La industria cultural cinematográfica a veinte años del TLCAN

Efectos negativos y desmemoria

Por Víctor Ugalde

Las promesas de una gran bonanza económica con incremento de empleos y exportaciones, de una generación de políticos neoliberales en México, con la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte, no se cumplieron. Especialmente en materia cultural y, sobre todo, cinematográfica, que no fueron protegidas ni consideradas parte de la excepción cultural –como sí lo hizo Canadá–, con el resultado que la producción fílmica de Estados Unidos domina las salas mexicanas, las cuartas del mundo en materia de consumo de boletos. ¿Cuál es la balanza del libre comercio a dos décadas de distancia?

Sólo con tu pareja

Hace más de 20 años, el grupo compacto de neoliberales encabezados por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, decidió integrar México a los Estados Unidos mediante la firma de un acuerdo comercial. En ese momento, se prometió que gracias a la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), se incrementarían las importaciones y las exportaciones, se aumentaría el empleo y las percepciones de los trabajadores, se elevaría nuestro poder adquisitivo y un largo etcétera. Para que esto se hiciera realidad, el partido gobernante –el Partido Revolucionario Institucional (PRI)– reformo a su antojo un gran número de leyes y decretos, al tiempo que desaparecía o privatizaba las empresas de la nación. En su oportunidad, los cercanos a los gobernantes se adjudicaron gran parte del ahorro de la nación.

En  materia de cultura, mientras Canadá –tercer signante del acuerdo– decidía hacer uso de la excepción cultural para proteger tanto la creación como a sus creadores, los tecnócratas mexicanos decidieron incluirla como un producto más, ya que “nos respaldaba la fortaleza de más de 30 siglos de nuestra cultura.”, tal y como afirmó Jaime Serra Puche, entonces Secretario de Comercio, quien participó en las discusiones varias que se llevaron a cabo, en las cuales no hubo participación alguna de los sucesivos presidentes del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Víctor Flores Olea –su primer titular, entre 1988 y 1992– y Rafael Tovar –su sustituto, quien llegó al cargo en 1992.

En su momento, las organizaciones existentes de artistas y de integrantes del medio cultural, manifestaron sus quejas y objeciones tibiamente. Era época de la presidencia imperial y siempre permanecía latente la represión disfrazada.

Para incorporar las industrias culturales, al libre comercio, especialmente la producción cinematográfica primero se reformó y derogó, en 1992, la Ley de Cinematografía, de la que se eliminaron las obligaciones del Estado de apoyar a la cultura fílmica, ley que había permanecido vigente durante más de 40 años y que había impulsado la producción de más de tres mil películas y propiciado la creación de una infraestructura fílmica que ponía al alcance de las mayorías nuestra propuesta estética y el pensamiento del mundo. Con la nueva ley todo se dejaba a merced de las fuerzas del mercado.

Las consecuencias inmediatas fueron una gran transformación de efectos negativos para nuestro país. De entrada, los precios de entrada subieron muy por encima de la inflación, cerraron las grandes salas en muchas ciudades y se abrieron otras nuevas, pequeñas y muy concentradas sólo en algunas capitales. La producción de largometrajes casi desapareció y el desempleo cundió en todos los sectores.

Gracias a la inmediata movilización de la comunidad cinematográfica se inició una titánica campaña de recuperación de nuestra expresión fílmica, gracias a la cual se logró, en 1998, la reforma a la Ley de Cinematografía, entre otras cosas gracias a que, por fin, se alcanzó la pluralidad democrática y una representatividad de partidos políticos en la Cámara de Diputados. Los diputados María Rojo, del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Javier Corral, del Partido Acción Nacional (PAN), entre muchos otros diputados y senadores de la oposición, encabezaron las demandas de la comunidad fílmica.

En esta reforma se le regresó al gobierno y al Estado la obligación de impulsar la expresión y consumo de nuestro cine. Gracias a esto, poco a poco se logró recuperar algo de lo perdido, pero el daño ya estaba hecho y era muy grave, al grado que sus consecuencias se siguen teniendo hoy en día.

Dos décadas después

A 20 años de distancia, la situación de nuestro cine puede resumirse como sigue: anualmente se consumen 256.4 millones de boletos en las 5 mil 535 pantallas que hay instaladas en la República Mexicana, mismos que generan 11 mil 860 millones de pesos de ganancias en taquilla, más otro tanto de ingresos por concepto de publicidad y venta de golosinas. Este año pasado, el 2013, el cine mexicano obtuvo un repunte extraordinario entre los espectadores, gracias a los 99 títulos nacionales estrenados de un total de 374 filmes (26.47% de la cartelera). Además de que el consumo de cine mexicano supero los mil 228 millones de pesos, gracias a los 29. 1millones de boletos vendidos para nuestra cinematografía.

