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“La calle de la amargura”, de Arturo Ripstein, gratis por 24 horas en FilminLatino

septiembre 9, 2015

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El realizador mexicano Arturo Ripstein recibirá un homenaje en la septuagésima segunda Muestra Internacional de Cine de Venecia –el festival de cine más antiguo del mundo–, por su medio siglo de carrera como realizador, pues se le entregará un premio especial la noche del estreno mundial de su más reciente película, La calle de la amargura (México, 2015), en la Sala Grande del Palazzo de Cinema, a las 22:00 horas (en Italia).

Para celebrar este acontecimiento, la plataforma audiovisual en línea FilminLatino, del Instituto Mexicano de Cinematografía, pondrá a disposición del público esta cinta, de forma gratuita, durante 24 horas, a partir de las 15:00 horas del 10 de septiembre de 2015, única y exclusivamente para los usuarios en México.

La sinopsis de la cinta reza como sigue: “Es la madrugada y dos prostitutas de edad provecta vuelven a sus cuchitriles. No estáncansadas de trabajar. Están cansadas de no hacerlo. Una, en su casa, tiene problemas con su hija adolescente y con su marido trasvestido. La otra con su soledad. Pero para esa noche, tienen compromiso para celebrar la victoria en el ring de dos luchadores enanos. En el hotel de paso y para despojar a los hombres minúsculos de las ganancias, los narcotizan con gotas oftálmicas”.

Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Paz Alicia Garciadiego. Reparto: Patricia Reyes Spíndola, Nora Velázquez, Sylvia Pasquel, Alejandro Suárez, Arcelia Ramírez, Juan Francisco Longoría, Guillermo López, Erando González, Alberto Estrella, Emoe de la Parra, Eligio Meléndez, Paola Arroyo, Leticia Gómez Rivera, Samuel Gallegos, Víctor Carpinteiro, Carlos Chávez, Valentina Nallino, Rakel Adriana, Tamara Guzman, Metztli Adamina, Nora Pablo, Alicia Sandoval y Manuel Diaz. Fotografía: Alejandro Cantú. Decoración: Marisa Pecanins. Vestuario: Laura García de la Mora. Sonido: Antonio Diego. Post- producción: Ariel Gordón. Reparto: Manuel Teil. Maquillaje: Carlos Sánchez. Peinados: Guadalupe Ramírez. Asistente de dirección: Julio Quezada. Continuidad: Ulises Pérez. Gaffer: Moises Salazar. Producción: Walter Navas y Arturo Ripstein. Producción Ejecutiva: Xanat Briceño, Luis Alberto Estrada y José María Morales.
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Gustavo Moheno y los sueños roqueros extraviados de “Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero”

septiembre 2, 2015

Era hacer una película con personajes reales, creíbles

Sergio Raúl López

Relato surgido de la melancolía, por una época de prohibición en que la imposibilidad de tener ya no digamos una industria de la música rock en México, sino que sus principales figuras emergieran de la marginalidad y el encapsulamiento, la segunda cinta de ficción de Gustavo Moheno, rememora a personajes de un momento de país que ya no existe frente a la posibilidad de alcanzar el éxito que consideraron cancelado por tres largas y deprimentes décadas.

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La aspiración de encarnar la figura del rockstar que domina a buena parte de los adolescentes –e incluso de algunos vejetes– en buena parte del globo occidentalizado, no pasa, ni por distracción, por el anhelo de los virtuosismos en la guitarra eléctrica ni por trabajar una voz que hipnotice a las masas de fans, sino en la vida obsequiosa y regalada, plagada de lujos y riqueza, de excentricidades y caprichos cumplidos, y de voluntariado sexual de seguidores y besos públicos entre pares. Un sueño absolutamente lejano del que tenían los viejos roqueros mexicanos, esos que sabían que únicamente podían envidiar de lejos y en lo privado, la industria musical anglosajona, aspiración vedada para los electrificados rapsodas en castellano.

