Sexto Festival de Cine Mexicano de Durango

Fieles a nuestro cine nacional

Por Christian Sida Valenzuela

Especializado en ofrecer hacer competir una muestra pequeña pero de gran calidad entre la abundante producción nacional, el Festival de Cine Mexicano de Durango, mantiene una competencia que mezcla largometrajes y cortometrajes de ficción y de documental, con un presupuesto reducido y una preocupación precisa por la distribución y la exhibición, los principales problemas que enfrenta la cinematografía del país.

Durango 2

El año pasado, el Instituto de Cultura del Estado de Durango (ICED), me invitó a unirme a su equipo para coordinar el Festival de Cine Mexicano de Durango que, en su momento, fue fundado por el cineasta duranguense, Juan Antonio de la Riva, cuando fue director de dicha institución. Este año, en lo que será mi segunda oportunidad de coordinar el festival, retorno a Durango con la idea cada vez más sólida de que éste festival atienda directamente al gran problema del cine nacional: su difusión y exhibición.

Adicionalmente al de Durango, soy el director del Vancouver Latin American Film Festival (VLAFF), que se realiza en el oeste canadiense y celebra este año su décimo segundo aniversario, y aunque es un festival relativamente pequeño, es una ventana que representa fielmente al cine latinoamericano en Canadá.

Un mar de festivales

Más de 5 mil festivales se celebran anualmente en todo el mundo, es decir, un promedio de casi cien por semana. Dicen que la ciudad canadiense de Toronto es la que tiene más festivales de cine en el planeta: de cine judío, gay, derechos humanos, chino, latino, medio ambiente, documental, además del enorme festival de Toronto y un largo etcétera.

Vivimos en un momento en que las nuevas tecnologías ayudan a diversificar la cultura y las artes, pero, a pesar de todo, en términos macro, las grandes cadenas y las películas que vienen de los estudios en Los Ángeles, dominan de forma casi omnipotente las pantallas del mundo. Así, los festivales funcionan como circuitos de cine independiente, siendo una válvula de escape de esas miles de películas que, de otra forma, no verían salida.

En el caso del VLAFF de Vancouver, que celebra al cine latinoamericano, tenemos una oportunidad inmensa, y es que a pesar de la distancia geográfica tan corta entre Canadá y

México o Centroamérica, el desconocimiento de la cultura Latinoamericana en Canadá es muy grande, de esta manera el festival llena un hueco, lo que siempre hemos tratado de hacer de manera digna y con esto me refiero a presentar lo mejor de esa cinematografía y no solamente representar una visión folclórica que pueda tenerse de Latinoamérica, para ya no alimentar la visión falsa, en ocasiones romántica, que se tiene de nuestra región en América del Norte. La debilidad de nuestro festival radica, paradójicamente, en su ubicación. Pese a que hay políticas claras y constitucionales en Vancouver referidas al multiculturalismo como un pilar de la sociedad canadiense, seguimos siendo vistos como un festival de una minoría o de un grupo inmigrante, y no como lo que somos, un festival de artes entregado al cine. En este sentido, mi caso personal es clarísimo: he vivido trece en Canadá, tengo la doble nacionalidad y nunca he sido invitado de jurado a ningún festival de cine canadiense, pero sí he sido jurado en Guadalajara, La Habana, Biarritz o Valladolid. En fin, gajes del migrante.

El reto del cine mexicano

Cuando Juan Antonio de la Riva comenzó el Festival de Durango, dejó, ya desde su propio nombre, el reto más grande, pero también su mayor fortaleza: de Cine Mexicano. Trabajar en la coordinación de este festival fue también un reto personal, pues fue fundado por quien es, seguramente, uno de los mayores conocedores y también amantes de nuestro cine. Pero la fórmula concreta estaba allí: nuestro cine nacional. A pesar de esa certeza, tuve que hallar una fórmula para que no fuera un festival más. Y es que si bien es cierto que este festival es el único −hasta donde sé− que se dedica exclusivamente al cine mexicano. Hoy en día, en el país, se producen un poco más de cien largometrajes al año, por lo que elegir solamente siete u ocho para una competencia −y el mismo número de cortometrajes−, requería una congruencia y así lo asumí, con la siguiente fórmula: primeros y segundos directores que compiten en una misma categoría, así se trate de cine de ficción o documental. He escuchado críticas por mezclar ambos géneros en una misma competencia, pero para esto tengo dos respuestas. La primera es personal: Para mí, las obras, todas, tienen un peso artístico e intelectual, sin importar el género, además de que hay una creciente tendencia de mezclar ambos géneros en una misma obra, por lo que el cine documental se apoya en herramientas del cine de ficción y viceversa. La otra respuesta, sería la logística y el apoyo al cine documental: cuando visité el festival de Durango en su tercera edición, el cine documental era relegado a salas pequeñas, en las que la audiencia consistía de un máximo de siete personas –lo que no es privativo de Durango, en muchos festivales los documentales son enviados a las salas periféricas. Si el cine documental mexicano está en un momento brillante −porque sí lo está−, malo sería relegarlo a donde pocos lo puedan ver. Entiendo también que lo óptimo es que existan dos competencias separadas para ficción y documental, pero será así sólo cuando la estructura y una gran audiencia nos lo permitan.

Futuro incierto pero prometedor

Mi experiencia como gestor cultural tiene una base de diez años trabajando de manera profesional en Canadá, país donde existe una muy sana diversificación de medios financieros para apoyar a los proyectos culturales. La ecuación es simple: el Estado no puede, bajo ninguna circunstancia, realizar y producir un festival, pero sí otorga, de manera pública y democrática, fondos que son puestos a concurso varias veces al año. El caso de Durango, como el de muchos otros festivales en México, es que al ser producidos en su totalidad por una instancia gubernamental, pueden desinflarse con la misma rapidez con la que fueron inflados. Es importante, al respecto, que recordemos el caso de Chihuahua. Hace no muchos años, en 2009, el gobierno de esa entidad creó un festival de cine con muy grandes bombo y platillo, el Festival Internacional de Cine de Chihuahua (FICCH), mismo que se derrumbó después de dos ediciones. Y es que los festivales nunca deberían de estar expuestos a caprichos gubernamentales. El caso de Durango, a pesar del sello gubernamental, conlleva una ventaja, ya que fue concebido de manera mediana y modesta, pero seria, y así ha continuado. Es decir, no tenemos que preocuparnos en conseguir presupuestos monstruosos año por año y, en este sentido, algo que pudiera parecer una debilidad −un presupuesto moderado−, pienso que es su fortaleza para continuar año tras año y que así no sea solamente un festival más de adorno de una administración gubernamental.

Hoy, casi cada estado en el país tiene hoy un festival de cine. Los festivales van y los festivales vienen, aparecen y desaparecen. El reto de Durango en su sexta edición –a realizarse del 4 al 8 de junio de 2014− es, mantenerse, como un festival que representa al excelente cine mexicano de una manera correspondiente. Sin apartarnos ni por un segundo del concepto clave del festival, mantenernos fieles a nuestro cine nacional.

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