XXIX FICG: Un termómetro de la producción iberoamericana

Un cine de excepciones y contradicciones

Por Gerardo Salcedo Romero

Al arribar a su vigésimo novena edición, el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, a realizarse en la capital de Jalisco del 21 al 30 de marzo, no hace sino confirmar la temperatura, la expansión y los límites de la producción cinematográfica en la región Iberoamericana, así como el estado que guarda el cine mexicano –aunque ya no haya secciones específicas sino premios a sus filmes. Lo que resalta, indudablemente, es la gran diversidad que impide marcar tendencias uniformes.

Gabrielle 1

Gabrielle, de Louise Archambault, producción quebequense 
seleccionada como película inaugural del XXIX FICG.

En días recientes hemos hecho un recuento sobre los diferentes momentos que ha atravesado el cine mexicano, a partir del surgimiento de lo que en 1986 se llamó la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara. Lo primero que se observa es el contraste entre el arranque de la Muestra que ocurrió con una producción de 12 largometrajes –todos de ficción– y un presente con más de un centenar de largometrajes, entre los que podemos encontrar todas las posibilidades del quehacer cinematográfico, en lo que actualmente es ya el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (ficg).

A pesar de la abundante producción actual, que permite nutrir al creciente número de festivales mexicanos –82 al año, según el Anuario Estadístico de Cine Mexicano 2012, realizado por Imcine–, nuestro cine presenta un conjunto de encrucijadas que, al parecer, no tienen solución. La encrucijada central ocurre entre la producción y la exhibición, determinante en el sentido de que muchas preguntas no tienen respuestas satisfactorias para la comunidad fílmica, entendiendo a la comunidad como un todo que inicia con el cineasta y termina con la persona que toma la decisión de ver una película nacional. Si la pregunta es ¿para qué hacer tantas películas? La primer certidumbre es que el camino de la exhibición tradicional implica, en el 95% de los casos, ir al matadero. Si repetimos la pregunta, ¿para qué hacer tantas películas?, y la contestamos en función de la calidad y riqueza de sus contenidos y propuestas, la respuesta puede convocar al desaliento, que se rompe con un puñado de títulos que, en su momento, se vuelven significativos, pero en términos generales cada año tenemos resultados desiguales. La misma pregunta implica que no hay sólo una respuesta, pero la tentación por el diagnóstico pesimista es una constante. Puede matizar esta perspectiva el hecho de que, entre 1986 y 2014, a casi tres décadas de distancia, los escenarios son diferentes. Los síntomas son contradictorios, pero al final del día el cine mexicano presenta signos vitales.

Producción creciente

Estas mismas contradicciones se presentan en las cinematografías que el ficg asume como protagonistas. En 1986, en Centroamérica no se producían películas y, en el caso sudamericano, Argentina iniciaba la búsqueda por retratar la sangrienta experiencia de su pasado reciente, con títulos como La historia oficial (Argentina, 1985, de Luis Puenzo); en el ámbito chileno estaba por surgir una nueva generación de cineastas que no habían vivido el exilio. En esos años, ese cine se significó por la necesidad de recuperar la voz y también surgieron otras voces, ahora jóvenes y con el deseo de contar otras historias: no las del exilio, sino las de quienes se han quedado atrapados en un conflicto que es la circunstancia originaria. En países como Uruguay, Bolivia, Ecuador y Paraguay, la producción fílmica era casi inexistente.

Estas casi, tres décadas se han significado por sus constantes mutaciones, por el movimiento que se genera cada año y que al día de hoy muestra un proceso en el que, estamos seguros, los elementos más destacados son, según los contextos nacionales, el crecimiento o la consolidación y, en su caso, el nacimiento de los procesos audiovisuales de la región.

Frente a la edición vigésimo octava ficg, realizada en 2013, en la próxima vigésimo novena, a realizarse del 21 al 30 de marzo, tuvimos un ligero incremento en el número inscripciones: 166 registros más. Seguimos siendo muy atractivos para los cortometrajistas, quienes sometieron casi el 60% de los trabajos evaluados; en el terreno de los documentales tuvimos un ligero incremento, pero fue en la ficción donde se presentó un leve descenso. Durante la preparación del xxix ficg vivimos el muy complicado fenómeno de que muchas producciones se acercaron a nosotros una vez que el Festival Internacional de Cine de Berlín –la Berlinale–, dio a conocer su selección, por lo que en realidad terminamos con números al alza en cada una de nuestras secciones competitivas. Un número importante de películas fueron revisadas entre la última semana de enero y primera de febrero.