Las horas de práctica junto a discos larga duración de acetato rayados de tanto repetirse, las cervezas compartidas con otros especímenes extraños de cabellos alargados y jeans de mezclilla ajada y los cuadernos repletos de estrofas y líneas alimentadas de rebeldías, rabia y la urgencia de ser escuchado, se diluyeron casi por completo en varias generaciones de músicos que sufrieron la prohibición –ejecutada en forma de razzias y cancelación de permisos– de realizar conciertos públicos de rock, tras la campaña negra promovida tras el festival Rock y Ruedas en Avándaro, en abril de 1971 –extendida hasta inicios de la década del noventa–, provocó que infinidad de jóvenes ilusionados se dieran de cara contra la realidad mexicana, en permanente crisis, para acabar por dejar guitarras y chamarras de cuero a un lado, para buscarse un trabajo cualquiera, que les provea lo suficiente para sobrevivir.

Así sea para convertirse, en este caso, en aburrido farmacéutico dominado por la esposa, en un cantante versátil para bodas, en un huesero –músico de sesión a la renta– o en un alcohólico que no lo abandonó todo, como lo propone la comedia nostálgica y de segundas oportunidades, quizás ya tardías, sobre el rock mexicano perdido de aquellas épocas que es Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero (México, 2014), segundo largometraje del crítico fílmico devenido en realizador Gustavo Moheno, en la que los derechos del único éxito de un oscuro cuarteto de heavy metal de mediados de los ochenta inopinadamente intenta ser adquirido por Bono (Pavel Sfera), el cantante de la banda irlandesa U2.

La serie de enredos que seguirá a la anécdota inicial, provocará un reencuentro del cantante Eduardo Reynoso (Damián Alcázar), de nombre artístico Eddie Reynolds, con el bajista y huesero Fernando (Jorge Zárate); el baterista-farmacéutico Ulises (Álvaro Guerrero), y el autodestructivo y destroyer guitarrista de virtuosismo escasamente reconocido, Santos (Arturo Ríos en caracterización igualmente virtuosa); pero un re-encontronazo con las rencillas, envidias, competencias e infidelidades que los hicieron separarse.

Esta nostálgica reconstrucción de la no escena y de la no industria del rock en el censor país priísta que fuimos tres décadas atrás –y que, en realidad, nunca abandonamos–, se presta para una casi fábula eufórica sobre el onanista e inalcanzable éxito roqueril –dinero, mujeres y alcohol– en la que unos viejos –ruqueros, en buen argot local– descubren que alguien, alguna vez, los apreció –cual Sugar Man a medias–, y van reencontrándose con los extintos sueños de juventud que han de adaptar a actualidad tanto tecnológica como de sus provectas edades –cual satánicas majestades sin reino ni disco ni condición física–, de Abracadabra Producciones, estrenó en cartelera el viernes 28 de agosto, con distribución de Nueva Era Films, en 220 salas.

Con 17 años de edad y sin haber estudiado una carrera, a inicios de los años noventa, Gustavo Moheno fue reportero de espectáculos, entre 1990 y 1993, tras cruzarse, por una feliz coincidencia, con Mario Riaño, entonces editor de espectáculos de El Sol de México, y muy pronto se encontró realizando coberturas lo mismo de telenovelas y festivales de Acapulco organizados por Televisa, que presentaciones de discos y conciertos masivos de rock, que reiniciaron en el Palacio de los Deportes justo en esa época.

Ahí, conoció y escuchó a muchos de sus ídolos: “era andar en la peda y en el Rock and Roll, eres joven y crees que la muerte no te va a llegar nunca y vives todo a tope y todo a full. La recuerdo, en verdad, como algunos de los días más felices de mi vida”. Una época que ya acabó y un mundo que ya no existe. El periodismo de espectáculos ya es el mismo y la industria musical ya no existe como tal, por lo que la historia que le propuso el guionista Carlos Enderle le llamó muchísimo la atención y se identificó plenamente, aunque los personajes sean mucho mayores que él. Con el guionista Ángel Pulido retrabajó la historia y aportaron elementos nuevos, frescos. Siempre con una sensación: “Años después te estás volviendo viejo, ya no cumpliste con tus sueños, tienes deudas con tus amigos del pasado, con los que compartiste alguna vez la vida”.

Luego de Avándaro y a la prohibición, muchos roqueros se adaptaron al género tropical y le adaptaron la dotación básica del rock. En el inicio de la película se ejemplifica y se muestra la vida de la sobrevivencia del músico.

Me acuerdo haber ido, de niño, a un concierto de Rigo Tovar y, para mí, era una experiencia similar a la de ver un rockstar: el cabello, los lentes y el trato de la gente, aunque no tocara rock, en 1981 o 1982. Debido a la represión, estas figuras encontraron una manera de sobrevivir y su nicho en otros géneros musicales, concretamente en la onda tropical. Es algo que me gusta de la historia, pues al igual que los directores de cine, al no haber una industria de la que uno viva, tienen que hacer muchas otras cosas para vivir y me identificaba laboralmente con alguien que pudo ser un rockstar pero que finalmente tiene que chambearle de cantante de bodas. El cantante que dobla a Damián en las rolas de rock es un cuate de Monterrey, Chester Draven, tuvo un grupo de rock en los noventa llamado Crazy Lazy y hoy en día es un cantante de bodas como Eddie, de hecho él es el verdadero Eddie Reynolds, un roquero de los ochenta que hoy en día es cantante de bodas. Fue un detalle, pero que nos hace ver que la historia no estaba tan errada, la realidad copiando a la ficción, ¿no?

Y los cruces con el sueño guajiro de todo roquero mexicano: que una figura internacional, como Bono, descubra a su banda y le gusten sus rolas.

En la idea primigenia de Carlos Enderle estaba esta apertura de Bono descubriendo a un oscuro grupo mexicano de los ochenta con corte a el cantante, treinta años después, que está cantando “El venado” en una boda.

Tus protagonistas tienen una gran línea de constancia y calidad en el cine y el teatro mexicano, pero a lo largo de la película aparecen muchos buenos actores en papeles incidentales. Hay mucho cuidado en el elenco y presencias concuerden.

El concepto era hacer una película con personajes reales, creíbles. Lo que yo quería con Eddie Reynolds no era hacer una película de festival, pero tampoco una de Videocine, de caras bonitas en la Condesa o en Santa Fe. Por eso era muy importante el reparto, siempre tuve en la mira a Damián para Eddie y me clavé en que si no era él, no haría la película porque realmente no veía a otro actor que pudiera interpretarlo sin convertirlo en una caricatura. Una vez teniéndolo, los demás que quería fueron cayendo muy fácil, reunirlos fue relativamente sencillo, pero también reunimos a los actores indicados para los bits –hay como 35–, y esa es una bronca, luego veo que las películas mexicanas descuidan a los bits. Puedes tener un muy buen reparto de tus tres o cuatro principales pero si descuidas los bits , esos detallitos le dan en la madre. Ahí tuvo mucho que ver Natalia Beristain que fue una gran directora de casting y trajo a mucho de los actores que eran los adecuados para cada personajito y eso añade realismo a la trama.

¿Qué tan cara resulta una película como esta porque eso se nota en el vestuario, en las locaciones, en la producción musical, en la fotografía?

Se hizo con 20 millones de pesos, que era lo que teníamos del estímulo fiscal, no teníamos el combo usual que es combinarlo con el apoyo del Fondo de Inversión y Estímulos al Cine (Fidecine), para volverla una película de 30 millones, más o menos. Y era una película muy ambiciosa, con alrededor de 25 locaciones, demasiados bits, escenas de conciertos con muchos extras, fue una locura que nos la aventáramos con esa lana, pero la importante fue la productora, Sandrine Molto, aunque es su primera película en México, venía con una gran experiencia como contadora en Francia, hizo Adiós a los niños (Francia-Alemania Occidental, 1987), de Louis Malle y muchas otras. Tiene dos cualidades: es francesa y como europea es muy derecha y muy cuadrada, si a eso le añades que es contadora, es una persona que cuida hasta el último centavo y verdaderamente todo el dinero se fue a la película y se ve en pantalla. Le doy el crédito porque fue la que administró y logró que los 20 millones alcanzaran para todo, hasta para la postproducción. En las películas mexicanas se acaban el dinero en el rodaje y luego andan buscando para la post y se vuelve un relajo. Ella tuvo muy bien medidas las tres etapas de la película y tuvimos desencuentros porque había cosas que yo quería y ella no me podía dar, pero al final hicimos buena mancuerna porque ajustarte al presupuesto significa sacrificar ciertas cositas y trabajar con determinado ritmo, adquirí muchísima disciplina y me sorprendí de todo lo que puedes hacer en un buen día de rodaje si no pierdes el tiempo, tiene que ver mucho que llegues bien preparado y tener actores que no son divas y lo hacen bien a la primera toma, es trabajar con verdaderos profesionales y eso ayuda mucho a que un rodaje fluya bien. Fueron una serie de elementos afortunados que se conjuntaron para que la película saliera con el presupuesto que tenía.

