Bellas Artes. La locura es peligrosa porque puede ser inteligente, lógica y sabia, entonces te cuestiona. Como dicen: para viajar a la locura hay que hacerlo con el boleto de regreso.

En el cine de ficción puedes explorar y descubrir a personajes desequilibrados, transterrados, insólitos. Pero, ¿qué ocurre cuando en lugar de construirlos los vas descubriendo, como sucede en el documental?

Son dos experiencias diametralmente opuestas, son dos capacidades de observación diferentes. En la ficción es una especie de dictadura creativa, en el documental se es un observador, un intruso, un ladrón, un invasor, hay que seducir al retratado para robarle su vida sin que se de cuenta. La idea de la no intervención para no contaminar la realidad es absurda, desde el momento que se decide poner una cámara dirigida a un objetivo se está editorializando automáticamente, voluntaria o involuntaria mente. Esa influencia oriental trasnochada del despojarse del ego no funciona aquí, algunos buenos amigos, destacados no colegas –lo digo así porque no soy documentalista–, me han comentado que me permití demasiadas licencias poéticas autorales para hacer este documental y tienen razón. Parto de lo que ya dije, la editoralización automática, involuntaria-voluntaria, entonces, ¿por qué mejor no asumirlo e ir al otro extremó?, volverse cínico y usarlo a favor. Antonioni decía que “la única forma de ver la realidad es poéticamente”. Me dirán, claro, que era un director de ficción, pero guardando toda proporción, también ahí está el genial Chris Marker, y aún así, si los especialistas no desean considerar documental mi película, me tiene sin cuidado. Tampoco puede decirse que sea una docuficción y menos una ficción, lo denomino de ese modo sólo por practicidad, hacer cine debe ser un acto de libertad y no un catálogo de reglas y normas académicas anquilosadas, caducas, una receta al servicio de la industria.

¿Cuanto tiempo te llevo realizar esta película y a qué grados de desazón y de ruptura te condujo hacerla?

Casi un año, no lo recuerdo bien. Tratar de formalizar días y horas de trabajo con todas estas personas fue imposible, pronto lo entendimos y cada día salíamos con un plan “A”, y otro y otro, hasta el plan “Z”. Había que tener mucha capacidad de frustración, no recuerdo ningún día que hubiese desazón o ruptura, siempre fue esa necesidad de lograr atravesar la frontera de ese universo paralelo y vivirlo, sentirlo, olerlo, disfrutarlo a veces y padecerlo las más, dejarse llevar por el vértigo de los viajes sin retorno y al final de la noche o al amanecer, mientras comíamos tacos con mucha cerveza, aunque nos laváramos insistentemente las manos, seguíamos oliendo a esa mugre añeja. Incluso a veces nos veíamos a los ojos, empiojados o empulgados, y nos decíamos con la mirada: “estamos aquí, logramos regresar”, tanto por lo tangible como puede ser la seguridad, como por la experiencia metafísica, pero no sin dejar de preguntarnos cual mundo es el real.

¿Qué tan importante, para ti, es que el cine le de dignidad y estatura humana a los personajes que retratas?

Desconozco si el hecho de haber participado en una película les dé dignidad y estatura humana. Esto no es más que una película, pero te puedo decir que todos ellos, sin excepción, tienen sus propios códigos –y lo digo sin condescendencia– que les otorgan su propia dignidad y su propia estatura humana.

¿Qué tan radical les resultó el cambio de su vida cotidiana, casi ignorada, a llevarlos a la pantalla, si bien manteniendo el anonimato o la identidad no legal sino callejera que poseen?

