Alfredo Joskowicz: Ariel de Oro 2012

Ya no quiero administrar nada

Por Sergio Raúl López

La temporada de homenajes, a inicios de 2012, correspondió a Alfredo Joskowicz, una figura inseparable de las instituciones cinematográficas en México, pues su carrera como cineasta -e incluso como docente, aunque menos drásticamente- ha sido truncada con demasiada constancia, al dársele como encargo la conducción tanto de las dos escuelas oficiales, del par de estudios estatales y, para coronar todo ello, del principal organismo rector, a nivel federal, de todos los citados anteriormente: el Imcine.

Alfredo Joskowicz. Foto: Sergio Raúl López

Si bien han transcurrido casi cuatro décadas de su trabajo como docente en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) -donde ingresó como estudiante, en 1966, y más tarde fue secretario académico en 1973-, y luego en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) -al que llegó como director en 1976 y donde comenzó a impartir materias un año más tarde-, la faceta más conocida de este hombre que eternamente se acompaña por una aromática pipa que fuma con maestría, ha sido su ascendente y, podríamos decir, casi imparable carrera burocrática. Pues además de dirigir las dos escuelas citadas -estuvo al frente del CUEC entre 1989 y 1997-, ha ocupado el despacho de director en los Estudios América entre 1983 y 1985, así como de los Estudios Churubusco Azteca, de 1997 a 2000, pero sobre todo, por haber sido designado director general del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), el organismo rector de las políticas estatales durante el sexenio foxista. Así, su barba afilada, sus amplios lentes de pasta, sus rasgos imperturbables y su hablar pausado y preciso, convirtieron su rostro y presencia en la cara más visible del cine estatal, en el funcionario cinematográfico por antonomasia.

Aunque en este nuevo sexenio el cineasta y educador de origen polaco, si bien nacido en la Ciudad de México en 1937 -el primero de agosto, para ser precisos-, no ha ocupado cargo burocrático alguno, su sempiterna presencia en festivales, muestras, concursos y actividades académicas le han hecho permanecer como un referente en el medio cinematográfico mexicano y le han vuelto centro de diversos homenajes en este inicio de 2012, empezando por el Mayahuel de Plata por trayectoria, que se le entregó en el 27 Festival Internacional de Cine de Guadalajara, seguido por la edición del libro Alfredo Joskowicz: una vida para el cine, de Orlando Merino y Jaime García Estrada (CUEC / Imcine); la reedición de su obra fílmica completa -unas 20 obras, de las cuales, Recordar es vivir, de 1993 es la más reciente- en video, en un paquete de DVD realizado por Imcine; la inclusión de su primer largometraje: Crates (México, 1970) en la Muestra Fílmica CUEC 2012, y la entrega del Ariel de Oro, también por trayectoria, por parte de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, mismo que recibirá la noche de este sábado 2 de junio en el Palacio de Bellas Artes.

Un destino poco probable para un ingeniero en comunicaciones eléctricas y electrónicas egresado del Instituto Politécnico Nacional con estudios de posgrado en Francia, cuyo interés artístico se concentraba en las artes plásticas, sobre las que ofrecía cursos en el Instituto de Cultura Superior de Las Lomas; escribía crítica en el suplemento cultural de El Heraldo, a invitación de Luis Spota -el único con impresiones a color de la época, finales de los sesenta-, y hasta tomó un curso de seis meses en la Academia San Carlos en el que descubrió su falta de aptitudes para el dibujo.

Y que hasta los 28 años, ya con dos hijos y trabajo estable, ingresó como estudiante al, en ese entonces, vespertino CUEC y arrancó una carrera por la que ahora recibe múltiples reconocimientos y que, curiosamente, le ha devuelto a su interés original por las artes plásticas, en un impensable retorno al primigenio objeto de su interés.

-¿Qué le atrajo de la educación universitaria del cine cuando usted andaba por otros terrenos técnicos y artísticos?

-No sé, me gustaba el cine; pero mi vocación cinematográfica fue muy tardía, porque ejercí mi profesión durante ocho años. Tenía un amigo y maestro, Juan Espinasa, hijo de refugiados españoles, que era un apasionado del cine; claro, como espectador. Alguna vez en los ciclos que íbamos a ver al Cine Roble pasaron Hiroshima mi amor (Hiroshima, mon amour, 1959), de Alain Resnais, en las famosas reseñas anuales, y descubrí el cine como medio de expresión autoral: tenía conocimientos técnicos, me gusta la parte plástica, aquí no tengo que dibujar, tengo que captar la imagen y componer con eso, me dije. Y el CUEC ofrecía cursar la carrera de seis a diez de la noche, podía trabajar por la mañana y entrar a tomar la carrera en la tarde.