¿Qué tan complejo fue crear el ambiente musical de la película?

Era parte del toque de la película. Al momento de planearla reflexioné y dije: “¡En la madre! ¡En qué pedote me metí! ¿Cómo encuentro una rola que te la creas que es pegajosa?”. Aunque tenía mis ideas, el santo remedio fue Annette Fradera, que conoce a medio mundo y sabe muchísimo de música, y buscó el tipo de rola que iba a ser. Hizo un mini concurso entre sus amigos músicos, algunos de ellos muy famosos, para que compusieran la rola y de ahí surgió “Chela en la fiesta”, que no la hizo nadie famoso, sino Sara Herrera Maldonado, una compositora muy joven de Monterrey que ella descubrió.

Muy temprano en el proceso, una directora de casting cuyo nombre no diré, insistía en que usara músicos de verdad y no actores, porque jamás lograría que pareciera que están tocando. Pero trabajar con músicos me parece como trabajar con niños, está de la chingada (risas), a mí me vale madre si no parece que están tocando, yo necesito que expresen las emociones de mis personajes. Y teniendo a Damián, Álvaro, Arturo y Jorge, que son muy clavados.

Al tener ya la canción y una segunda, “Larga vida al rock”, necesitábamos muy buenos músicos, que aparte de que tocaran y grabaran la música, enseñaran a los actores a tocar estas dos rolas que se hicieron para la película. Annette creó a los Ángeles de Acero que están detrás de los actores, Chester Draven en la voz; el baterista de Paté de Fuá, Rodrigo Barbosa, que coucheó a Álvaro Guerrero; el bajista Carlos Maldonado, y el guitarrista que también es muy fregón, Gino Galán, que fue el que coucheó a Arturo Ríos. La verdad es que hicieron un gran trabajo porque grabaron las rolas y trabajaron casi dos meses con los actores, no a enseñarles a tocar, sino sólo estas dos canciones, porque no les puedes enseñar realmente a ser virtuosos en ocho semanas, sino a que parezca que tocan la rola y dónde deben ir los dedos, más o menos. Fue una gran disciplina de los actores al ponerse a chingarle todo los días para que pareciera que estaban tocando estas canciones y el efecto se logra. Por ahí si eres muy clavado en la música verás que le faltó un platillazo a Álvaro o que esta mano no está a la altura del bajo en que debería estar, pero parece que realmente están tocando, por eso a Álvaro Guerrero lo nominaron al Ariel, porque parece que sí le está pegando a la batería con la rola que estás poniendo.

Este artículo forma parte de los contenidos del número 42 de la revista cine TOMAde julio-agosto de 2015. Consulta AQUÍ dónde conseguirla.

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Arturo Ripstein recibirá la Medalla de Bellas Artes

febrero 19, 2014

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El realizador mexicano Arturo Ripstein recibirá la Medalla Bellas Artes, el máximo galardón que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) a creadores, intérpretes y destacados personajes de la cultura de nuestro país. Será la primera que se entregará en el rubro de la creación cinematográfica.

La ceremonia se llevará a cabo el lunes 24 de febrero, a las 19:00 horas, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Director de cintas emblemáticas como El castillo de la pureza, Cadena perpetua, El lugar sin límites, Principio y fin, Profundo carmesí y El evangelio de las maravillas, Ripstein es hijo del reconocido productor cinematográfico Alfredo Risptein y nació en la Ciudad de México el 13 de diciembre de 1943, por lo que buena parte de su infancia y juventud transcurrió en sets de estudios cinematográficos como los Churubusco. A los 16 años se acercó a Luis Buñuel y el cineasta aragonés le dio permiso de verlo filmar El ángel exterminador(1962), “y como traía coche, me dijo que si podía, ocasionalmente, lo llevara de regreso. Fue entonces que hasta le cargaba el portafolio. Esa fue mi asistencia” .

Realizó estudios inconclusos de derecho, historia e historia del arte, para posteriormente dedicarse de lleno al cine. Debutó como director con apenas 22 años de edad, con Tiempo de morir (1965), escrita por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Pero fue con El castillo de la pureza (1973), con lo que obtuvo premios Ariel a Mejor Película y Guión Cinematográfico, coescrito junto a José Emilio Pacheco, además de Mejor Coactuación Femenina, Masculina y Escenografía, para Diana Bracho, Arturo Beristáin y Manuel Fontanals. Por El lugar sin límites (1977), basada en la novela homónima de José Donoso, y cuyo guión fue coescrito por el escritor chileno, José Emilio Pacheco, Manuel Puig y Ripstein, obtuvo el premio especial del jurado del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Posteriormente ganaría, ahí mismo, la Concha de Oro, por sus películas Principio y fin(1993) y La perdición de los hombres (2000).

Con El imperio de la fortuna (Ariel a mejor película y mejor director en 1987), una adaptación de El gallo de oro de Juan Rulfo, inició su colaboración con la guionista Paz Alicia Garciadiego, su también esposa, y la cual ha continuado hasta su más reciente largometraje: Las razones del corazón (2011).

Ripstein, ha dirigido más de 40 películas, una gran parte de ellas elogiadas en Europa y América, y las cuales han formado parte de la selección oficial de festivales de renombre como los de Cannes, Venecia, Guadalajara, La Habana y Sundance. En 1997 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el rubro de Bellas Artes.

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Seminario de Apreciación Cinematográfica en el CCC

agosto 31, 2012

El Centro de Capacitación Cinematográfica ofrece a las personas interesadas en la historia y el análisis del cine y sus géneros el Seminario de Apreciación Cinematográfica que será impartido por los críticos y docentes cinematográficos Leonardo García Tsao, Susana López Aranda y Juan Arturo Brennan, en seis módulos de diez sesiones, con duración de un mes y medio cada uno, en los siguientes temas: Lenguaje cinematográfico, Historia del cine mexicano, Historia del cine mundial, Cine de autor, Cine de géneros y Análisis formal. El seminario inicia el lunes primero de octubre del 2012 y termina en junio del 2013. Los alumnos pueden elegir los módulos que deseen.

El seminario se ofrecerá los lunes y miércoles de 18 a 21 horas, en el Centro de Capacitación Cinematográfica (Calzada de Tlalpan 1670, Col. Country Club, Del. Coyoacán, C.P. 04220 México). Informes a los teléfonos 4155 0000 y 41550090 ext. 1814 o al correo electrónico extensionacademica@elccc.com.mx.

Arturo Ripstein y sus razones del corazón

diciembre 7, 2011

La vida es en blanco y negro, lo demás es circunstancial

Por Sergio Raúl López

El adulterio y el infierno que puede abatirse sobre una mujer descontenta e insatisfecha que se atreve a practicarlo es el nudo del relato más reciente de Arturo Ripstein para desatar otro de sus persistentes mesodramas de rompe y rasga, a los que resulta tan afecto, con sexo culposo, marido mediocre, amante elusivo y vecindad inundada en chismes de por medio.