No creo que haya ningún cambio en su vida. Estoy de acuerdo con lo que dice Eduardo Coutinho: mentira que un documental sea suficiente para provocar una toma de conciencia, un cambio de rumbo, una mejora en la sociedad, tanto de los retratados como más tarde en los espectadores. Tienen que continuar con su día a día, sobrevivir, no puede ser de otro modo. Es una maquinaria tan aplastante esta, en la que vivimos, que no da respiro. Se necesita mucho más que un documental para lograr un cambio, un documental no es más que un registro, un testigo, y no hablo así de este género por mi origen en la ficción, en todo caso la ficción, en ese sentido, es lo mismo sólo con un punto de partida diferente, como ya lo dije, diametralmente opuesto. No pretendo, y tampoco me interesa, ser un luchador social al haber abordado el tema, sólo soy alguien que se detuvo a observar, pero por salud mental ya no quiero volver a saber nada de eso, después de hacerlo me di cuenta que fue una especie de depuración personal. Lo que sí pretendí al abordarlo fue hacerlo con profundidad, con todo y mis licencias poético-autorales –paradójicamente, a veces la poesía deja ver más crudamente la realidad, que se lo nieguen a Bukowski–, es mi pastorela y hago de ella lo que se me pegue la gana, que levante la mano quien asegure no tener un grado de locura, unos por seguir las reglas y otros por romperlas.

Este artículo forma parte de los contenidos del número 33 de la revista cine TOMAde enero-febrero de 2014. Consulta AQUÍ dónde conseguirla.

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Segunda edición de “¡Quiero ver sangre!”, lunes 23, en la Cineteca Nacional

septiembre 21, 2013

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La segunda edición de ¡Quiero ver sangre!, el lunes, en la Cineteca Nacional

Son películas hechas para divertirse

Por Sergio Raúl López

Durante largas décadas, el periodista José Xavier Návar fue objeto de burlas e invectivas permanentes de sus colegas y de los especialistas tanto en cine como en la materia de la lucha libre. Cada que afirmaba que existieron versiones dobles de algunos filmes de Santo El Enmascarado de Plata, una familiar y otra soft-porno de exportación, con desnudos integrales, que seguramente permanecían enlatadas en alguna bodega del productor Guillermo Calderon Steel, se le solía tildar de loco y maniático, cuando no de inventor de mitos. Y el par de lobby-cards que ofrecía como prueba de la existencia de la cinta El vampiro y el sexo (versión para adultos de Santo en el Tesoro de Drácula, producción mexicana de 1969, dirigida por René Cardona), merecían apenas una mueca. La explicación generalizada es que ese y otros mitos en torno al popular deportista no eran sino meras bromas.

Pero en el año 2009, el misterio se disipó, cuando Viviana García Besné –sobrina nieta de Guillermo y Pedro, y nieta de Mate Calderón Steel, quien se casó con el productor Jorge García Besné–  estrenó el documental Perdida, en el que relata la historia de su familia desde la fundación de cines en Chihuahua y su involucramiento en el medio cinematográfico, no sólo porque su abuela estuvo comprometida con Ricardo Montalbán y uno de sus tíos abuelos casi se casa con Ninón Sevilla, sino porque trajeron a México a Pérez Prado y no sólo produjeron cine de rumberas, sino otros géneros netamente nacionales como el de luchadores, el de rumberas y el de ficheras. En ese recorrido íntimo que deviene en muestrario de la historia del cine mexicano, se muestran unas cuantas escenas de la tan discutida versión erótica de la cinta de Santo. Y algunos meses más tarde mandó restaurar el metraje de tan discutido título para exhibirlo en festivales –luego que el Hijo del Santo impidió su reestreno en Guadalajara, finalmente se proyectó en la Cineteca Nacional, como parte del décimo Festival de Cine de Horror Macabro.

Una vez que tanto el documental como la versión extraviada son transmitidas con regularidad por el canal de cable Cine Mexicano y que se encuentran accesibles en el mercado de video –así sea en copias pirata–, Návar, con una sonrisa de satisfacción que difícilmente podrá borrársele, procedió a incluir un largo ensayo sobre las peripecias que ha enfrentado este mítico título en la segunda edición, del profuso y abundante volumen ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, escrito en conjunto con los investigadores cinematográficos Raúl Criollo y Rafael Aviña, y editado por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM.

