Kyzza Terrazas explora el lenguaje de los machetes

Armar ese personaje siempre fue un ejercicio de autocrítica

Por Sergio Raúl López

Las crisis juveniles no respetan clases sociales ni orígenes pudientes, sino se desparraman uniformemente dejando una estela de insatisfacción y de impotencia. Y en un país de pobreza mayoritaria, en el que escasean las oportunidades para estudiar y aún más las laborales, incluso aquellos muchachos hijos de los sectores favorecidos resultan contagiados.

Kyzza Terrazas. Foto: Sergio Raúl López.

En esta historia, claro, este par de adultos recientes vive el día a día entre la cultura alternativa, los sitios subterráneos y un estilo de vida en el que no hay mayores obligaciones de horarios, vestimentas ni vocabularios respetuosos. El barbado Ray (Andrés Almeida) trabaja a veces como camarógrafo si bien prefiere intentar infructuosamente escribir literatura, mientras que Ramona (la cantante Jessy Bulbo casi interpretándose a sí misma) es una fulgurante estrella de rock, compositora y letrista de un exitoso grupo de la escena musical roquera, y pasan sus días en permanente estado de fiesta, entre cervezas de tamaño caguama, carrujos de marihuana y rayas de cocaína, junto con alguna que otra cápsula de sustancias sintéticas.

Pese a todo, conviven en una cierta estabilidad que es rota por los deseos biológicos que urgen a Ramona a procrear, un tema tabú para la pareja, que ha decidido “tirarse en el olvido”; es decir, no tener descendencia.

Pero el creciente desencuentro entre ambos se convierte, a su vez, en un reflejo del entorno en el que viven, en una sociedad en la que los campesinos que defienden sus tierras en San Salvador Atenco son víctimas de una brutal represión, mientras que los padres de Ray viven aislados en sus privilegios económicos, lo que les decide, en un acto radical sin más razón que el hartazgo y la desesperación, a intentar la opción suicida del terrorismo contra uno de los mayores símbolos religiosos mexicanos: la virgen de Guadalupe.

La indecisión, la inestabilidad y la insatisfacción permean en El lenguaje de los machetes (México, 2011), largometraje que se erigen como una especie de exploración autobiográfica del productor y director Kyzza Terrazas (Nairobi, Kenya, 1977), quien tras estudiar filosofía en la UNAM y publicar un libro de cuentos: El primer ojo (1997), cursó una maestría en cine en la Universidad de Columbia, Nueva York. Con distribución de Interior 13 y producción de Mr. Woo y Foprocine, la cinta se encuentra actualmente en cartelera.

-Supongo que mantiene relación de amistad con los protagonistas del filme y así de íntima resulta.

-Esta película es muy personal. Comencé a escribirla cuando estaba en Nueva York, a donde llegué poco antes del 11 de septiembre de 2001: el episodio del World Trade Center me tocó allá, fue un acto violentísimo, trágico, así como la respuesta: el patrioterismo, la guerra contra Irak. Si ya tenía un cierto recorrido por algunos movimientos de lucha o de cierta conciencia social, cuando estuve allá me radicalicé mucho con todo lo que sucedió. Tenía este cúmulo de sentimientos, de reflexiones, que fui decantando en una historia que tenía que ver mucho conmigo, de dónde venía, mi contexto social, mis experiencias urbanas en ciertos ámbitos y movimientos undergrounds, algo que yo no había visto reflejado en el cine contemporáneo. Me interesaba mostrar estos ambientes y a los personajes que son, sin duda, sobre todo el principal, Ray, un reflejo de muchas cosas que he pensado y sentido. Armar ese personaje siempre fue un ejercicio de autocrítica. A Jessy la conozco hace 15 años, lo mismo que a Andrés y a Flor; de hecho, originalmente en el guión relataba una noche que había justamente vivido con Flor [Edwarda Gurrola] y con Ali [De la Reguera], de las Ultrasónicas, una noche muy loca en que nos topamos a un tipo que me acabó regalando mil dólares en un antro de ficheras.

-Además es una juventud mexicana que está abolida en los medios masivos, que va a los pocos lugares para escuchar a los nuevos grupos de rock y lo que están diciendo, a quién escuchan y cómo viven.

-A la par que ha habido una explosión de nuevas películas, de más producción, también ha habido otra de bandas de rock y de artistas, pero finalmente lo que está muy cabrón (y uno a veces no es del todo consciente) es que finalmente sigue siendo una porción muy pequeña de la sociedad mexicana la que tiene acceso a Internet, que es donde podríamos ubicarlos. No creo que sea más del 20 o 30 por ciento de la población. Entonces, por más que pensemos que hay una explosión de diferentes cosas, no deja de ser elitista, y no deja de no trascender a los medios masivos y la sociedad en general.

-¿Qué le significó Atenco y qué tan importante era tocar el tema de un camarógrafo que resulta golpeado? Me recordó el caso de la cineasta chilena Valentina Palma.

-Una de las fuentes principales de la película fue el 11 de septiembre y lo que implica que alguien pueda llegar a convertirse en un bombardero suicida. Pero justo cuando empecé a escribir el guión en 2003 inició el movimiento del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y me quedó claro que el problema era un aeropuerto y unas tierras que pertenecían a unos campesinos que se estaban oponiendo, y eso hablaba muy elocuentemente de lo que es este país y justamente esas brechas económicas. Por un lado este México globalizado, metido en la economía internacional, pero por otro una realidad en la que el machete sigue siendo un instrumento de trabajo y que a escasos kilómetros de la Ciudad de México sigue habiendo tierras ejidales. Además, me interesó mucho la forma en que salieron a protestar. Fue muy frontal, muy efectivo en sus posturas, al grado de que finalmente lo lograron. Cuando empecé a escribir en 2003 tenía al personaje trabajando en algo relacionado a comunidades indígenas, pero lo que sucedió en 2006, hace seis años ya, lo que narras de Valentina Palma y todo lo demás, fue muy brutal y un gran ejemplo de cómo funcionan las cosas en este país, y decidí que era un buen lugar para insertar a este personaje y hacer una ficción alrededor de eso.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (20/VI/2012).


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