También se destaca con orgullo que somos el cuarto país en consumo de boletos en el mundo, pero no se dice que solo un 11.3% de esos espectadores vieron alguna producción mexicana y eso que estamos destacando que se trató de un año extraordinario

En materia cinematográfica, durante el 2013 se produjeron más de 90 películas, de las cuales 52 recibieron algún tipo de apoyo gubernamental. Para cualquier persona ajena al medio, estos resultados pueden parecer muy benéficos, sin embargo no debemos olvidar que, en materia de cine, aparte de los resultados económicos siempre hay que pensar en las ideas que transmiten los contenidos. Y es justo en esta materia  donde el país más ha perdido.

En estos veinte años México redujo su producción fílmica a un promedio de solamente 42 filmes al año, es decir que perdió más del 50% de lo que se producía en la década de los ochenta. Las escasas cintas nacionales frecuentemente no encuentran salas donde puedan exhibirse en las pocas ciudades que aún cuentan con salas de cine, por lo que se ha perdido gran parte de la comunicación con sus propios connacionales, es decir, con su público natural.

También fue en este periodo en el que se ha educado a las nuevas generaciones de mexicanos casi exclusivamente con productos audiovisuales estadounidenses, quedando fuera de su acceso el imaginario del mundo y el de su propio país.

Aparte de las consecuencias en el imaginario y formación de la nación, esto también ha tenido pésimas repercusiones en materia económica. La balanza de pagos está completamente desnivelada y año tras año resulta altamente deficitaria para nuestro país y beneficiosa para los Estados Unidos. A este país se le han dejado de cobrar, en México, miles y millones de pesos por obligaciones tributarias. Hoy, las grandes transnacionales únicamente dejan en el país el 10% por concepto del pago del Impuesto Sobre la Renta (ISR), debido al acuerdo que existe para evitar la doble tributación y eso sin tomar en cuenta que sus ingresos se incrementaron desmedidamente al pasar de obtener entre el 35 y el 40% de nuestro mercado en la década de los ochenta, a más del 92% como ocurre actualmente.

Los efectos de un acuerdo comercial como éste no se vieron de inmediato, ocurrió gradualmente, fue paso a paso, existieron algunos avances y grandes retrocesos. No se pueden olvidar sus efectos a los cinco, 10 y 15 años.

Desmemoria y mentiras

A 20 años, la desmemoria del ser humano resulta sorprendente, así es que, aprovechándose de esto, los negociadores  –en realidad los grandes beneficiarios– del TLCAN, han emprendido una campaña mediática sobre los éxitos del acuerdo comercial trinacional, pese a que la realidad se empeña en desmentirlos.

Valgan como ejemplo las palabras del propio Jaime Serra Puche, que reconstruye algunos de los escasos momentos en que su persona y el equipo de negociadores se ocuparon del campo cultural. Fueron tan sólo unos encuentros con intelectuales y artistas. “Todo lo que incorpora bienes, servicios y productos culturales fue intocable. Me pareció muy sensata la argumentación de Michael Wilson. A partir de tal decisión, nosotros pensamos que para México no había ni un pro ni un contra muy grande en ese sentido, porque es de los tres países el que tiene la mayor tradición cultural, la más antigua, la más profunda. Entonces no acabo de entender cómo es que el proceso de apertura, se dice, afectó a la identidad nacional. No fue así.”, insiste.

¿Qué tipo de ciudadanos formamos a partir del TLCAN? ¿Qué tanto de este desastre fue producto de una mala negociación? ¿Qué tanto influyeron las nuevas tecnologías? ¿Qué tanto las prácticas contrarias al libre mercado impidieron una relación más equilibrada? ¿Cómo se preparó y se desmantelo la industria fílmica mexicana para entregarla a las grandes distribuidoras –majors– estadounidenses? ¿Quién gano con el cambio del modelo popular de consumo cinematográfico al de la exclusión en el que sólo tienen acceso la clase media y alta?

comoaguaparachocolate_fotograma-866x1024

Este artículo forma parte de los contenidos del número 33 de la revista cine TOMAde enero-febrero de 2014. Consulta AQUÍ dónde conseguirla.

TLCAN Vertical C_Banda

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: