Jorge Ayala Blanco, profesor decano del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos

El CUEC realmente viene de la nada

Por Sergio Raúl López

Al festejo por los cincuenta años que el maestro Jorge Ayala Blanco celebra ejerciendo la crítica cinematográfica con su personalísimo estilo feroz y puntilloso, ha de añadir el gozo por otro cincuentenario que le resulta particularmente cercano, el del CUEC de la UNAM, pues no sólo es el decano de los profesores de dicha escuela —donde ha dado clases durante 49 años— sino que será uno de los que atestiguarán los múltiples cambios que enfrentará la institución. Para unir ambos festejos, recurrimos a su memoria para construir el siguiente anecdotario cuequero.

12 JAyalaBlanco&JoseRovirosaConferencia

Me propusieron ser maestro

Mi llegada se debió, realmente, a una coincidencia muy extraña. Ya escribía crítica de cine desde principios de 1963, y a mediados del año 1964 quise acercarme a ese lugar que recién acababa de inaugurarse el año anterior, donde se estudiaba cine a nivel universitario, lo que me pareció interesantísimo. Fui con un amigo y, para mi sorpresa, creyeron que iba a pedir trabajo y me propusieron dentro de un consejo técnico y como maestro. Lo acepté perfectamente, tomé el reto y empecé a dar una clase muy rara que se llamaba Corrientes estéticas del cine y pues de ahí ya me seguí. Nunca he dado clase de cine mexicano y tardé como tres años en dar clase de historia del cine, que era más como de apreciación, que todavía nadie se atrevería a llamarla de análisis cinematográfico o de estética del cine. Era una combinación entre llenar lagunas históricas, plantear algunos problemas teóricos de aquella época y clase de cinefilia.

De conferencistas a profesores

En esa época aún no éramos maestros. No fue sino hasta la época del rector Pablo González Casanova —1970-1972—, que las clases en el CUEC se regularizaron y entonces ya fuimos profesores de carrera, dictaminados por una comisión rectoral, ya teníamos el estatus. Antes, desde 1964 y hasta 1971, cobré como conferencista. Entonces, esos siete años fueron los de mi formación como maestro, pero como no cuentan dentro de la antigüedad universitaria también fue tiempo tirado por la borda. Es decir, de cara a la Universidad Nacional, se cuenta mi antigüedad en el CUEC a partir de 1971, porque el resto fue como simple conferencista. Claro que, de cara al CUEC, ya me tocaron esas siete generaciones anteriores, e incluso tuve que dar clase a algunas anteriores porque uno de los maestros, José de la Colina, pidió un permiso y me cedió sus clases. Yo empecé a partir de la tercera generación del cuec, que es la de Alberto Bojórquez, Martha Acevedo, Jaime Humberto Hermosillo, Josefina Morales, en fin, una serie de gente que después ya no hizo demasiado cine.

Cineastas y no cinéfilos

Era un CUEC muy bohemio, muy poco productivo desde el punto de vista cinematográfico porque tardó en producir películas. Aunque la primera que se hace ahí es Pulquería “La rosita” (1964), de Esther Morales Gálvez, con Jorge Fons de asistente. Para mí fue realmente una revelación ver que se podía hacer cine en el CUEC. Pero no fue sino hasta 1971 cuando empezaron a hacerse ejercicios cinematográficos gracias a la llegada de los rusos, que eran, sobre todo, Gonzalo Martínez y después su asistente, Sergio Olhovich, cuando ya empezó a regularizarse la situación y los alumnos hacían ejercicios fílmicos desde que empezaban. También contribuyeron los avances tecnológicos, pues llegaron formatos como el Super8, que permite una mayor ductibilidad y es mucho más barato que trabajar todo en 16mm., y los micrófonos de solapa, los lavalier. Yo diría que no es sino hasta que empiezan a hacerse películas como parte de la currícula de estudio de los alumnos, cuando el CUEC agarra realmente fuerza como escuela para cineastas, no para cinéfilos.

