La injusta y destructora “Tempestad”, relatada por Tatiana Huezo

Ese otro se vuelve un espejo en el que puedes mirarte

Por Sergio Raúl López

Una mujer que trabaja en las aduanas de Cancún resulta acusada, en un operativo relámpago, de trata de personas y, acusada sin pruebas acaba en uno de los penales más mortíferos del país, el de Matamoros, donde ha de sobrevivir a una cantidad de hechos violentos que asombran. Mientras, desde el redondel circense, una madre que labora de payaso, dedica el resto de su tiempo, desde hace diez años, a buscar a su hija desaparecida. Esa es la Tempestad que observamos en la pantalla.

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Un largo viaje por carretera, a lo largo del peligroso y siempre inesperado Golfo de México, fue la solución no sólo para relatar, sino para exorcizar el mal, la destrucción, la injusticia. Pero más que para Miriam Carvajal, la víctima, resultaba un ritual necesario para la documentalista Tatiana Huezo, que desconoció a la mujer fuerte, curiosa y rebelde, unida por más de 20 años de amistad, que ahora temblaba y no podía mirarle a los ojos presa del miedo. La cineasta impávida, aterida, tras recibir una caja con pedacería de papel en la que se encontraban los poemas en los que la agente aduanal había vertido su miedo y su impotencia, tras ser acusada sin pruebas de tráfico de personas y encarcelada sin un proceso judicial en forma en Matamoros, en uno de los penales más peligrosos y mortales del país, con un autogobierno de los propios internos, que exige 5 mil dólares a quienes ingresan simplemente para asegurarles la vida, entre golpizas, amenazas y vejaciones.

Para filmar una historia tan dura, tan increíblemente inhumana, fue que Tatiana concibió la idea de hacer el recorrido de vuelta, desde la ciudad fronteriza tamaulipeca donde la liberaron de la cárcel, hasta su hogar en Tulum, solamente con la grabación del testimonio de la mujer en voz en off y recreando su mirada, su nerviosismo, su inseguridad, a bordo de un autobús de pasajeros y hacernos pasar por esta experiencia recreada. El recorrido por la larga, inacabable carretera, como una manera de catarsis, de respiro, de transcurso proclive a la contemplación, ante tanta carga de adrenalina, tanta tensión, tanto miedo, siempre con la voz cansina y monótona recreando una historia fantásticamente horrorosa e ilegal. Relámpagos, ráfagas ventosas, huracanes, mares picados, rostros adustos, huidizos, retenes repentinos de ignotos hombres armados, en un viaje inestable y enervante,

Por tanta tensión, le resultó necesario hacer un alto en el camino para incluir, tardíamente en el filme, un segundo testimonio de Adela Alvarado, una mujer que actúa de payaso en un circo popular, en permanente búsqueda de su hija, desaparecida hace una década, en el trayecto a la universidad. Una crueldad de índole distinta, un contacto con tierra física que permite un respiro en la historia, entre una troupe de artistas circenses, de personas de físicos fuertes, de gestos rudos y sinceros, muy amorosos, que la acompañan en su lucha, en su dolor.

Recreación testimonial mediante metáforas de una belleza muy fuerte, sin el rostro de Miriam y con la corporalidad expresiva de la comunidad cirquera, Tempestad (México, 2016), con dirección y guión de Tatiana Huezo, es el segundo largometraje documental de la cineasta salvadoreña-mexicana, egresada del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y con maestría en Documental de Creación por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Este trabajo, cuenta con fotografía de Ernesto Pardo; edición de Lucrecia Gutiérrez Maupomé y la propia Tatiana; sonido de Federico González Jordán; diseño sonoro de Lena Esquenazi; música original de Leonardo Heiblum y Jacobo Lieberman; producción de Nicolás y Sebastián Celis, y producción ejecutiva de Jim Stark.

Su ópera prima, El lugar más pequeño (México, 2011), sobre los estragos de la guerra civil en El Salvador, recorrió con éxito medio centenar de festivales también en la línea de zurcir imágenes y sonidos poéticos en torno a testimonios de extremas crueldad y violencia.

Estrenado en la sexagésima sexta Berlinale, donde obtuvo Mención Especial del Jurado del Premio Caligari, Tempestad formó parte de la undécima Gira de Documentales Ambulante, ganó el Premio del Jurado Joven en el quinto Riviera Maya Film Festival; además del tercer Premio Fénix a Música Original, Fotografía Documental y Largometraje Documental; además de Mejor Sonido, Mejor Fotografía, Mejor Dirección –la primera mujer en conseguirlo– y Mejor Largometraje Documental en la quincuagésima novena entrega de los premios Ariel y la vigésimo cuarta edición del festival polaco Camerimage para documental. Con 25 copias y distribución de Interior xiii, la cinta producida por Pimienta Films, Cactus Films y Terminal, estrenó en la cartelera mexicana el 19 de mayo.

