Roma en la Condesa: pocas nueces y falsas polémicas.

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Por Sebastian Kohan Esquenazi

 

El martelazo

Voy a ser sincero porque esa es una de las pocas cosas que nos quedan. Yo quería ver Roma (Estados Unidos-México, 2018), de Alfonso Cuarón. Tenía expectativas desde que vi, hace meses, uno de los primeros teasers: un plano fijo de un minuto entero durante el cual el agua con jabón pasaba por el piso hasta irse por una coladera y en cuyo reflejo se veía un avión atravesar el cuadro. Era un ejercicio estéticamente hermoso y sensitivo. Una pinturita. Disfruté ese minuto y me mantuve a la espera. Desde ese día, pasaron más de seis meses sin escuchar noticias de la cinta, hasta que la semana pasada reapareció por todas partes.

Primero en el boca a boca del mundito cultural. Después, los carteles en la calle. Más tarde, la polémica Netflix versus Cinépolis. Y, finalmente, el mini escándalo de las pocas salas en las que se iba a proyectar. Hasta ahí formaba parte del fenómeno Cuarón, feliz como perro con dos colas. Conseguí entradas para verla y me dirigí alegre como mosca a la caca, perdón, como abeja a la flor, a verla en un cine en la colonia Condesa.

Una vez en la puerta, esperando para entrar, algo me empezó a hacer ruido. Tanta gente deseosa, tantas ganas de estar ahí, de ver esa película, me comenzaban a dar señales de que algo ajeno a la propia película estaba sucediendo. La sensación, así, de repente, de que ahí lo que había no era una película sino que era un ejercicio de pertenencia comenzó a asaltarme. De pronto, de un momento a otro y sin previo aviso, justo un minuto antes de entrar a la sala, pensé en Zama (Argentina-Brasil-España-República Dominicana-Francia-Países Bajos-México-Suiza-Estados Unidos-Portugal-Líbano, 2017) de Lucrecia Martel. Hasta ese momento todo había ido bien, pero la visión del demonio Zama fue una iluminación divina. “Era obvio –pensé–, cómo no me había dado cuenta antes, qué iluso soy”. Cuarón es el Martel mexicano y todos nosotros, ahí afuera de la sala, mirándonos entre nosotros, somos los aspirantes a ser la créme de la créme de la Roma –la colonia más que la película.

En ese instante, mis expectativas se derrumbaron como un castillo de naipes. Tuve dudas, miedos, náuseas, sudor y lagrimas. Me sentí un iluso y supe que todo lo que estaba a punto de suceder era, únicamente, culpa mía. Nadie me había obligado a formar parte del culturismo vanguardista del buen gusto universal. Nadie me había obligado a formar parte del fenómeno Roma –la película, más que la colonia. Quise huir, pero ya era demasiado tarde. Mientras subía las escaleras, pensaba: “Sebastián, no jodas más, te estás inventando un fantasma gratuito; déjate de prejuicios y disfruta la peli”.

Todo igual

Empezó la película y todo iba viento en popa. La foto increíble, bellísima; los personajes, interesantes; la locación, indiscutible; la música, ideal; la recreación de época, insuperable; los guiños a la infancia, enternecedores; los paneos, los travellings, las grúas, los primeros planos, los cortes, todos logradísimos; los planos y las capas de sonido que crean múltiples ambientes en la misma escena, fenomenales. Hasta ahí todo iba bien. La cosa fluía y mis prejuicios se empezaban a difuminar. El fantasma de Martel empezaba, poco a poco, a desaparecer.

En la secuencia siguiente seguía todo igual: la foto, los colores, los escenarios, los travellings, los paneos, el sonido. Y en la siguiente lo mismo: la foto, los colores, los escenarios, los travellings, los paneos, el sonido. Todo era técnicamente insuperable. Nadie, en esa sala, podía dudar ni por un segundo de las capacidades técnicas de su realización. Solo faltaba algo, un pequeño detalle: la historia. Detrás de esa genialidad técnica no había nada, absolutamente nada. Cuarón nos había dejado claro su poder de producción y nos había demostrado que tenía los recursos necesarios para hacer lo que le diera la gana, que no había capricho que no pudiera o no pudiese alcanzar. Sin embargo, en esa sala, el frio helaba la sangre. Había utilizado todos los recursos inventados en el cine, menos uno, el de contar una historia. Justo ese, el que nos hace humanos. A mí, para ser sincero, el único sentimiento que me generó, fueron las ganas de irme y comerme los tacos de suadero que había visto antes de entrar, justo en la esquina, al doblar por Insurgentes. Al cabo de la mitad de la película alguna gente sensata comenzó a abandonar la sala y yo sólo pensaba que, cuando saliera de ahí, de ese suplicio esnob, todos ellos iban a estar comiéndose mis tacos.

Políticamente correcto

Cuarón quería demostrar que es el mejor y sabía que, en el mundo del cine, sobran instancias en las cuales el valor técnico de la obra era suficiente para que los jurados se regocijasen en su amor propio, expresado, claro está, en forma del amor a la belleza que logró en esta cinta.

La distinción es una dimensión fundamental en las agrupaciones humanas. Diferenciarse del resto e incluirse en grupos determinados es inevitablemente humano. Es una forma de generar espacios de pertenencia y de adscribirse a grupos con integrantes similares a uno mismo. Algunos son millonarios y lo demuestran comprándose mansiones y autos Ferrari en Miami. Otros son progres y pertenecen a la elite cultural y lo demuestran diciendo que les encantó Roma. Cuarón lo sabía y actuó en consecuencia. Pero no sólo eso, también fue políticamente correcto y apeló a los sentimientos progresistas y buenaondistas de su circulo, y por eso eligió a las mujeres y las empleadas domesticas indígenas como tema de su obra maestra, carente de empatía y sentimiento.

Genio

Cuarón es un genio y todo le salió perfecto, incluso inventarse una polémica. La polémica entre Netflix y Cinépolis fue, sin duda, su gran obra de arte. Por un lado, pareció desafiar al emporio de las grandes salas comerciales y abrir el abanico del escenario de las formas de distribución. Sin embargo, lo que sucedió fue más simple y más brillante que eso: lo que pasó fue que hizo pasar una película no comercial, susceptible de cuotas muy bajas de público en el circuito de multisalas, por una película de gusto masivo, cuyo público no iba a poder verla en los grandes recintos por culpa de la avaricia capitalista. Un espejismo total. El público mexicano no es el de New York, que llena las salas para ver a la ganadora del León de Oro. El público promedio mexicano, como todos los públicos promedios del mundo mundial –entre los cuales me incluyo–, no saben qué es el León de Oro… es más, esperan el estreno de la nueva versión de El Rey León.

Cuarón, el genio que quiere ser artista, mató muchos pájaros de un tiro: no solo quedó como un progre que se enfrenta a los gigantes, sino que, al vender su peli a Netflix, se salvó del fracaso en taquilla que se le venía encima y aprovechó, para más inri –me encanta escribir “para más inri”–, el capricho de Cinépolis para hacernos ir en masa a todos los progres a ver su peli en la semana de estreno. Un Cinépolis, por cierto, que sabe que no pierde nada, porque el dinero se lo dan Los Increíbles 2, Iroman 4 o Chuky 7 pero no Roma, que de cualquier manera tenía que marcar su lugar en el terreno y mear su arbolito. Así, gracias a la falsa polémica, Cuarón llenó las salas progres la primera semana y disimulo el vacío de las salas comerciales el resto de las siguientes semanas que nunca existirán porque a los pocos días lanzó su Roma para los 130 millones de usuarios de Netflix.

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