Esta edición más aumentada que corregida, pues se le añadieron cien páginas y pesa dos kilogramos –la primera edición, de 388 páginas pesaba kilo y medio–, incluye además una sobreabundante muestra de la vitalidad del mexicanísimo género del cine de luchadores, que va desde la animación con El Santos vs. la Tetona Mendoza, de 2012, dirigida por Andrés Couturier y Alejandro Lozano, con un cartón inédito de sus autores, Jis y Trino, hasta el documental de denuncia política de Principe Azteca, de 2011, realizado por A. González, en torno a uno de los asesinos confesos de la matanza de Acteal, e incluso rescataron una entrevista con el luchador y guionista español Fernando Osés (La Sombra Vengadora), publicada en el primer número de la revista estadounidense Santo Street, de 1994.

El volumen –ya prácticamente un libro de arte repleto de ilustraciones–, tendrá su presentación formal el lunes 23 de septiembre en la sala 2 “Salvador Toscano” de la Cineteca Nacional (avenida México Coyoacán 389 en la colonia Xoco), con comentarios del ensayista Juan Villoro y del cantautor Fernando Rivera Calderón, además de los autores, y la presencia de varias estrellas del género como Tinieblas, Canek y Octagón, entre otros miembros de la triple A y del Consejo Mundial de Lucha Libre.

Elaborado a lo largo de un quinquenio por esta tripleta de investigadores, periodistas y fanáticos del género, esta ambiciosa enciclopedia intenta reseñar la totalidad de películas del cine de lucha libre filmadas entre 1938 y 2012, junto con una profusa imaginería visual resumida en más de 800 fotografías, carteles, fotomontajes en torno a estos fantásticos largometrajes repletos de fantasías desbocadas y estelarizadas por los héroes del encordado junto a ubérrimas actrices y a inocultables villanos de rostros fuera de lo común, que nutrían los cines de barriada y atiborraban las taquillas a partir de los años cincuenta y hasta bien entrados los setenta.

Todas las fichas y reseñas fueron redactadas con mucho humor y sabor, confiesa “Pepe” Návar, ya que en esa clave debe entrarse a este género, pues aunque la gente reclama que los directores del cine de luchadores “eran muy chafas”, no debe pretenderse ver “otro tipo de cinematografía en ellas, porque así es el cine de luchadores con todas sus carencias y todas sus aspiraciones. Son películas hechas para divertirse”.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (20/IX/2013).

Portada

Ratificados en sus cargos, los directores de la Cineteca Nacional, de los Estudios Churubusco y del CCC

febrero 16, 2013

Cineteca reabierta

El público acude en cantidades ingentes a la recién abierta Cineteca Nacional 
en noviembre del año pasado. Las obras aún no concluyen del todo. Foto: SRL.

En una ceremonia realizada en las oficinas centrales del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Rafael Tovar y de Teresa, presidente del organismo, realizó diversos nombramientos en la mañana del miércoles 13 de febrero de 2013, que curiosamente incluyó la ratificación de tres funcionarios del sector cinematográfico, pero no en similares condiciones. Mientras que a Paula Astorga y a Manuel Gameros les solicitó que continúen en sus cargos a fin de terminar las obras inconclusas que iniciaron en la administración sexenal anterior (durante la presidencia de Consuelo Sáizar), en laCineteca Nacional y en los Estudios Churubusco, respectivamente, ratificó al director del Centro de Capacitación Cinematográfica, Henner Hofmann, para un periodo más de trabajo.

Es decir, que aceptó la propuesta del Consejo Consultivo del CCC, para que Henner Hofmann continuara como director del la escuela, misma que encabeza desde inicios de 2009, por un periodo de tres años más.

Según el comunicado oficial, Tovar y de Teresa pidió “a los titulares de los Estudios Churubusco, Manuel Gameros Hidalgo; de la Cineteca Nacional, Paula Astorga; de la Dirección General de Bibliotecas, Fernando Álvarez del Castillo, y de la Dirección General de Sitios y Monumentos del Patrimonio, Raúl Delgado, que se mantengan en sus cargos a fin de continuar con los trabajos de ingeniería y arquitectura en las obras inconclusas hasta su buen término”.