En el caso de las cinematografías más fuertes de la región no hay variantes:

País Cantidad de inscripciones
México 370
España 306
Argentina 153
Brasil 139

Entre estos cuatro países se produjeron más del 70% de los materiales propuestos. Chile, Colombia y Venezuela suman 171 películas, más del 10%. Costa Rica, Cuba, Ecuador, Perú y Portugal registran 86 trabajos. Con menos de 10 filmes inscritos, por nación, están Bolivia, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Puerto Rico, República Dominicana y Uruguay.

Esta demografía permite entender los resultados de nuestra selección: 23 largometrajes –tanto de ficción como de documental– provienen de México, España, Argentina y Brasil. Con dos largometrajes se incluyó a Chile, Venezuela, Colombia y a la sorpresa de esta edición, Costa Rica. Con un largometraje seleccionado quedaron Cuba, Ecuador, República Dominicana y Uruguay.

En la medida que el cortometraje no tiene una infraestructura industrial, sus procesos no son predecibles. Por primera vez, tenemos la menor representación española. ¿Resultado de los salvajes recortes que provocó la crisis económica en la península? Esta ausencia provocó una abundante selección mexicana –casi el 50%.  Una tercera parte de los cortometrajes fueron dirigidos por mujeres, ese porcentaje de participación se reduce cuando se le compara con los largometrajes en los que su participación se reduce a una séptima parte: tres largos de ficción y tres documentales. Un punto aparte lo encontramos en el cortometraje de animación mexicano, del que hemos seleccionado diez trabajos, uno de ellos en 3D. Por el momento, nuestro record histórico.

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Sopro, de Marcos Pimentel documental brasileño.

La fragilidad desde la ficción

Todo festival es un encuentro de generaciones. Si tomamos como base a los cineastas seleccionados en la Competencia Iberoamericana de Ficción y Documental, tenemos un recorrido de cuatro décadas. Dos de ellos nacieron en los años 40 –curiosamente ambos presentan documentales–; de ahí encontramos a ocho cineastas cuya infancia ocurre en los años 60, y la mayoría proviene de los años 70, mientras que seis provienen de los 80.

Como en la edición pasada una buena parte de las películas de ficción plantean el choque generacional y sus relatos tienden a retratar una atmósfera represiva y asfixiante. La más clara de ellas es Vivir es fácil con los ojos cerrados (España, 2013, de David Trueba), filmada en el contexto de la dictadura franquista y donde la música de Los Beatles tiene un mucho del sentido de liberación que marcó a la década de los 60. La colombiana Tierra en la lengua (Colombia, 2014, de Rubén Mendoza), retrata los últimos días de un peculiar cacique, cuya decadencia física involucra a dos renuentes nietos, quienes resienten una larga cadena de agravios. En Los bañistas (México, 2014, de Max Zunino), un adolescente y un adulto se enfrentan ante el derrumbe económico que vive la ciudad.

Los resultados de la violencia, del fin de toda posibilidad de entendimiento, los encontramos en la brasileña Lobo detrás de la puerta (O lobo atrás da porta, Brasil, 2013, de Fernando Coimbra), donde una desgastada pareja se enfrenta ante la desaparición de la hija de ambos, y en la chilena Matar a un hombre (Chile-Francia, 2014, de Alejandro Fernández), donde se describe un pequeño y anónimo homicidio barrial y las consecuencias morales que provoca en el asesino.

El desamor y la soledad son el centro del relato en la brasileña El hombre de las multitudes (O Homem das Multidões, Brasil, 2014, de Marcelo Gomes y Cao Guimaraes). En la argentina El cerrajero (Argentina, 2014, de Natalia Smirnoff), su personaje no logra sentir un compromiso ante la mujer con la que tiene una especie de vida cotidiana. En la española La herida (España, 2013, de Fernando Franco) se describen los días de una joven paramédica, quien sufre con rabia su incapacidad para retener al ser amado. Relatos intimistas que describen una de las más feroces situaciones de la sociedad de masas: la dificultad para hacer contacto, para confiar. Escenas de la fragilidad individual.

El cuarto bloque describe la situación del niño y del adolescente. En la costarricense Princesas rojas (Costa Rica, 2013, de Laura Astorga) es la militancia en la revolución sandinista de los padres, lo que obliga a una de las niñas a enfrentar a su núcleo familiar; en la cubana Conducta (Cuba, 2014, de Ernesto Daranas), un niño debe de enfrentar la grave situación que se vive durante el Periodo Especial. En la argentina Ciencias naturales (Argentina-Francia, 2014, de Matías Lucchesi), es la búsqueda del padre ausente la motivación de una niña/adolescente para iniciar un viaje físico que, por supuesto, implica el recorrido interno; la costarricense Puerto Padre (Costa Rica-México, 2013, de Gustavo Fallas), explora el universo de la ausencia paterna. En la venezolana Pelo Malo (Mariana Rendón) y la brasileña Hoje eu quero voltar sozinho (Brasil, 2014, de Daniel Ribeiro), los adolescentes empiezan a percibir su otredad y descubren que necesitan tomar riesgos ante un ambiente protector. En todas las películas hay una clara vocación por la independencia, algunas reflejan un extremo desamparo.

