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Humberto Hinojosa y los adolescentes que afirman “I Hate Love”

junio 12, 2014

Al final del día el amor gana

Por Sergio Raúl López

El enamoramiento adolescente resulta, en sí mismo, un hecho altamente melodramático, propicio para los estados eufóricos extremos, tanto exultados como depresivos. En I Hate Love, de Humberto Hinojosa, tendrá consecuencias funestas y terriblemente definitorias, cuando se forma, en un quinteto de amigos, un triángulo amoroso, del que, el par de amantes, acabarán odiando, sí, pero a la vez cayendo en los embelesos del amor.

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Sumario de las imposibilidades adolescentes del existir y no simplemente ser, del superar las frustraciones y las limitaciones propias de la edad y de su rol indefinido en la sociedad, es la cortedad de diálogo que ocurre entre “Robo” (Cristian Vázquez), un adolescente capitalino al que un accidente en la playa dejó, como secuela, una sordera psicológica más que física, y “Eve” (Diane Rosser), una típica rubia estadounidense con fuertes ataques depresivos y adicción por las drogas. En su mutua atracción, casi insoportable de tan fuerte, ambos creen hallar una salida para sus miserias personales, una cura. En realidad se trata de un poderoso enamoramiento, casi instantáneo, pero las barreras que existen entre ambos, y la del idioma seguramente es la menor –cierto, ninguno habla la lengua del otro–, les imposibilitarán dar forma a su relación.

No obstante, eso no impedirá que su amor se interponga entre la amistad entre esa pandilla de adolescentes mexicanos que suelen ir a la playa, tomar cerveza o, simplemente, pasar el rato juntos. “Cobra” (Rodrigo Azuela), “Caca” (Diego Cataño) y “Jenny” (Miriana Moro), completan el elenco de I Hate Love (México, 2013), de Humberto Hinojosa, retrato sí de enamoramientos, de amores no correspondidos y de pasiones que rompen amistades, pero en el que alcanza a mirarse a la juventud mexicana contemporánea, su ropa, sus tatuajes, su música, sus sitios favoritos.

Ganador del Premio del Público en el undécimo Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), el segundo largometraje de Hinojosa –que antes ya había entregado Oveja negra (México, 2009)–, es una película de atmósferas, con un ritmo muy contemporáneo aunque contemplativo por momentos, fruto de la fotografía de Kenji Katori; edición de Joaquim Martí; diseño de arte de Roberto Bonelli y música incidental y supervisión musical de Pablo Dávila Chapoy.

Producida por Tigre Pictures y con distribución de Videocine, I Hate Love llegará a la cartelera mexicana el 6 de junio, lo que permitió esta entrevista con Humberto Hinojosa.

Pienso que es una película muy pensada para el tipo de asistentes a las salas cinematográficas actuales, jóvenes y universitarios. Desde la selección musical, el diseño sonoro y la fotografía de un méxico-japonés.

–Sí. El fotógrafo es Kenji Katori, con quien hice Oveja negra, es un cuate muy talentoso que entendió muy bien cómo teníamos que contar la historia, abordar y contemplar a los personajes, porque cuando eres adolescente tienes más tiempo para contemplar si estás enamorado, para escuchar un disco completo, para ir en la carretera viendo el paisaje, pensando en la chava que te gusta, en la que te dejó, en la que quieres, en lo que quieres. Creo que la película, sin volverse contemplativa, pues es completamente narrativa, tiene ritmo, te va llevando y te pone en el estado anímico del personaje que se está enamorando, en el que sabes que ella también está enamorada, que hay un conflicto, que el tercero los está envidiando y todo a través de una cámara sin diálogos.

Pero con muchas atmósferas.

Y te lo hace entretenido. Si a un chavito de hoy, de 18 años, la película no le va bien, se sale y ya, adiós. Pero en el momento en el que cree, está ahí y le gusta. Eso era un poco lo que quería hacer con la historia y lograr con los personajes, para que los chavos se identificaran con ellos.

Con una clara influencia de los relatos del video musical o de rock, aunque sin su rapidez frenética.

Claro, hago muchos videoclips. Yo vengo un poco de esa escuela: hago comerciales pero hago mucho más videoclips −aunque el último año y medio me la he pasado más con esta película− y ahí ves la escuela y cómo me llegan las ideas y cómo las veo, cómo las transmito y cómo, aunque ya estoy grande, trato de consumir lo que consumen los adolescentes. Soy papá y soy responsable y pago las cuentas, pero no quiero dejar de ser adolescente, no quiero dejar de estar ahí ni de usar mis gorras –de beisbolista−, porque es lo que me gusta. No pienso renunciar a eso.

La banda sonora refleja ese estilo de música actual para adolescentes. ¿Cómo evitas el salto generacional?

Cada vez que filmamos o que trabajamos pido que haya güeyes diez años menores que yo, me encanta que me presten su iPod y saber qué están escuchando. Siempre tengo alguien de veinte años que me ayuda en mi oficina, no sé si les sirva, pero les aprendo más a ellos y consumo lo que ellos están viendo: tal blog, tal rola. Soy un recolector de eso. No es que no quiera crecer, pero me identifico más, porque los de mi edad como que están en otro canal. Creo que ahí está la clave para que el brinco generacional no se sienta.