Hacía un sexenio que la inseparable pareja -tanto creativa como afectivamente- conformada por el realizador mexicano y la guionista Paz Alicia Garciadiego no entregaban una nueva obra fílmica desde su El carnaval de Sodoma (2005). Ahora su regreso ocurre teniendo, en medio de su lecho conyugal al narrador francés Gustave Flaubert y a su innegable clásico Madame Bovary como motivo inspirador, pues más que una adap- tación han emprendido un trabajo que surge a partir de sus viejas memorias como lectores, más que de recurrir a la novela en sí. Y el resultado es la decimotercera película que producen como man- cuerna creativa tras 25 años juntos: Las razones del corazón (México, 2011), la cinta con que se inauguró la quincuagésima tercera Muestra Internacional de Cine y que participó en la selección oficial en el más reciente Festival de San Sebastián.
Motivo de un homenaje -el cineasta decidió hacer un enroque y cambiarlo por un brindis- por su amplia trayectoria, en la XXXI Feria Internacional del Libro de Oaxaca, al realizador se le miraba contento, relajado, dispuesto incluso a charlar y a dar entrevistas -ignoro todavía si fue debido al buen clima, al mejor trato o al magnífico mezcal con que se rociaban todas las actividades- respecto a su controversial cinematografía que puede claramente dividir a los cinéfilos entre quienes aman su cine y quienes lo detestan, y sobre su más reciente filme, en el que se miran las 48 horas finales de Emilia (Arcelia Ramírez), azotada por una profunda crisis no sólo ante la mediocridad de Javier (Plutarco Haza), su marido fracasado, sino por el rechazo de su vecino, el saxofonista cubano Nicolás (Vladimir Cruz), en el sempiterno tono ripsteiniano de vidas torcidas, perdidas, retorcidas y, sobre todo, jodidas.

-¿Qué tal este regreso a las pantallas con una película que inaugura la Muestra de la Cineteca y ha sido invitada a varios festivales como San Sebastián?
-No es regreso, ¿eh?, yo nunca me fui. Hay momentos en los que uno hace una pausa para ponerse a reflexionar hasta donde se puede sobre dónde está uno metido y por dónde debe uno caminar. Entonces no es que me haya ido y que venga de vuelta.

-¿Qué tanto de Flaubert permanece en esta película y qué tanto hay de la mancuerna que ha hecho con Paz Alicia Garciadiego en sus característicos melodramas ripsteinianos? ¿Qué tan complejo es trasvasar literatura a cine?
-Sí, claro, es una traducción pero de un lenguaje a otro completamente distinto. Vaya, una traducción de una lengua a otra se parece muchísimo más que hacerlo de un género a otro, de la literatura al cine. Se nos ocurrió hacer Madame Bovary por emblemática, es el personaje de adulterio por antonomasia, en la que uno piensa cuando se refiere en una mujer en los infiernos del oprobio sexual y le pedí a Paz que no la leyera de nuevo, que trabajara sobre lo que se acordaba. Quizá no entendió el arco completo de las complejidades de Emma Bovary, porque la leyó muy joven (de 16 o 17 años) y le pedí que escribiera sobre lo emblemático, lo que se le hubiera quedado en la cabeza. Llegó a la conclusión de que lo importante eran los últimos dos días de Bovary, su cercanía con la muerte. La novela no termina ahí, sigue ciento y tantas páginas más, pero es de lo que uno se acuerda. El cine tiene que ser muy compacto cuando en la literatura los elementos circunstanciales son los que le dan su carga, su peso y su belleza. En el cine eso tiene que evitarse porque si no se desvía, uno tiene que ir por una acción precisa no sólo porque es complejo visualmente el traslape de otras acciones sino porque tiene que durar un cierto tiempo: es breve el cine, a pesar de que sea largo; de dos horas o tres, aún es chiquito. Lo que se hace cuando uno se mete a filmar una obra literaria es apropiarse de ella, faltarle al respeto al autor. En algún momento Flaubert dijo: “Madame Bovary soy yo”; en esta película, Paz Alicia dijo: “Flaubert soy yo”, entonces removió al autor y su jerarquía para volverlo ella. La novela finalmente es incólume, no importa qué tantas adaptaciones se hagan, no se mueve, queda intacta. Lo que se hace es lo que uno tiene en el corazón a partir de la inspiración de una obra, que fue lo que nosotros hicimos apropiándonosla. Nunca decir que es la esencia de la novela o del autor. Es nuestra cosa.