Dos de los largometrajes mexicanos están ubicados en Oaxaca –más el cortometraje La carta, de Ángeles Cruz–, lo que permite reflexionar sobre el peso de las tradiciones indígenas y de los efectos de la migración. En La tiricia (México, 2014, de Jorge Pérez Solano), el regreso del marido obliga al matrimonio a percibir que la distancia física y afectiva no se acaba con la simple presencia. Con una puesta en escena ágil, Damian John Harper disecciona en Los Ángeles (México-Alemania, 2014), los cambios que provoca en una comunidad zapoteca el regreso de los deportados y la forma en la cual las pandillas binacionales se van constituyendo en una alternativa ante la falta de oportunidades y trabajo.

Tierra en la lengua

Tierra en la lengua, cinta colombiana de Rubén Mendoza.

La diversidad del documental

El universo de los documentales también es diverso. Me llaman la atención los de gran producción como A ras del cielo (España-México-Portugal, 2013, de Horacio Alcalá), una espectacular visión del mundo del circo y Tango de una noche de verano (Mittsommernachtstango, Argentina-Alemania-Finlandia, 2013, de Viviane Blumenschein), donde se documenta la popularidad del tango en la fría y remota Finlandia. La experiencia del documentalista iberoamericano en un mundo donde las fronteras se han reducido.

El papel de la justicia y la experiencia en los reclusorios penales en nuestras sociedades son una de las caras más lúgubres del poder y del Estado. En Los años de Fierrro (2013, Canadá-Estados Unidos-México, Santiago Esteinou) y Gorgona. Historias fugadas (Colombia, 2013, de Camilo Botero), tenemos el testimonio de un mexicano condenado a muerte y de los restos de un abandonado presidio colombiano y la historia de quienes lo padecieron.

El mundo rural, en tanto posibilidad de dar un testimonio sobre una comunidad en vías de extinción o la visión sobre los ciclos de la naturaleza son ejes temáticos presentes en el documental. En Sopro (Brasil, 2013, de Marcos Pimentel) ocurre un lírico retrato en torno a la vida y la muerte. En El silencio de las moscas (Venezuela, 2013, de Eliezer Arias) se investiga el impacto del suicidio en las remotas comunidades ubicadas en los Andes venezolanos. En Eco de la montaña (México, 2014, de Nicolas Echevarría) su protagonista, Santos de la Torre, un notable artista wixárika, emprende el recorrido ritual de su comunidad.

La necesidad de contar las historias de individuos singulares los encontramos en Ignasi M. (España, 2013, de Ventura Pons), donde un desenfadado homosexual enfermo de sida narra su experiencia con una peculiar ansia de vida. En Como Dios nos trajo (Argentina-Venezuela, 2013, de Maury Marcano) se describe el erotismo según los table dance. Blanco (República Dominicana, 2014, de Melvin Durán), es el testimonio sobre la suerte de los albinos en la República Dominicana.

En un relato más convencional, encontramos Maravilla: un luchador adentro y fuera del ring (Argentina, 2013, de Juan Pablo Cadaveira), cuyo título ubica perfectamente al contenido. Una esvástica sobre el Bidasoa (España, 2013, de Alfonso Andrés y Javier Barajas), es una impresionante reconstrucción, con imágenes de archivos históricos, sobre las vacaciones que tomaban los soldados del ejército nazi en la región vasca. En La última estación (Chile, 2012, de Catalina Vergara y Cristian Soto), reaparece el tema de los ancianos y las dificultades que entrañan su tránsito a los asilos geriátricos.

Hasta el fin de los días (México, 2011, de Mauricio Bidault) es un contenido trabajo que muestra los distintos oficios que ocurren en el Instituto Jalisciense de Ciencias Penales; curiosamente la violencia que desató la guerra contra el narco tiene un registro poderoso en una secuencia reveladora del grado de crueldad que estamos viviendo. La danza del hipocampo (México, 2014, de Gabriela D. Ruvalcaba), es una de las propuestas más diferentes en el terreno de lo que entendemos como documental: a partir de imágenes de cine caseras, la realizadora recrea, construye, un testimonio sobre la memoria.

la-danza-del-hipocampo

Imagen del documental mexicano La danza 
del hipocampo,de Gabriela D. Ruvalcaba.