¿Cómo llegaste a estructurar estos dos relatos de dos personajes tan radicalmente distintos entre ellos y, sin embargo, unidos por una historia tan dura que refleja la violencia que atraviesa el país?

Sí, son dos historias que no son totalmente paralelas. Es un riesgo que tomo en la estructura de la película. Son dos mujeres, dos voces, las que se tejen a lo largo del camino, del viaje, del road movie. La segunda historia entra tarde –si fueran paralelas tendrían que entrar casi al mismo tiempo–, prácticamente a los 40 minutos de película. Era un riesgo muy grande que tomé desde el papel porque escribo mucho antes de rodar, en el tratamiento cinematográfico, y sí, intento armar el cuento en papel antes de rodar y desde ahí ya estaba planteada tanto la estructura como mi temor de que no funcionara, que el público se sacara de onda por qué la primera historia se detiene y entramos a una segunda, tras un momento muy culminante en el que queda la primera voz Cuando supe la historia de Miriam y se me empezó a meter esta oscuridad que hay adentro de la experiencia que le rompió la vida, supe, más bien intuí que no se iba a sostener sola, que el drama era demasiado grande, al igual que la oscuridad, aunque es un personaje fascinante del que te puedes enamorar y del que te vas encariñando a lo largo del camino, y a través de su piel vas sintiendo todo lo que le pasó y te provoca empatía.

Sin que ella necesariamente forme parte de ese viaje ni de ese entorno, porque encima de las imágenes está la grabación de su relato.

La estructura de la película era que un día la sacan de la cárcel en Matamoros y ella tiene que atravesar 2 mil kilómetros, todo el Golfo de México, desde Matamoros hasta Tulum, que es donde vive. Y era muy evidente que hay una columna vertebral muy clara, cronológica, con un orden muy simple, que es este viaje del norte al sur, peligroso y muy severo, porque el norte está en llamas y porque haber rodado en Matamoros, Tampico y Veracruz requirió toda una estrategia de seguridad detrás de la producción. Pero el viaje era algo muy sencillo que trazaba una primera estructura física, que además, significaba hacer un retrato de México, de un país diverso, profundo, de muchos ojos, de muchos rostros, de un paisaje que se transforma, complejo, rico, infinito, algo inabarcable. Y me daba esa sensación el viaje, además, la de poder trazar una esencia de un retrato de este país.

Pero intuía que el drama no se iba a sostener, que se iba a agotar, porque es muy fácil banalizarlo, acostumbrarte a él y dosificarlo. En las películas, nos acostumbramos bien rápido al dolor del otro, entonces se banaliza, se vulgariza y yo necesitaba un equilibrio para todo esto, además de luz, de un respiro, de un contrapunto, por eso decidí buscar una segunda voz que equilibrara a la primera.

Tardé muchos meses en encontrar a Adela, yo quería una mamá que estuviera buscando a un hijo desaparecido y alguien me contó la historia de los payasos de toda la República Mexicana que hicieron una marcha rumbo al zócalo, vestidos con sus trajes, que llevaban sus tortas y sus aguas bajo el brazo, y que al frente iba una mamá maquillada, con su vestuario, reclamando por su hija desaparecida, que se llama Mónica. Cuando supe esta historia quise encontrarla, no sé, la intuición, como que a uno se le va haciendo un olfato y la empecé a buscar. Y efectivamente, al conocerla, me impactó mucho ver a una mujer que es madre, que tiene a sus hijos a los que ha parido, ha criado y a los que ama, ver a una mujer con una claridad y una cordura impresionantes después de luchar diez años buscando a su hija desaparecida. Es algo que yo, como madre que también soy, no puedo concebir, me cuesta imaginar y me costó muchas pesadillas a lo largo del proceso, el imaginarme en la misma situación y todo el tiempo, en mi imaginario, salir huyendo, dándote un tiro o volviéndote loca. Me costaba mucho imaginar cómo conservar la cordura y la dignidad de ser humano en medio de un dolor tan espantoso como es tener a un ser amado desparecido. Tener todo el tiempo esta pelea sicológica entre la posibilidad de la vida y la muerte, cada día, cada minuto de la vida.