-¿Qué lo llevó a decidir filmar en blanco y negro esta historia?
-Es como la vida misma. La vida misma es en blanco y negro, todo lo demás es circunstancial. Entonces, filmar en blanco y negro es quitarle lo circunstancial a la película y dejar lo más crudo y lo más inmediato. El cine, desde muy chiquitín, lo vi en blanco y negro siempre, salvo las películas de Walt Disney que me llevaba a ver mi papá o mi mamá cuando yo era muy chiquito, que eran a colores, y eran rarísimas, por lo que uno cree que el color es siempre para personajes animados, para ballenas que hablan y ratones que cantan, y que el blanco y negro es para la vida real. En el blanco y negro yo aprendí a ver las películas y a conocer todo. Si les preguntan a los directores de mi generación (lo he repetido varias veces) cuáles son sus películas favoritas, invariablemente ocho serán en blanco y negro.

-Pero la Manuela y otros importantes personajes suyos aparecen en color en la pantalla. Sus melodramas de rompe y rasga son muy coloridos.
-Bueno, yo quería hacer todas en Blanco y negro. Hay unas, poquititas, en donde sí había cosas narradas por el color, en las que había cosas contadas por el color, en las que era narrativamente determinante que hubiera color; pero son muy pocas. Yo quería que todas fueran en blanco y negro, y hubieran sido, probablemente, mejores películas.

Crítica e infamias
Este año se cumplieron dos décadas de uno de los juicios más descollantes en cuanto a la defensa de la libertad de expresión se refiere. Fue en febrero de 1991, cuando el crítico cinematográfico Jorge Ayala Blanco recibió la notificación de que había sido demandado en un juzgado civil por daños tanto patrimoniales como morales por el cineasta Arturo Ripstein, quien exigía una reparación por 60 millones de pesos aduciendo que una crítica publicada en 1989 en estas mismas páginas sobre la película Mentiras piadosas (1988) y el libro Ripstein por Ripstein, de Emilio García Riera, no sólo había afectado a la cinta sino le había impedido filmar dos más -una por año-; es decir, que lo había desempleado.
El juicio se prolongó por seis meses y llegó a representar no sólo la defensa de Ayala Blanco o de EL FINANCIERO, sino del periodismo porque proponía una especie de ley mordaza, ya que se nombraron a dos peritos -Emilio García Riera inicialmente, después un oscuro técnico por parte de Ripstein y José María Espinasa del lado de Ayala Blanco- para definir ante el juez los elementos que debían conformar una crítica cinematográfica, lo cual hubiera sentado jurisprudencia y habría podido emplearse en casos futuros de artistas insatisfechos con lo expresado sobre su obra en medios, pero seis meses después el caso concluyó con el retiro público de la demanda y la negativa del juzgado para que la parte acusadora reformulara la acción penal.
Este episodio negro aparentemente había quedado en el olvido, pero el buen humor de Ripstein en Oaxaca le permitió hablar largamente de temas diversos, incluido el de la crítica. Y al sincerarse admitió que una opinión adversa a su cine le hace sentir muy mal.
-Por supuesto duelen muchísimo más las críticas donde dicen que eres un incompetente. Donde te lo dicen y ya, no hay problema; pero en donde te lo demuestran sí es muy difícil, entonces, mejor, no me entero de eso. Trato de no meterme por ahí. Las películas no están hechas para ellos.

-¿Y el extremo de haber llegado a una demanda contra un crítico de cine por lo que publicó sobre una película suya? ¿Qué le llevó a tomar una decisión tan radical?
-En México no existe esa opción de la difamación, entonces son absolutamente impunes. En Estados Unidos, por ejemplo, cuando hay una difamación, sí cuesta. Aquí todo el mundo cree que defendiendo su integridad moral está acabando con la libertad de expresión. Y como la opción era o A o B, me fui por la B que era: yo no me meto con la libertad de expresión, allá ellos. (SRL)

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (5/XII/2011).