Murió Jorge Pantoja, ex coordinador del Cine Club de Guanajuato

El maestro Jorge Rogelio Pantoja Merino murió el jueves 21 de abril, en la ciudad de Guanajuato Capital, donde se encontraba hospitalizado. Dueño de una amplia cultura fílmica y general, además de promotor y programador cinematográfico, ejerció la crítica –la recensión, solía precisar–, además de funcionario y escritor.

Sus restos serán velados en el Parque Funerario Guanajuato –velatorios del ISSEG–a partir de las 20:30 horas y se le realizará  una misa en la Basílica de Guanajuato mañana, viernes 22 de abril, a las 13:00 horas.

El maestro Pantoja Merino fue coordinador de Radio Universidad y del Cine Club de la Universidad de Guanajuato, así como del Área de Cine y de Relaciones Internacionales de Canal Once del Instituto Politécnico Nacional. Fue director general de TV-4 (2001-2006) y consultor de programación de Muestras y Foros de la Cineteca Nacional de México, así como coordinador del área de cine del Festival Internacional Cervantino (FIC). Además, fue asesor de programación de TV-UNAM, productor de la serie “La Música en el Cine”, en Radio Universidad de Guanajuato, y jurado del Festival Internacional de Cine Guanajuato (GIFF). Fue autor, entre otros libros, de Hojas de cine a vuelapluma, Alfaguara del cine silente y Trasuntos de cine.

Jorge Pantoja Merino 3

Para rendirle un modesto homenaje, reproducimos el texto que publicó en el número 32 (enero-febrero de 2014) de la revista Cine Toma: Los otros ojos. Historias en torno a los cineclubes y las salas alternativas.  

Tributo a don Eugenio Trueba Olivares en el 55 aniversario del Cine Club de la Universidad de Guanajuato

El Cine Club es Guanajuatense

Por Jorge Pantoja Merino

Durante largos años, el Cine Club de la Universidad de Guanajuato no sólo fue el único que poseía un proyector de 35mm en su sala emblemática, el Teatro Principal, sino que se constituyó como paradigma de la libertad, en su programación, y de la vanguardia, respecto a los filmes que presentaba. Con motivo de su quincuagésimo quinto aniversario, uno de sus directores emblemáticos, Jorge Pantoja Merino, aborda los orígenes del cineclubismo y su influencia en México.

Con celo y vigor, Eugenio Trueba Olivares —sinónimo de la cultura universitaria de Guanajuato—, en la década de los años cincuenta, se dio a la tarea de contemporizar nuestra casa de estudios con el siglo XX. Por poco sensato que parezca, se interesó en transfundir, es decir, inyectar sangre cosmopolita a una provincia somnolienta y acorchada, aun con el riesgo de sacudir sus rígidos estamentos.

Lo que para algunos —cuando fugazmente se planteaban la cuestión— era una entelequia, él la cristalizó rápidamente en aciertos: instituyó el Cine Club Universitario, como antes se erigió en fundador de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG) y de Radio Universidad de Guanajuato, e insufló la continuidad de la compañía de Teatro Universitario de Guanajuato. Lo suyo se tradujo en ruidos pasmados que llenaron y llenan los corros y corralitos universitarios de plumas y revuelo.

Cada periodo histórico produce una forma artística nacida de la tecnología del momento; el cinematógrafo es el icono del siglo XX, no obstante, no se hizo de la escena apenas aparecido. A través de halagos y engaños empezó a camelar el gusto y la voluntad popular; al tiempo que, con desdén, fue puesto a un lado, cual material de derribo o infecto, por los intelectuales y los letrados, a quienes en principio sólo propinó palos de ciego, aunque finalmente les echó el guante.

En México, no es ocioso señalar que el nombre de cine club no casa del todo bien con su verdadero origen. Para traer memoria únicamente de la producción silente, esta estructura, conformada por salas especiales, se expandió en Europa a partir de 1934, año en que este tipo de filmes dejó de proyectarse comercialmente. El año de 1929 marcó el advenimiento del cine sonoro, con Luces de Nueva York (Lights of New York, Estados Unidos, 1928), de Bryan Foy, hoy una reliquia arqueológica.

Por qué razón abandonó la Universidad de Guanajuato e, igualmente, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) la ascendencia original del cine club, es cosa clara: en el país no había acervo disponible de cine mudo, ya sea nacional o extranjero. El poquísimo, en manos de particulares, estaba en hibernación o, aún peor, en la morgue. Así que pareció más conveniente la poda que el pulido, aunque sigue sin rectificarse el equívoco.

Muy señorial, al más rancio estilo, es el cine club. Sin aspavientos, demuestra que su función es la de un carnero utilizado como semental. ¿Cómo es su nacimiento y desarrollo? En 1911, Ricciotto Canudo, poeta y crítico, señaló que el cine era “El Séptimo Arte” y fundó un club: Los amigos del Séptimo Arte.

Con el fin de la Gran Guerra (1914-1918) y la proyección de la filmografía de David W. Griffith, Thomas Ince y Mack Sennett, el cine se tornó de simple pasatiempo ameno y de solaz en una expresión universal.

Louis Delluc fue el primer crítico de cine, cuyo bagaje adquirió en los cine clubes; le entusiasmaba el cine, en especial el que no se prestaba a la distribución comercial, llamado otrora d´avant garde. En 1923, León Moussinac fundó El club francés del cine, así se establecieron las primeras salas de arte y ensayo. Con la égida, en 1924, Jean Tedesco convirtió el Théâtre du Vieux Colombier, en París, en sala de cine, proclive, entre otras cinematografías, a la soviética. En 1925, el Studio des Ursulines, de tradición teatral, se inauguró como cine club con La calle sin alegría (Die freudlose gasse, Alemania, 1925), de Georg Wilhelm Pabst.