Tradición anticultural

Siempre afirmo que el CUEC es el modelo de todas las escuelas de cine que hay en México, pues mientras que en el mundo existen muchos más modelos en los que se estudia investigación, teoría, crítica, análisis, cuestiones de economía, publicidad, todo tipo de disciplinas, en el CUEC están vetadas pues se tiene un verdadero desprecio por todo aquello que es el verdadero conocimiento cinematográfico. Como si lo único válido fuera el conocimiento aplicado. Hay toda una tradición antiteórica, anticultural en las escuelas de cine mexicanas, a partir del CUEC —porque lo que importa es hacer cine—, que todavía se respira en el medio cinematográfico. Esta idea de que entre menos sepa el creador cinematográfico, mejor… Hubo maestros que casi les prohibía a los alumnos ir al cine porque les iba a dar muy malas ideas. Por eso tenemos escuelas de cine que lo primero que excluyen es el conocimiento cinematográfico y para las que sólo existe la aplicación de determinados principios.

Las lecciones de cine

Manuel González Casanova concibió una especie de transición entre el cine-debate y los cineclubes universitarios y una cosa que llamó las Cincuenta lecciones de cine, mediante las que probó a todos los técnicos y estrellas de la industria cinematográfica para ver si eran capaces o no de dar clase de cine. Y se encuentra con algo terrible: que hay gente que domina su oficio pero que es incapaz de sistematizar su conocimiento, porque todo lo aprendió sobre la marcha. No podías sentar a dar clase a Roberto Gavaldón o a Gabriel Figueroa, era imposible. Sentabas a José Revueltas y lo único que hacía era rollar a la gente con sus preocupaciones como el proletariado sin cabeza y le valía madres el cine, eran lecciones ideológicas. Gabriel Figueroa es un caso porque sí llegó a dar clase, pero lo enseñaba todo menos lo que él llamaba sus secretos, que era lo realmente importante, para decirlo rápido, su colección de filtros, y no entraba al meollo que era su estilo cinematográfico.

Un modelo único

Un despegue muy importante fue el Movimiento Estudiantil de 1968. Por un lado, hubo un cambio porque la mayoría de los profesores del CUEC eran extranjeros y apenas vieron que venía la cosa en serio dejaron la escuela, porque los podían correr del país. Y por otra parte la toma del CUEC por los alumnos para filmar el movimiento estudiantil. Ese es un parteaguas muy importante, para mí hay un CUEC antes de 1968 y otro después, cuando los estudiantes ya llegan a hacer cine y esto se refuerza con la llegada de los rusos, que le dan otra dimensión al CUEC.

Ya después viene toda la época deliciosa de la Asamblea General en la que son los alumnos los que mandan y el director de la escuela se convierte en el representante del rector ante el CUEC y tiene que aceptar todo lo que digan los alumnos, lo que es la cosa más folclórica de la tierra, de un pintoresquismo total, porque es la caricatura de una caricatura de un autogobierno, gracias al grupo Octubre, encabezado por José Woldenberg, que se enfrenta no sólo con Manuel González Casanova, sino con su testaferro, que era el Secretario Académico, Alfredo Joskowicz, que tenían que hacer planes de actualización y seguimientos cada mes, porque en cada reunión había que corregirlo todo.

Tras esa época, digamos heroica, del CUEC, poco a poco va convirtiéndose en una escuela. No lo que se conoce al principio, que era una especie de club de cinéfilos bohemios, como en 1963 cuando Walter Reuter les enseñaba su cámara pero no les permitía tocarla porque era muy valiosa. Imagínate una escuela de cine donde no puedes tocar la cámara del maestro. Claro, después ya empieza a haber cámaras y todo va creciendo, porque el CUEC realmente viene de la nada y eso es lo interesante: cómo pudo estructurarse, poco a poco, una escuela de cine, al grado de que se convierte en el modelo de las quince o veinte escuelas de cine que existen en México, porque todas son cuec de segunda, de tercera o de quinta. Incluso las clases de cinematografía online son también imitaciones del CUEC, repiten los mismos lugares comunes que se manejan en el CUEC desde hace cuarenta años. La clonación del CUEC es, para mí, un misterio. Creo que fue el modelo a superar, no se buscó crear otro modelo, sino superar ése.