La fotografía crea un tercer ambiente, añadido al relato, que es muy dramático no en el sentido teatral sino expresivo. A ese testimonio tan vívido de hechos tan monstruosos se acompaña de un muy delicado trabajo de metáforas visuales con fueras de foco que revelan gradualmente un rostro o la cámara que te presenta esos paisajes con relámpagos y ráfagas de viento. ¿Es una cámara casi de fotofija que no deja de ser cine porque en el cuadro hay mucho movimiento?

La verdad es que el trabajo de la imagen de esta película es su lado subjetivo. La imagen se te va quedando dentro, al igual que la voz, te va transportando a una atmósfera en la que los colores y el cuadro te hacen sentir cosas, te traslada a una sensación. Creo que ese es el reto del cine: cuando voy a la sala me dispongo a vivir la vida de alguien más pero también me dispongo a que un mundo estético me lleve, me arrastre, me fascine. La imagen es muy poderosa y tiene la capacidad de despertar muchas sensaciones en el espectador. Creo mucho en la imagen y hubo un trabajo muy profundo con Ernesto Pardo que tuvo un reto muy grande, desde la investigación –porque él vino una parte del viaje–:mirar con los ojos de ella, de la que está regresando. Le decía: tú eres Miriam, su corazón, su espíritu, que está roto, que está saliendo del infierno, de la guerra y que regresa a su casa hecha pedazos, con la vida trastocada, ella es otra, la despojaron de todo, de su vida, de su hijo, de su casa, de su trabajo y ella conoció el infierno, porque el infierno está en esa cárcel de autogobierno en la que tuvo que plegarse y ceñirse a la violencia más bestial, económica, física y emocional, sicológica, que habita ahí cada día. Ernesto reflexionó mucho al respecto y lo hablamos mucho: cómo mira, hacia dónde voltea la mirada, cómo son los ojos que ella ve, qué espejos va buscando en el camino, por qué ve una gota y no el sol que brilla, por qué una palmera torcida. Él iba como si fuera un actor, se trasladó a las emociones de alguien que está muy lastimado y que va cruzando este país. Parece que es muy subjetivo, pero eso está en la película. La imagen tiene algo muy especial porque hicimos todo lo posible por volverla un punto de vista de alguien que va caminando a lo largo de este viaje, y son los ojos de Miriam.

Es una mirada muy femenina, aunque la haya hecho un cinefotógrafo de género masculino.

Yo creo que Ernesto tiene un lado muy femenino y que tenemos una forma muy profunda de comunicarnos, pues hace muchos años que trabajamos juntos. Y los colores, las transformaciones, los ojos, las posiciones del cuerpo, por qué ese pasajero y no otro, eran fruto de una serie de reflexiones que íbamos hablando constantemente. Es muy curioso lo que dices de los cuadros fijos dentro de los cuales suceden muchas cosas porque nosotros trabajamos con fotografía fija, uno de los libros que es de los favoritos de mi vida y sobre el que trabajamos es Los americanos, de Robert Frank, que es un viaje a lo largo de Estados Unidos con retratos de los trabajadores, del campo, de las carreteras, del país profundo. Nos alimentamos mucho de eso y luego fuimos por nuestra propia búsqueda. Toda la película, aunque parecen planos muy fijos está hecha con cámara en mano. Excepto dos paisajes en los que el viento era muy fuerte, de 80 km por hora, y se llevaba a Ernesto, entonces hubo que fijar la cámara a un tripié, es una película entera de cámara en mano, creo que es uno de los mejores operadores que hay en México, lo que permite que la fotografía sea tan cercana y efectiva, porque tiene una gran sensibilidad para estar cerca del otro, es muy ligero, silencioso y amoroso con el otro. El que la cámara vaya al hombro todo el tiempo le permite casi poder tocar al otro y eso está en la película, parece que puedes tocarlos. El reto de esta película es que el espectador sea Miriam, a lo largo del camino pensemos que cualquiera de nosotros podríamos ser ella, que cualquiera de los rostros que van en los autobuses podían ser ella. Por eso para mí la voz es tan importante. No vincular su voz a un sólo rostro sino a muchos rostros a lo largo del camino, justamente para transmitir la vulnerabilidad a la que estamos expuestos los ciudadanos de a pie en este país.

Por cierto que la voz, aunque es muy recitativa y, por momentos, cansina, va elaborando un relato complejo, repleto de anécdotas, de personajes, de hechos, de injusticias, casi sin notarlo.