En 1928, Studio 28 expresó la consigna de exhibir cine experimental, del que dio muestra con Napoleón (Napoléon, Francia, 1927), de Abel Gance. No dio tumbos en sus sesiones, atrapó público, ganancias y buena prensa; aunque no salió indemne de la proyección de La edad de oro (L’Âge d’or, Francia, 1930), de Luis Buñuel, que la derecha abacial y política recibió con mala leche, destruyendo en mucho el recinto, la pantalla y una exposición pictórica, colocada en el recibidor, con obras de Salvador Dalí —coguionista de la cinta junto con Buñuel— y de Max Ernst.

Jean-Paul Le Chanois, miembro del Groupe Octobre, patrocinado por Les Amis de Spartacus, tomó la iniciativa de darle cabida al cine soviético, prohibido entonces, y presentó El acorazado Potemkin (Bronenosets Potemkin, Unión Soviética, 1925), de Serguéi Eisenstein, cuya copia fue incautada por la policía en la primera función; fue hasta 1982 cuando este filme fue legalmente autorizado a tener corrida comercial en Francia. Tras los estropicios, Le Chanois, desafiante, se impuso otra carga pesada, un tártago, y exhibió La madre (Mat, Unión Soviética, 1926), de Vsévolod Pudovkin. De todos los títulos citados, la mayoría se ha proyectado en nuestro Cine Club Universitario.

La batalla final

Henri Langlois (1914-1977) provenía de una familia de militares y periodistas. Con la presión encima, a los 20 años aún no sabía por dónde jalar. En compañía de su amigo Georges Franju, más tarde crítico y cineasta, pasaba la jornada en los cine clubes, discutiendo lo que veía.

Ya entonces, hablaba de la fundación de una cinemateca en dónde poner a resguardo filmes de importancia histórica, poco o nada conocidos por la nueva generación de cinéfilos debido a su extracción silente. Se puso a buscarlos; algunos los encontró en estado calamitoso, otros eran cenizas y polvo, acumuló el resto. Creó una regla de oro: no sólo se debe rescatar del olvido a la filmografía consagrada, sino también a la despojada de este halo.

En 1935, Langlois y Franju crearon su propio cine club: El círculo del cine. Del mismo modo que una cuchara, que es la única que conoce el fondo de una taza, despojaron a su agrupación, por inútil, de la tarea de emprender un debate tras la proyección de una cinta. Enmendar es saber; esta decisión —la de prescindir del cinedebate— es la que hoy permea la actividad del Cine Club de la Universidad de Guanajuato y, entre otras, también la de la Cineteca Nacional.

Cada proyección giraba en torno a un tema específico y se informaba al público cuándo y cómo se había realizado el filme. Langlois cortaba los boletos y, a veces, conducía al espectador a su asiento. Para Henri Langlois, lo importante de un cine club no es el espectador o el cineasta, sino la calidad de la proyección, no siempre respetada por el cácaro —o proyeccionista— y, a veces, olímpicamente ignorada por el curador mismo. El cine club también debe ser laico.

Estas influencias del fundador de la Cinémathèque Française y otras similares son las que el Cine Club de la Universidad de Guanajuato ha heredado. Recala en unas y desatiende las demás, intentando siempre tocar una meta en que se deben tomar distancias. Sin embargo, la distancia que los cinéfilos no aceptamos es que se nos haya despojado de la sede cine clubista por antonomasia, el Teatro Principal de Guanajuato —actualmente, el Cine Club de la Universidad de Guanajuato proyecta películas en el Auditorio Euquerio Guerrero, ubicado en el antiguo Hospicio Jesuita. ¿Vivaldi y Wagner son más ambiciosos, relevantes e inteligentes que Jean Renoir, Carl Th. Dreyer, Michelangelo Antonioni, Luis Buñuel, Federico Fellini, Robert Bresson, Ken Russell, Béla Tarr y Michael Haneke? ¡Claro que no!

El cine, a decir de Susan Sontag, es francés. En México, con una sostenida propuesta desarrollada por la Dirección de Extensión Cultural de esta alma mater —ahora bajo la égida de Mauricio Vázquez—, el cine club es guanajuatense y, en su momento, superior en miras y realizaciones a su símil de la UNAM.

Por su nacimiento, desarrollo y permanencia, esta institución hoy reconoce a un santo patrono con vestiduras de seglar, don Eugenio Trueba Olivares. Asentemos: el maestro Trueba Olivares no sólo es un hombre de cine, es un hombre renacentista, sin exageraciones ni exégesis, que se ha plantado en medio de la vida para arrojar semillas de inquietud y, con ellas, formar y reunir feligreses de un evangelio: el de la cultura.

En esta fecha, nos toca remozar el fruto de una parte de su empeño, el cine club, en el que separamos el grano de la paja. Ese grano, esa mies, más pronto que tarde, ha de reunirse en una filmoteca.

Mi reconocimiento, maestro Trueba.

Nota bene: Discurso leído el lunes 7 de octubre de 2013, durante el acto conmemorativo del quincuagésimo quinto aniversario del Cine Club de la Universidad de Guanajuato —inaugurado el 4 de octubre de 1958, en el “Auditorium” (actual Auditorio General), con la proyección de la película El gran vals (The Great Waltz, Estados Unidos, 1938), de Julien Duvivier—, evento realizado en el Auditorio Euquerio Guerrero, de la Universidad de Guanajuato, en presencia del actual rector, doctor José Manuel Cabrera Sixto; del ex rector, el licenciado Eugenio Trueba Olivares, y de los ex coordinadores del Cine Club.

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