Henner Hofmann, realizó estudios cinematográficos con la especialidad en cine documental en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM. Es miembro fundador de la Asociación Mexicana de Cinefotógrafos (AMC); miembro de la American Society of Cinematographers y de la International Cinematographers Guild. En 1990 obtuvo el Ariel en la categoría Mejor Fotografía por la película Leyenda de una Máscara, entre otros reconocimientos.

Entre otros nombramientos, fuera del sector cinematográfico, Ricardo Cayuela Gally fue designado como Director General de Publicaciones del Conaculta; Álvaro Rodríguez-Tirado, es el nuevo director del Centro Nacional de las Artes, y Jorge von Ziegler, será el coordinador de la Agenda Digital de la institución.
Además, Susana Ríos Szalay, fue nombrada Coordinadora Nacional de Desarrollo Infantil, y Alejandra de la Paz, Coordinadora Nacional del Patrimonio Cultural y Turismo del Conaculta.

nombramientos

De izquierda a derecha: Antonio Crestani, Henner Hofmann, Ricardo Cayuela, Alejandra de la Paz,
Rafael Tovar y de Teresa, Susana Ríos, Jorge von Ziegler y Álvaro Rodríguez. Foto: Conaculta.
Churubusco diciembreLos trabajos de los Estudios Churubusco tampoco han terminado.
Aquí, una imagen realizada en noviembre de 2012. Fotografía: SRL.

“Ciudadano Buelna”, de Felipe Cazals, estrena en marzo de 2013

diciembre 6, 2012

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El miércoles 5 de diciembre, en el lobby del auditorio Silvestre Revueltas de los Estudios Churubusco, se presentó la película Ciudadano Buelna (México, 2012), el opus más reciente del notorio realizador mexicano Felipe Cazals, quien acompañado por  su nutrido elenco, informó que la cinta, producida con patrocinio de la Universidad Autónoma de Sinaloa y los Estudios Churubusco –ya que el Instituto Mexicano de Cinematografía y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes le negaron el apoyo equivalente al 20% del presupuesto total del filme–, se estrenará en marzo de 2013.

El general Rafael Buelna (Sebastián Zurita) es uno de los héroes más invisibles del panteón de la Revolución Mexicana, pese a que influyó grandemente en el devenir de nuestra historia, ya que siendo un estudiante de leyes, desertó de la abogacía para comandar una tropa siempre con un talante liberal y le perdonó la vida a dos militares que posteriormente serían presidentes de México: Álvaro Obregón y Lázaro Cárdenas, además de que logró que la Convención de Aguascalientes abrazara el Plan de Ayala de los zapatistas y no el Plan de Guadalupe, lo que significó el enfrentamiento con los carrancistas.

Además, en la cinta aparecen otros héroes que no son tan conocidos de la guerra mexicana, como el general Felipe Ángeles (Luciano Capdevila), el intelectual Antonio Díaz Soto y Gama (Bruno Bichir), el general Lucio Blanco (Damián Alcázar), el periodista Heriberto Frías (Jorge Zárate), la “Güera” Carrasco (Elizabeth Cervantes) y Martín Luis Guzmán (Andrés Montiel), entre otros, además de Marimar Vega como Luisa Sarria, esposa de Buelna; Gustavo Sánchez Parra como Álvaro Obregón; Humberto Busto, como Francisco I. Madero; Tenoch Huerta como Emiliano Zapata y Enoc Leaño como Francisco Villa.

El guión es del propio Cazals junto con el escritor sinaloense Leo Mendoza y la fotografía es de Martín Boege, quienes también estuvieron presentes.

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Návar, Criollo y Aviña quieren ver sangre

febrero 15, 2012

El cine de luchadores sostuvo a la industria fílmica nacional

Por Sergio Raúl López

José Xavier "Pepe" Návar. Foto: Sergio Raúl López.

Y es que la afición por la lucha libre puede devenir en una pasión casi sediciosa, en una obsesión por el mínimo detalle, en una fascinación no sólo por los golpes, las llaves grecorromanas o los lances de mayor riesgo, sino por los innumerables apodos, sobrenombres y lemas de batalla, por los coloridos trajes, capas y máscaras, por los más inverosímiles parlamentos e intrigas internacionales, por los efectos especiales más evidentemente fallidos y las fotonovelas más ingenuamente elaboradas.
Así ocurrió con tres periodistas e investigadores, cuyas andanzas cinéfilas y culturales jamás pudieron apartarse del olor a sangre, sudores y dolor que pueden concentrarse en el ring de combate. Era natural, por tanto, que en una sobremesa, cautivándose mutuamente con anécdotas, datos curiosos y títulos fílmicos de culto, José Xavier Návar, Raúl Criollo y Rafael Aviña hayan decidido, de común acuerdo, iniciar la ambiciosa tarea de compilar, reunir, recolectar y ordenar las películas de uno de los géneros más inequívocamente mexicanos de cuantos puedan nombrarse: el cine de luchadores. Lo que no previeron, claro, es que el empeño les tomaría cinco años de largo, casi interminable esfuerzo, para, finalmente, poner en las estanterías el profuso, pesado y amplio volumen ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, que en sus 318 páginas -un kilo y medio- reúne más de 230 películas filmadas entre 1938 y 2011, y más de 800 fotografías, carteles, fotomontajes y demás imágenes sobre las emblemáticas cintas de aquel fantástico mexicano que pobló las pantallas y repletó las taquillas en las dé- cadas de los años cincuenta, sesenta y setenta, pero también, en el camino, fueron apareciendo documentales extranjeros y mexicanos, cortometrajes estudiantiles, minimetrajes experimentales, homenajes voluntarios e involuntarios y, en fin, todo aquello que tuviera algún anclaje en el cine de luchadores.
El libro, editado por la UNAM, tendrá una tercera presentación, tras la FIL de Guadalajara y el Museo del Chopo, este 25 de febrero en la FIL de Minería, en la Ciudad de México.
Una encomienda compleja y muy demandante, pero al mismo tiempo absolutamente entretenida, divertida, gozosa, lúdica, pues este género, creación absolutamente mexicana, debe leerse siempre en clave de humor, como lo apunta Pepe Návar:
-Todas las veces que los mires verás siempre algo divertido. Es un género muy padre, que estaba menospreciado y al que no le habían hecho justicia. No es un subgénero, como muchos piensan, sino un género inventado en México; el cine de luchadores es un genuino invento mexicano y que en un determinado momento de la industria sostuvo al otro cine mexicano. Eso no lo quieren ver muchos críticos, empezando por Emilio García Riera, que nunca lo aceptó, y es la verdad. José Buil me platicó que cuando hizo su cortometraje Adiós, adiós ídolo mío [1981], Nelson Carro escribió en Tiempo Libre que era padrísima, pero después dijo todo lo contrario porque la cinta se había vuelto de culto. Es un título que acarician mucho los coleccionistas: es un mediometraje que rebasa los 45 minutos en un homenaje a El Santo.
Una de las más irrepetibles e improbables conformación del héroe cinematográfico ocurrió en torno a este mexicanísimo género. Aquí es Raúl Criollo el que explica:
-Curiosamente todos los grandes modelos de héroes han sido replicados en todo el mundo, pero un héroe enmascarado que suda el enlonado para fajarse entre cuatro esquinas y después baja a ponerse el saco para hacer de agente internacional, no es precisamente algo que rayara en lo común. El cine de luchadores se vuelve importante porque mantenía una relación directa con el público nacional que podía igualmente ver la matiné de la mañana donde El Santo se daba con zombies y hombres lobo y mujeres vampiro, y en la noche, después de ver su programa doble plateado, podía comprar su boleto para ir a la Arena Coliseo y verlo en vivo. Eso es algo insólito, único, que pertenece a un periodo particular no solamente del cine sino de la historia misma de este país.
Las cintas emblemáticas del género, con todo y sus vampiros colgados de cables demasiado notorios, monstruos cubiertos de peluches y pelambres varias, y argumentos risibles, de cualquier manera consiguió erigir una poderosa industria, como deja notar Návar:
-Era un cine que dejaba dinero y que sostuvo al cine mexicano “de intelectuales”. Por eso son queridos los luchadores como El Santo o Blue Demon, porque le dieron trabajo a mucha gente en un momento en que el cine estaba muy tirado. Ése es el reclamo que le hago a estos críticos oficialistas, que siguen negando a este género. Es un cine al que ven desde arriba del hombro. O son tan exquisitos que nada más los conmueven las películas de Bergman o de Fellini.
Por supuesto que, aunque el género esté casi extinto, preservado en la televisión por cable, la atracción entre los luchadores y la cámara no ha terminado, como observa Criollo:
-A pesar de que se habla de la decadencia, que es prácticamente inexistente, hoy lo más garantizado que tienen los canales de películas mexicanas por cable son Pedro Infante y El Santo. Y aunque los años transcurren y las tecnologías continúan renovándose, el cine de luchadores siguen siendo un éxito. Pesa más el rating de El Santo en el Museo de Cera (1963) que muchas películas mexicanas de estreno.