Es una película de voz en off en la que hay un trabajo muy fuerte de edición, de abrir silencios con la certeza que me ha dado explorarla en trabajos anteriores, de saber que la voz de un ser humano es sumamente poderosa, que a través de ella puedes asomarte adentro y percibir sus pesadillas, sus dolores, sus alegrías, muchas de las cosas de ese ser humano, imaginarlo, crearlo en tu cabeza. No sé que es, pero la voz tiene algo muy profundo, tiene un alma, es una parte tan introspectiva, expresiva y profunda en el ser humano, que para mí la voz es un ritual en una película.

Las entrevistas las hiciste tú sola, ya que el personaje es, además, tu amistad. ¿Cómo fue el proceso para obtener su relato y luego para editarlo con tanta sutileza como para que parezca una sola pieza y no la confección de fragmentos?

Las entrevistas son entre el personaje y yo. Tengo una forma muy específica de trabajar: son entrevistas largas, de al menos cuatro horas. En el caso de Adela y de Miriam la cronología me resultaba fundamental, son entrevistas sobre un acontecimiento concreto y que se desarrolla de forma cronológica, como si fuera un actor. Entonces, el otro lo va reviviendo. Por ejemplo, Adela, me contó la historia de su hija, de Mónica, que desapareció, desde el día que supo que estaba embarazada, cómo creció ese bebé en la panza, cómo es el parto, la infancia, la adolescencia, que representa su hija a lo largo de su vida y entonces, cuando llega esa noche en la que no regresa a su casa, Adela, para ese momento ya ha hecho un recuento de la vida y es un momento brutal, porque ella está ahí de nuevo y toda la desesperación de su voz contiene todo el drama, el dolor y pesa lo que tiene que pesar y transmite lo que tiene que transmitir. Tiene el peso de esa ausencia tremenda, de esa pérdida. Pero si yo hubiera empezado la entrevista por ahí, seguramente el proceso emocional que atravesó en la entrevista no existiría y ese momento no tendría el drama que tiene, que funciona y que golpea. Entonces hay un trabajo muy fuerte alrededor de la entrevista.

Y luego, bueno, trabajo con las transcripciones. En el caso de Tempestad, terminé con casi 30 horas de entrevista. Trabajo con alguien que es experto en transcribir entrevistas, le doy el material, me entrega todo en papel, muy ordenado, me respeta hasta la respiración, los gemidos, las risas, todos los sonidos guturales y en este caso habré terminado con unas 600 páginas, lo leo todo, proceso que es muy rico porque es como una novela en la que confirmo las certezas de los momentos que funcionan y después edito la voz. Tanto en El lugar más pequeño como en Tempestad, he editado la voz porque es algo que me gusta hacer y siempre me acompaño de un editor que va acompañando con la imagen las secuencias de voz que le entrego y con quien puedo hablar y discutir todas las dudas alrededor de las secuencias.

Creo que resulta importante que un documental que pudo ser sólo de denuncia, de un dolor que pudo derivar en el amarillismo, haya logrado ser un relato tan humano, que te identifica con los personajes.

Es una historia que habla de la impunidad, de dos mujeres que han sido víctimas del sistema de justicia de este país, de la corrupción y que plantea la reflexión, que te confronta en torno al tema de para quién trabaja la justicia o que si no tienes dinero no puedes acceder a ella en este país. Intento ser lo menos gráfica posible en mi aproximación, alejarme del espectáculo mediático al que nos hemos acostumbrado y que nos ha sembrado una indiferencia muy grande en el que las víctimas son números, porcentajes, discursos de políticos, discursos de los medios de comunicación al servicio de estos políticos que finalmente están al servicio de un poder económico, con unos objetivos muy concretos. Yo trato de huir de todo eso y creo que el documental tiene el poder de ponerle un rostro, un nombre, una voz, a ese numero. Y decir que se trata de un ser humano único, con un sentimiento único, al que le ha sucedido esto y uno como espectador empatiza porque es el otro, es igual que tú y ese otro se vuelve un espejo en el que puedes mirarte y creo que esa es la fuerza que tienen algunos documentales. Mi aproximación es a partir del ser humano, de lo que tenemos dentro, intento alejarme de la vorágine mediática de cómo se nos da la información y acercarme al otro.

Son testimonios que, en todo su humanismo, se vuelven espejo de la realidad mexicana y se entiende dentro de la tragedia personal.

Por eso, porque es un ser humano, porque es un testimonio que, al traducirse a una persona, te vincula. Cuando tú te vinculas con un personaje, te implicas, porque compartes emociones con él y ahí está la gran diferencia.

Eso justo lo vuelve cine, ¿no?

Para mí, eso es el cine.

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Tatiana Huezo-SRL

Este artículo forma parte de los contenidos del número 51 de la revista cine TOMA, de mayo-junio de 2015. Consulta AQUÍ dónde conseguirla.

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