Además, agarré actores de esa edad y consultaba con ellos muchas cosas del guión para saber qué harían ellos. Yo pensaba que si a “Cobra” le hacían tal, gritaría, haría un desmadre y se iría a los golpes, pero Rodrigo me dijo que se quedaría callado y se iría del lugar, algo mucho más contenido. Me fui dando cuenta que así es y hay que dejarlos un poco por ahí.

Cuando llegas a una etapa en la que ya te gustaron ciertas cosas, te puedes morir con ellas, pero yo me canso y quiero más, quiero escuchar lo nuevo, el sonido tal, me gusta estar en contacto. Y creo que esa actitud me permite creer que puedo hablarle a las nuevas generaciones. Vamos a comprobarlo ahora en el estreno.

Aunque es un trío amoroso, en realidad son cinco personajes en un drama y todo corre alrededor de ellos. ¿Qué tan difícil era sostener un guión con sólo ellos?

A mí se me hace más fácil que hacer un guión con treinta, no me da la cabeza. Muchas veces uno sabe qué presupuesto va a tener, hasta dónde puedes llegar, y si tienes tanta lana lo mejor es hacerlo contenido para que se vea más grande no pensarlo en grande y que se acabe viendo chiquito. Tanto en Oveja negra como en este y otros proyectos disfruto mucho la construcción de personajes, me gusta hacerlos, decir que son así y asa, a dónde han viajado, qué les gusta hacer y leer, qué problemas ha tenido. Eso me encanta. Luego que ya los tengo, los junto y hago una película. El hecho de contar con actores tan frescos y tan nuevos, con tantas ganas de hacerlo, también hace que la película brille. Hay mucha disposición, mucha entrega, mucha garra, muchas ganas de hacerlo.

¿Qué tan conveniente resultó combinar actores primerizos, como Diane, con actores ya con trayectoria, como Diego, Christian o Miriana?

Diane tenía cierta frescura, cierta inocencia. Además, la cámara la quiere mucho, actuaba muy fácil, muy natural, todo le salía. Era un apoyo para ella que los demás la complementaran e hicieran que luciera más, hicieron un ensamble padrísimo. Aprovecharon su inocencia y su poca comunicación en español, a favor de la película, por eso efectivamente ves a una gringa que se va a la playa con unos mexicanos y sólo uno habla inglés. Lograron transmitir lo que estaba ocurriendo en realidad fuera de cámara. Quien vivió el rodaje se puede dar cuenta que lo único que hicimos fue prender la cámara y ver el momento. Eso estuvo muy padre.

Es una película que busca una buena taquilla, pero sin apelar a las fórmulas comerciales convencionales.

Claro, es que para mí es importante tener una voz para los adolescentes. Yo crecí escuchando música, leyendo libros viendo ciertas películas con las que me identificaba y tomaba como mis estandartes. Yo decía que sólo oía cierta música, creía en el grunge. Y si veo que un grupo de adolescentes se siente identificado con la película, porque así se sienten, así viven, así se visten, así se quieren enamorar o así quieren sufrir, eso es lo que quiero. Además, que se den cuenta que, al final del día, el amor gana, pase lo que pase, sea lo que sea. Sin importar países, relaciones, familia, lo que siempre va a ganar es el amor. Y creo que ese es el apellido de la película, se llama Odio el amor porque el amor te lleva a tanto. Te lleva a mil lugares, tanto buenos como malos, pero te mueve y eso es lo padre.

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Ganadores de la primera edición de los Premios Platino

abril 7, 2014

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El Teatro Anayasi de Ciudad de Panamá fue la sede , la noche del sábado 5 de abril, de la gala de entrega de los Premios Platino del cine iberoamericano, superproducción televisiva en la que participaron las figuras más destacadas del cine y la música iberoamericana, y transmitida por televisión en todos los países iberoamericanos y los Estados Unidos.

Organizados por la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales (Egeda) y la Federación Iberoamericana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales (FIPCA), como un gran evento dinámico, de duración limitada (100 minutos), en el que la música, las estrellas y las caras conocidas desfilando por el escenario y asistiendo desde el patio de butacas, buscaron generar interés al trabajo que realizan los profesionales del cine para su público, con números musicales con estrellas latinoamericanas como Carlos Vives, Fanny Lu, Carlos Baute, Shaila Durcal y Diego Torres.

 

Esta es la lista de ganadores de la primera edición de los premios Platino:

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Película Iberoamericana de Ficción

Gloria (Chile), de Sebastián Lelio.

 

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Mejor Director

Amat Escalante por Heli (México-Alemania-Francia-Holanda).

 

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Interpretación Masculina

Eugenio Derbez por No se aceptan devoluciones.

 

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Interpretación Femenina

Paulina García por Gloria.

 

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Música Original

Emilio Kauderer por Metegol (Argentina-España).

 

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Película de Animación

Metegol (Argentina-España).

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Película Documental

Con la pata quebrada (España), de Diego Galán.

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Guión

Sebastián Lelio y Gonzalo Maza por Gloria (Chile-España).

 

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Premio Platino Carlos Vives a Mejor Coproducción Iberoamericana

Wakolda-El médico alemán (España-Argentina-Francia-Noruega), de Lucía Puenzo.

 

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Premio de Honor del Cine Iberoamericano

Sonia Braga.

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