Raúl Criollo. Foto: Sergio Raúl López.

ANÉCDOTAS
Y piquetes de ojos
Un emblemático luchador, El Lobo Negro, ejercía, además, como comentarista de lucha libre en una columna llamada “Piquetes a los ojos” para la revista Zaz. Y a manera de homenaje, Raúl Criollo le propuso a sus coenciclopedistas añadir pequeños datos anecdóticos y comentarios extra a las fichas de cada película que así lo ameritaba, con ese nombre, como lo explica Pepe Návar.
-Aunque prácticamente este género abarca a todos los demás: melodrama, comedia, acción, aventura, tienes que entrar en clave de humor para divertirte. La gente reclama que los directores del cine de luchadores eran muy chafas, pero obviamente no iba a dirigir Luis Buñuel. Lo hacía gente como René Cardona y Chano Urueta, muy buenos artesanos; sin embargo así se construyó el cine de luchadores, con todas sus carencias y aspiraciones. Al armar las fichas y reseñas pusimos mucho humor y mucho sabor, pero las películas que merecían un poco más tienen sus Piquetes a los ojos: pequeños detalles como el que cuenta El Santo, que la película que más le gusta es Santo contra el Doctor Muerte (1973), porque es como si fuera una de James Bond. Y si la miras con detenimiento, no está tan equivocado: no tiene tanto presupuesto, pero la idea está muy bien armada, los encuadres están cuidados y los efectos son de primer mundo.
La referencia evidente de este cine es el Santo, la gran estrella cinematográfica de medio centenar de las 230 películas compiladas en el libro, pese a que por un infortunio de acuerdos debutó en 1958, seis años después de que se filmara la primera cinta cabal del género: La sombra vengadora (1952), con el español Fernando Océs como protagonista –quien más tarde, junto con José G. Cruz, sería uno de los guionistas más prolíficos del género–, y tampoco haya aparecido en la primera encarnación fílmica de El Enmascarado de Plata (1954), encargada a El Médico Asesino, informa Návar.
Debe entenderse, ante todo, que es un asunto de un momento específico, pues aunque las estrellas seguían siendo Pedro Infante, los Pardavé o María Félix, los que vendían los boletos eran los enmascarados, advierte Criollo.
-Y ese mundo está plagado de anécdotas -prosigue-, como que El Santo debuta con un díptico filmado en Cuba, Santo contra El cerebro del mal Santo contra los hombres infernales. Joaquín Cordero relata que prácticamente estaban subiendo los últimos elementos de la cámara al avión cuando ya empezaban los disturbios y que prácticamente salieron junto con la caída de Batista y el ascenso de la Revolución cubana, algo increíble.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (13/II/2012).