La casa de Adolfo Prieto

El CUEC comenzó a funcionar en salones prestados por la Facultad de Filosofía y Letras, cuando terminaban las clases: era una escuela nocturna. Luego se vuelve vespertina, cuando se pasa a la casa de avenida Insurgentes, que es donde se vive el Movimiento Estudiantil de 1968 y, más tarde, se va a la casa de California, en la glorieta de la Ciudad de los Deportes, donde transcurren unos ocho años, quizá un poco más. Después, en 1974, se busca una casa más amplia porque el hermano del rector, Pablo González Casanova, es el director del CUEC. Entonces se busca, desesperadamente, un recinto universitario, pero no existe y no se puede construir, pero sí se puede comprar. Le llamé a Manuel González Casanova y le dije que había una opción muy interesante enfrente de mi departamento, una casa gigantesca que tenía como dos años y medio con el letrero “Se vende”. Fuimos a verla y le encantó. Sólo había que hacer era algunas modificaciones. Había un gigantesco frontón profesional y los baños de los frontonistas, lo que era un edificio en sí mismo. Los baños se convirtieron, por obra y gracia de los arquitectos universitarios, en las salas de edición con moviolas. Se hicieron añadidos a la estructura para que fuera más grande. Cinco o seis años después se empezó a añadir lo que ahora es la biblioteca, las oficinas de publicaciones, y uno de los grandes salones se adaptó como foro. O sea, estuvimos 38 años —lo puedo decir casi en pasado porque nos vamos a mudar—, en una casa improvisada y que, sin embargo se convirtió en una escuela de cine por obra y gracia del escudo universitario. Lo que actualmente es el foro era el frontón, así como el edificio administrativo que está al fondo.

Mudanza y crecimiento

Por principio, me parece que la mudanza al nuevo edificio y el convertirse en Escuela Nacional de Cinematografía con estudios de licenciatura es el más grande apoyo que se ha recibido en la historia del CUEC. Por citar un par de ejemplos, cuando el doctor Guillermo Soberón llegó de visita con sus ayudantes a la torre de preparatorias en Adolfo Prieto, se enteró que enfrente estaba una instalación universitaria, el CUEC, y al entrar preguntó: “¿A poco el cine se estudia?”. Para mí es el ejemplo perfecto: el rector no tenía ni la menor idea de que existía ese recinto y que el cine se estudiaba. O el apoyo que el rector Juan Ramón de la Fuente quiso darle, mandándonos con todos los equipos y toda la maravilla que pudiéramos pedir, pero a Morelia, porque su idea era descentralizar la universidad, hacerla nacional y enfrentó una resistencia terrible de toda la escuela y lo mínimo que le dijeron fue que se fuera a hacer su CUEC a Morelia, que nosotros nos quedábamos con este y, por consiguiente, estuvimos castigados cuatro años.

El nuevo rector, José Narro, en cambio, propuso construir las instalaciones en el circuito Mario de la Cueva de Ciudad Universitaria, ahí donde está la Filmoteca y TV UNAM. Y ahí está el edificio terminado. Si mides las nuevas instalaciones del CUEC en terreno y edificación, son en espacio y posibilidades veinte veces más grandes. Si teníamos una salita de trabajo tecnológico de 3×3 metros, ahora hay ocho salas como esa pero mucho más grandes y más equipadas. Además hablamos de comodidad; por ejemplo, yo doy clase los lunes y siempre peleó con el resto de maestros por la sala de proyección, ahora, con la comodidad de las nuevas instalaciones, creo que va a cambiar no solamente el espacio sino el espíritu del CUEC y sus posibilidades. Es una de las cosas más bellas que me ha tocado vivir en mi vida. Tengo 49 años dando clase en el CUEC y 38 en esa casa. Esto es la expansión total, es una granada explosiva, yo no sé qué va a pasar ahí.

AYALASERGIO

Este artículo forma parte de los contenidos del número 28 de la revista cine TOMAde mayo-junio de 2015. Consulta AQUÍ dónde conseguirla.

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Una respuesta to “Jorge Ayala Blanco, profesor decano del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos”

  1. Galería Reptante Says:

    Wow, nunca había escuchado una historia tan clara y sin cortapisas de la máxima casa de estudios cinematográficos en el país. Algo como la antihistoria contada con una gran pasión y detalle sin duda alguna. ¿Cómo concebir la crítica de cine mexicano sin la mención de don Jorge como un gran maestro? Y bueno el mal cine se sigue haciendo con y a pesar de él. Gracias por compartir este valiosísimo artículo.

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