Espectro amplio

Finalmente, las producciones mexicanas seleccionadas que aspiran al Premio Mezcal, provienen de diferentes secciones del FICG, como el Premio Maguey, las Galas, las Perlas tapatías… etcétera. Son cuatro documentales y ocho películas de ficción.

No es un secreto que la Muestra de Cine Mexicano no apostó, desde sus inicios, al cine de autor exclusivamente, ni al que hoy se denomina como personal. Desde su origen se entendió que el cine mexicano tiene un espectro amplio –­incluso cuando se producían sólo 12 películas al año– y que su riqueza está en lo diverso; entendemos que hay diferentes caminos y, sobre todo, muchas formas de enfrentar a la praxis fílmica. La selección de películas que compiten sólo por el Premio Mezcal es un ejemplo de esta concepción.

Los documentales son: Alaide Foppa, la sin ventura (México, 2014, de Maricarmen de Lara); Entre lo sagrado y lo profano (México, 2014, de Pablo Márquez); La fabulosa y patética historia de un montaje llamado I love Romeo y Julieta (México, 2014, de Manolo Caro y Rodrigo Mendoza) y Remedios Varo. Misterio y Revelación (México, 2014, de Toufic Makhlouf). No hay un hilo que una a cada uno de los documentales; Maricarmen de Lara reconstruye la vida de la escritora nacida en Guatemala y su evolución de, digamos, dama de sociedad a activista. Manolo Caro y Rodrigo Mendoza invaden con su cámara el proceso de construcción de un musical mexicano provocador (algo así como Shakespeare meets Juan Gabriel), si bien es imposible entender todas las intrigas, consiguen crear un apasionado testimonio de las dificultades que implica hacer teatro… en la Ciudad de México. De Guadalajara se presenta el trabajo de Pablo Márquez, una visión dura al tema de las dicotomías que la ciudad enfrenta en los terrenos de la fe y la moral. La pasión por el arte y los artistas que manifiesta la obra de Toufic, se detiene ahora en la extraordinaria Remedios Varo.

En las películas de ficción se encuentran varios elementos comunes con los títulos seleccionados en la Competencia Iberoamericana: tenemos el relato de los menores de edad enfrentados al mundo de los adultos de Seguir viviendo (México, 2014, de Alejandra Sánchez) y Viento aparte (México, 2014, de Alejandro Gerber). Curiosamente, ambas son road movies y comparten esta característica con En el último trago (México, 2013, de Jack Zagha), aquí estamos ante el viaje que emprende un entrañable grupo de ancianos para cumplir con la última voluntad de un admirador de José Alfredo Jiménez.

La fórmula del Dr. Funes (México, 2014), es un giro en la carrera de José Buil, quien adapta el relato infantil de Francisco Hinojosa –autor del clásico La peor señora del mundo. Familia Gang (México, 2014), es el regreso de Armando Casas a la dirección cinematográfica. Sergio Tovar Velarde entrega un relato sobre la experiencia homosexual en Cuatro lunas (México, 2013). Catalina Aguilar Mastretta, con el apoyo en la producción de Roberto Sneider, ofrece Las horas contigo (México, 2014), una historia que, supongo, tiene varios elementos autobiográficos; describe la lucha que la nieta debe de dar ante la irreversible enfermedad que sufre su abuela. Con buenos apuntes sobre lo que implica ser ateo mexicano en ese trance, la cineasta ofrece una visión honesta, con una espléndida Isela Vega.

Supongo que la película más polémica del Festival será Cantinflas (México, 2014, de Sebastián del Amo), así que sólo vale la pena reiterar el tema de que es el español Oscar Jaenada quien interpreta al popular cómico mexicano en este acercamiento biográfico a su figura.

A 29 años de su primera edición, en nuestra selección tenemos más películas mexicanas que las que se produjeron en el ya lejano 1986. Cumplimos nueve años de apostar al cine iberoamericano, un cine de excepciones y contradicciones, protagonizado por cineastas tercos, luminosos, oscuros, comprometidos y apasionados. No nos podemos definir como un festival de vanguardia, pero quiero pensar que tampoco hemos escogido el camino más sencillo.

Este artículo forma parte de los contenidos del número 33 de la revista cine TOMAde enero-febrero de 2014. Consulta AQUÍ dónde conseguirla.

FICG29-RevistaTOMA

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Una respuesta to “XXIX FICG: Un termómetro de la producción iberoamericana”

  1. barbarabg93 Says:

    Reblogueó esto en barbarabg93.

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