Las Hipnosis para ser feliz en el largometraje debut de Víctor Audiffred

El desandar del drama y de las patologías de pareja

Por Sergio Raúl López

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El gran público fílmico no se encuentra precisamente acostumbrado a mirar una película que, conforme avanza, se retrotrae en el efecto dramático y va disminuyéndolo gradualmente hasta su remate, en el que los personajes logran alcanzar una inopinada paz.

Esa sensación extraña, atípica, es justamente la que invade al espectador de Hipnosis para ser feliz (México, 2018), largometraje debut de un cineasta con un largo historial de cortometrajes, el oaxaqueño Víctor Audiffred Bazaldúa, que nos entrega una dramaturgia muy personal, decididamente propia, en la que una pareja corre de la imposibilidad de relacionarse con el otro en estos ajetreados tiempos individualistas, hasta la consecución del bienestar tanto personal como en pareja.

Todo arranca frente a una reproducción de La Pietá, pero con los oscuros tonos broncíneos que posee la reproducción de la talla en mármol de Carrara del famosísimo florentino Michelangelo Buonarroti y que se exhibe en las blanquecinas escaleras del modernísimo Museo Soumaya, en la colonia Granada de la Ciudad de México. En torno a ella, una pareja de diletantes discuten poéticamente sobre arte, sí, pero no hablan entre sí, sino que recitan poemas de la novela Los que vienen del sur, de Bernabé Cortijo Mérida, sobre las dificultosas relaciones amorosas, la nostalgia por la pareja ideal que no se halla, la vacuidad del individuo en solitario, la esperanza por hallarse con la plenitud y también sobre las paradojas de la existencia y, en fin, en torno a soliloquios individuales que los encierran en sus particulares trastornos esquizoides. La magnificencia del recinto, en el que conviven con copias de los bronces del francés Auguste Rodin o piezas de arte virreinales, se mudará a una segunda escena –la cinta transcurre apenas en cinco locaciones distintas, mismos que se corresponden con los capítulos de su dramaturgia–, ahora un restaurante que preserva un lujo casi envejecido, por demás conservador, en el que Felipe (Antón Araiza) –cuarentón, además de solterón–, apenas un par de años menor que la decepcionada Pilar (Ericka Ramírez) –de la que intuimos ha pasado por múltiples intentonas fallidas de relaciones de pareja–, no bien termina la cena, durante el café, entrega y casi arroja de sí un anillo de compromiso con la esperanza de una afirmación que sólo se transformará en una frustración tan grande que acabará por hacerle enterrar en su muslo, a escondidas, el tenedor que aprieta en la mano, a manera de fúrica catarsis y acto cuasi caníbal de talante autodestructivo.

El desencuentro, que transcurre en la peor de las incomodidades –la botella de tinto celebratoria y ya reservada no será tocada en el hostil y tensísimo ambiente–, devendrá en una visita, que se promete fugaz, a la librería de viejo que Felipe recibió en heredad y que resulta ser un laberíntico palacete de varios pisos en el que Pilar se hallará aterida ante este hombre a todas luces desequilibrado y que la fuerza a acompañarle a su sancta santorum: un fornido escritorio con una silla de cuero, junto a una computadora de torre, una cafetera de filtro, un estéreo de discos compactos, todos ellos ya viejos, junto a un sillón de tapiz ajado, en un kilométrico laberinto de estantes y escaleras, con la promesa de un libro –la poesía reunida de Amado Nervo– que, más que obsequio, parece el pretexto para el rapto. La tensión aumentará progresivamente hasta casi sentirse a cuadro, con el peligro de que la violencia fuertemente contenida durante años en este librero de viejo estalle en cualquier instante, entre esas viejas paredes de un centro histórico desolado y solitario.

Intuimos, en el país de los múltiples feminicidios impunes y del machismo rampante, que la desconfiada Pilar engrosará, muy pronto, las filas de víctimas de la violencia de género de familiares, amigos y, en fin, de la gente más cercana, como suele acontecer.

Del delirante discurso inicial, casi un soliloquio bien integrado pero sordo para el interlocutor, a la cena tensa en un ambiente gélido y la visita forzada a lo que parece el reino libresco de un Barba Azul citadino –tras cerrar la cortina metálica de un tirón seco, el librero de viejo le muestra una primera edición de El agua envenenada, de Fernando Benítez, editada por el Fondo de Cultura Económica en 1961, apenas dos años después del Fuenteovejuna ocurrido en el ex convento de Tajimaroa, en Ciudad Hidalgo, Michoacán–, podemos esperarlo todo: una espiral de violencia, una persecución o la aparición monstruosa de un verdugo, incluso la fuerza femenina que se despierta en la víctima propiciatoria para hallar la salvación, tal y como ocurriría en casi cualquier relato fílmico contemporáneo en el que las pulsiones sueltas, los desequilibrios mentales y, en fin, la violencia que carga esta sociedad occidental tan obcecada con el consumismo, la apariencia y la banalidad de la fama y el éxito, al que nos han acostumbrado en el cine y en las obras audiovisuales.

Pero no. Acá enfrentaremos una insólita vuelta de tuerca gracias a la larga experiencia del autor de una decena de trabajos fílmicos previos, todos breves, es cierto, pero que le han deparado ser incluido en festivales tan importantes como el francés de Clermont-Ferrand, Cannes –con el filme estereoscópico Clarissa, en el 2011 y como productor de 3 Puntos de Cruz, de Sara Cortijo (a su vez, productora y diseñadora de producción de Hipnosis para ser feliz), en el 2012– y la Berlinale, en el plano internacional, y de Guadalajara, y Morelia en el nacional; además de ganar el Festival Independiente Latino en los Estados Unidos y, como productor, el Internacional de Guanajuato, y el Ariel de la Academia Mexicana de Cine, con Sólo pase la persona que se va a retratar (2009), de Roque Azcuaga.

La filmografía de Audiffred incluye trabajos relevantes como Cristiana sepultura (2006), ganador del viii Expresión en Corto de Guanajuato; Clasificados (2007); Rever (2011); Clarisa (2011); Bettas (2014), y A la distancia (2017), ganador del x Concurso Nacional de Apoyo a la Postproducción de Cortometraje del Imcine, explorando siempre relatos sencillos, cotidianos, entrañables, en torno a las problemáticas relaciones humanas, especialmente las afectivas.

En su ópera prima de largometraje, el director apuesta por las herramientas que ya sabe emplear con destreza: una gramática entendible y sin aspavientos, con emplazamientos de cámara firmes cuyos movimientos obedecen, primeramente, a la eficacia del relato cinematográfico y a su claridad. Así, vamos pasando de las tomas fijas y en blanco y negro en el museo a los tensos movimientos a color en el restaurante y luego a las escenas de interiores de la librería, igualmente duras, pero que, poco a poco, por la derrota de las pretensiones y la posterior confesión que provoca en Felipe, van transformando ese espacio agreste, esa aparente trampa, para volverlo, un poco más tarde, un sitio para reparar el cansancio y todo conflicto que cada uno de los amorosos frustrados sufren. Así, casi imperceptiblemente, el librero va acercándose físicamente a Pilar sólo para descansar en su regazo, mientras ella, estresada y tensa, no sabe cómo reaccionar.

Hay que decirlo, Felipe se halla encapsulado contra su voluntad en un pasado al que lo condenó su padre. Por ello flota no sólo entre libros de viejo sino en un mobiliario antiguo, pero esos objetos van conformando la trama misma, desde una cámara Polaroid y un ato de añejas tomas que se guardan en la guantera de un viejo auto de lujo, un American Rambler-vam de cuatro puertas en el que se refugiarán a la mañana siguiente, una vez que crucen la opresora cortina metálica de la librería a manera de cruce liberador del conflictivo mundo interno de uno y del otro –en un gesto que nos conducirá de los sitios cerrados a los abiertos y luminosos, con aire fresco incluso, justo como los sentimientos de los personajes.

De ahí partirán para un periplo reparador hacia algún pequeño poblado en el estado de Morelos. En una parada, Pilar se quitará los botines con tacones altos mientras que Felipe le ofrendará una manzana, una botella de agua y unos antiguos zapatos tenis para que camine con comodidad. Aceptar los obsequios –tan prontamente como antes rechazó la sortija–, genera de inmediato una pausa a la tensión y un respiro en el espectador: ambos adultos han cedido, por fin, a su frenesí particular. El altavoz de la iglesia del pueblo suena una canción de Nana Mendoza, “Despierta” –parte de la banda sonora del filme, también con música incidental de Joseph Saint Rèmy y Carlos Escalante y un tema para los créditos finales, de Nortec-Panóptica Orchestra, en voz de Alma Velasco.

Con el cerro del Sombrerito, en Tlayacapan, de eje permanente de las tomas de carretera, una vez que el soleado paisaje, cálido y bucólico se descubre a su alrededor –que la cámara seguirá desde el aire y desde múltiples posiciones, cada vez más libre– y el librero, ya libre de toda prisa por los esponsales, comienza una desolada confesión sobre el abandono familiar, primero materno y más tarde del hermano menor y el peor de todos, el del padre, que resulta simultáneamente una condena a quedar como responsable de la librería y de las inercias de su ya disuelta familia, lo que le mantiene atrapado a ese pasado mental y físico, que ninguna terapia enmendará.

Felipe ya no es el recitador de un soliloquio intelectual y esquizoide, sino el confesante de la gran carga moral que le agobia y de las carencias afectivas que le encapsulan –con la cruel anécdota del padre que lo encuentra una vez al año, en diciembre, y pide el café sin azúcar muy caliente para no mirarle nunca a los ojos con el pretexto de enfriarlo, para darle un abrazo de Navidad abandonado–. En ese estado, casi en trance, recitará algunas frases de un casete de superación personal que adquirió en un mercado de antigüedades, en el que un brasileño justamente prometía el título de la grabación: “Hipnosis para ser feliz”.

El andar de la pareja, ahora reposado, les conducirá a la última locación: un centenario ahuehuete que crece en torno de un ojo de agua, rodeado de un absoluto verdor natural, entre estanques con limo, un caudaloso arroyo y árboles centenarios, en los que Felipe avanzará para compenetrarse y completar la catarsis, abrir su corazón y su más íntimo ser, en un ritual que, más que de cortejo o de sexualidad, será sensorial y naturalista –el primer plano de par de caracoles copulando con gran sensualidad y parsimonia es casi de documental científico–, sin pudor por su acompañante que, inadvertidamente, tras abrazar el ancestral tronco –primero ella y él en seguida–, reposarán en él, acercándose lentamente para formar un tableux vivant que recuerda aquella Pietà inicial, en aquel venero que los limpia y los desnuda emocionalmente, compañeros del mismo despojamiento interior con el que, al fin, hallarán la tranquilidad y cumplirán aquella frase del católico existencialista, Soren Kierkegaard: “Aún amando, uno tiene que bastarse a sí mismo”.

 

Hipnosis 2

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Lobby card Hipnosis

 

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