“Érase una vez en Durango”, de Juan Antonio de la Riva

Exhibir la tristeza por un mundo irremediablemente cambiado

Por Sergio Raúl López

Marco propicio para la nostalgia, la geografía durangueña albergó, durante más de tres décadas del siglo pasado, los duelos con pistola, los pleitos de saloon, las bellas coristas de can-can, los sherifes hoscos e incorruptibles y las guerras con los apaches que nutrieron el imagi- nario hollywoodense y su género más propio y nacionalista: el western.


Pero la relación de Durango con el séptimo arte no se limita a la mera escenografía de sus raíces de formas esféricas rodando por calles desérticas y polvosas, ni a sus amplias planicies repletas de cactus o a sus praderas propicias para correr caballos en escenas de persecución. Más allá de sus sitios emblemáticos, esa entidad del norte de México aportó una larga lista de figuras a la cinematografía, incluso desde la época muda, pues además del revolucionario Pancho Villa -quien llegó a firmar un contrato de exclusividad con la productora estadounidense Mutual Films-, en esa tierra nacieron los primos Dolores del Río y Ramón Novarro, pero también otras figuras como los hermanos Revueltas, José, el escritor y guionista; Silvestre, el compositor de música incidental, y Rosaura, bailarina y actriz; junto con otros hermanos, los Bracho: la actriz de nombre artístico Andrea Palma; Jesús, el escenógrafo, y Julio, el realizador y guionista.
Tal fue el escenario en el que transcurrió la niñez del realizador Juan Antonio de la Riva, cuya familia era propietaria de un pequeño cine en la sierra durangueña; pero, además de ser espectador privilegiado e incansable, era un infante que, como el resto de los habitantes de dicha capital, podía cruzarse en la Plaza de Armas de Durango con Robert Mitchum o Anthony Quinn, con Sean Connery, Dean Martin, Shelley Winters, Jean Sebert, Sam Peckinpah, Bob Dylan, Kris Kristopherson o Henry Hathaway, lo que le dejó marcado de por vida.
-Y de pronto nos abandona el cine -lamenta ahora De la Riva-. Rodolfo de Anda, Mario Almada y Jorge Russek ya no regresan. Nos dejan añorando un Durango que habíamos idealizado. Entonces se acabó un ciclo que no fue fácil de vivir para los aficionados al cine; para los durangueños hubo un sentimiento de pérdida, de ser relegados. Nunca se pudieron fincar las bases para un desarrollo de la cinematografía local o para apoyar a la industria mexicana, aunque se ha intentado. Y fue pasajero, así haya durado 30 años.
Pero esos recuerdos se vieron espejeados en un guión del ya fallecido actor Alejandro Parodi, quien relató la historia de un pequeño entusiasta de los cines pueblerinos, Gabriel Nevárez (José Eduardo), que al entrar sin permiso en un viejo set abandonado donde se filmaban cintas del Viejo Oeste, descubre en el cuidador del lugar, el huraño Antonio (Jorge Luke), a un antiguo doble cinematográfico, a quien logra convencer de enseñarle su antiguo oficio y resucitar los viejos tiempos en los que el cine y la realidad se mezclaban indisolublemente.
El resultado es un melodrama rural: Érase una vez en Durango (2010), muy en el estilo de sus cintas más personales y autorales como el cortometraje Polvo vencedor del sol (1979) y los largometrajes Vidas errantes (1984), Pueblo de madera (1989) y El Gavilán de la Sierra (2000), con el que el experimentado cineasta formado en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, retornó a su estado natal para retratar el carácter, las costumbres y los afectos de los habitantes del norte del país.
La cinta, filmada en 2008, finalmente se exhibe en cartelera, tanto en los cines del Centro Cultural Universitario como en el circuito de Cinemanía, hasta el 5 de julio, para posteriormente integrarse a la cartelera de la Cineteca Nacional.

-Tengo la impresión de que el protagonista infantil es una suerte de alter ego suyo pues, además de su fascinación por los vaqueros, vive en un pueblo con proyector de filmes.
-Es muy curioso porque podría pensarse en un alter ego no sólo respecto del personaje infantil sino también en el personaje del viejo, por supuesto. Cuando él habla de que los tiempos han cambiado, ésa es un poco mi visión de las cosas; es alguien con quien me identifico profundamente y desde luego con el niño, que también se dejó llevar y fascinar por todo el mundo que había conocido a través de las películas. Es curioso el hecho de que el argumento no sea mío, sino de Alejandro Parodi, quien lo escribió para ser filmado en el viejo Pueblo del Oeste de los Estudios Churubusco, que desapareció irremediablemente con la transformación de todo aquel espacio en el Centro Nacional de las Artes, y la historia se quedó perdida por ahí. Después de El Gavilán de la Sierra pasaron varios años para que me acordara de ese argumento. Hablé con Parodi, le pedí su aval y finalmente enfrentamos la película. Ese espíritu de la nostalgia por un tipo de cine que se está perdiendo estaba ya en la historia original, y curiosamente, al estar ubicada en el back lot de los Churubusco, que ya no existe, era natural que tuviera que filmarse en Durango, donde todavía tenemos tres pueblos del oeste, reminiscencia de aquellos años en que filmaban tantas películas. Sonaba hasta natural ubicarla en ese lugar. La tarea del nuevo guión fue cómo hacer para que los protagonistas, el niño y el viejo, se interrelacionaran y estuvieran orientados hacia un objetivo común, siguiendo muy de cerca los lineamientos generales que estaban en la obra de Parodi, pero también volviéndola un poco más durangueña y con observaciones mías sobre el cine mismo.

-¿Qué tanto se permitió rescatar las reglas del género y qué tanto hacer un melodrama rural que rescatara la nostalgia por un género ya ido? Supongo que fue un dilema previo a la filmación.
-Bueno, al retomar la historia yo no pretendía hacer un western, aunque hay una premisa básica que es la del maestro y su discípulo: el viejo pistolero con el joven al que enseña toda su experiencia. Había un poco de eso, sí, pero indudablemente que en términos de forma cinematográfica está mucho más cercano al cine que yo he hecho y que es el que me interesa relatar. Desde luego, en algún momento la película participa de la posibilidad de hacer escenas de western, porque es un sueño de muchos cinéfilos que fuimos apasionados al género, pero no pierde nunca de vista que no es una película de género. Creo que va por otro rumbo, el de marcar esa íntima tristeza por un mundo que irremediablemente ya ha cambiado.

La nostalgia también es importante
Si bien el sonorense Alejandro Parodi había escrito el argumento original de Érase una vez en Durango (2010) para protagonizarlo él mismo, su avanzada edad se lo impidió. Así, Juan Antonio de la Riva comenzó a buscar al actor apropiado para ese rol, para el que resultaban apropiados escasos actores, desde Mario Almada, Rodolfo de Anda, Hugo Stiglitz, Julio Alemán o el mismo Valentín Trujillo -cuyos hijos produjeron esta cinta. Finalmente, le ganó su gran predilección por Jorge Luke, tanto como actor y como presencia, y por su desempeño en cintas clásicas como Las puertas del paraíso, El Santo Oficio, Los vengadores o La venganza de Ulsana.

-Resulta novedoso, en el contexto de un cine mexicano tan afecto a filmar dramas clasemedieros citadinos, entregar un melodrama de pequeña población rural del norte del país.
-Desde que yo pretendí hacer cine mi objetivo era regresar a Durango a hacer este tipo de historias, y eso queda claro en Vidas errantes, Pueblo de madera y El Gavilán de la Sierra. Y no el cine del oeste que se filmaba allá, sino la posibilidad de regresar a filmar historias que ocurrían en determinada región. Y eso está en la película, no se desvía hacia la aventura o la fantasía, sino tiene un sustento real: el protagonista infantil vive en un mundo muy concreto, de ciertas características sociales y todavía muy influenciado por la presencia del cine. Aunque no se menciona, indudablemente es una película de época porque ocurre en los años ochenta, los últimos del cine ambulante que aparece ahí. Ese ámbito geográfico está muy marcado y pienso que no podría ser de otra manera en una historia como ésta.

-Y se aborda Durango antes del estallido de la violencia tan reportado en los medios masivos y que hace olvidar al resto de los acontecimientos locales.
-La mayoría del cine es urbano, filmado en el Distrito Federal, con una tendencia hacia la violencia que se está viviendo, la farsa, la comedia. Indudablemente que cada quien busca lo que es congruente con uno mismo. Yo me preguntaba si tendría algún punto de interés para los espectadores hacer una película tan sencilla, nostálgica, entrañable y si no tendríamos que filmar otro tipo de historias que tuvieran que ver con la realidad cercana de estos últimos años. La respuesta me la han dado los espectadores: también es necesario hablar de la nostalgia y mostrar lo que hemos ido perdiendo como país y, probablemente, también como cinematografía, un mundo idealizado de sueños y de personajes que probablemente están dejando de existir, si no es que ya han desaparecido totalmente. Un Durango que está dejando de ser así, un estado y un país marcado por la violencia y por cambios brutales.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (2/VII/2012).

 

 


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