-En este sexenio usted ya no ocupó cargo alguno, sino se concentró en sus clases…

-Ya terminé con mi ciclo administrativo. Ya no quiero administrar nada. Mientras estaba en el Imcine pedí una licencia por seis años en la UNAM, pero ya recuperé mi plaza de tiempo completo como profesor-investigador, y nunca dejé de dar clases porque aunque no me las pagaran sabía que ése sería mi refugio al final. Y estoy muy contento en la universidad. Doy clases también en el CCC. Recibo a los alumnos de primer ingreso en ambas escuelas, si bien tengo más carga académica en el CUEC porque doy tiempo completo. Aparte, entré a un programa de estímulos que me permite hacer investigación y algo de creación.

-Y por este estímulo ahora regresó su interés por el arte contemporáneo…

-Por el programa de estímulos empecé a hacer una investigación en la que recuperé mi interés por las artes plásticas y por lo que está pasando en el mundo del arte contemporáneo, las instalaciones y todo eso. Y convencí a dos colegas, colaboradores y exalumnos míos: Orlando Merino y Jaime García, también guionistas de Televisa, para que me ayudaran. Hicimos una investigación y estamos trabajando en un guión sobre lo que es el conflicto del arte contemporáneo y cómo no ha recuperado la narrativa, a diferencia de otras artes como la música, el teatro o el cine. La etapa de investigación ha sido muy rica. Entré en ese mundo a partir de un librito: Siete días en el mundo del arte, de Sarah Thornton (Editorial Edhasa), por cuya lectura me entusiasmé de nuevo por los ámbitos, los mercados, la comercialización, los altos costos que han alcanzado los productos audiovisuales o ya no sé qué son. Pero la investigación es parte de mi programa de estímulos y fuimos construyendo poco a poco el desarrollo del guión. Es difícil de decir ahora cómo será porque todavía está en proceso de construcción, pero trata de un artista más plástico, que todavía pinta, y otro que es más exitoso y mucho más joven, que hace instalaciones, y su conflicto para ir a la Muestra de Venecia. Básicamente esa es la idea, pero todavía estamos trabajando.

Presupuestos y otros conflictos

La quincuagésima cuarta ceremonia de entrega de los premios Ariel ocurrirá el 2 de junio en el Palacio de Bellas Artes en medio de una crisis económica de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, pues el Conaculta no les ha entregado la partida de 11 millones de pesos que le fue asignada en el Congreso de la Unión para este año, lo que se ha traducido en que desde febrero trabajan prácticamente sin recursos, sueldos, Internet y los servicios básicos.

Lleno de obstáculos burocráticos y de barreras institucionales se encuentran los terrenos de la promoción fílmica en México. Y repleta de anécdotas se halla la carrera como funcionario de Alfredo Joskowicz.

-Cuando llegué a la dirección del CCC las cosas iban más o menos bien hasta que estalló el conflicto de 1979, cuando Margarita López Portillo, directora de Radio, Televisión y Cinematografía, decidió la liquidación del Banco Nacional Cinematográfico y el 26 de julio desencadenó una feroz cacería por la que encarcelaron a Carlos Velo, Bosco Arochi y Fernando Macotela, maltratan a todos los funcionarios, los extorsionan, los golpean. Luego intentan cerrar la escuela, pero me niego. Pasamos muy malos tiempos.

“Los dos primeros años en los Estudios Churubusco han sido los más duros de mi carrera burocrática. Entré en enero de 1997 otra vez a una circunstancia terrible, estaba a punto de arrancar la filmación de La máscara del Zorro [1998], se habían comprometido a revelar un millón 800 mil pies de negativo y el laboratorio no podía garantizarlo, y los traba- jadores deciden arrancar una huelga en medio de la filmación. Arreglamos el conflicto salarial en cuatro días y entonces empecé a hacer una transformación en el estudio para que hubiera responsabilidades y desarrollar un proceso de control de calidad en el laboratorio”.

“En el Imcine nos aventamos otra bronca: el peso en taquilla, que fue espectacular. Se vendían alrededor de 130 millones de boletos anuales y se cobraría un peso por butaca ocupada; cuando ya se estaba manejando, la Canacine se opone, los distribuidores y exhibidores decían que estaba contra el Tratado de Libre Comercio, que era proteccionismo, mandan desplegados. Dos semanas después viene el vicepresidente de Motion Picture Association of America con un despacho de abogados para impugnar por anticonstitucional. Nos echamos dos años en tribunales. Les sacamos como 70 millones de pesos, pero al final la votación llegó a la Suprema Corte y nos batearon diez a cero en nuestra contra. Y subieron el precio del boleto”.

Distribución y exhibición equitativas

“En la actualidad estamos produciendo alrededor de 68, 69 o 70 largometrajes anuales gracias a que se mantuvieron los fondos de apoyo a la producción Foprocine, Fidecine y el estímulo fiscal 226 (Eficine). ¿Qué falta ahora? Abordar la comercialización y la distribución, y eso hay que ir a pelearlo a la Comisión Federal de Competencia (Cofemer), la inequitativa distribución de la taquilla y de las condiciones de las temporadas en que se estrenan las películas mexicanas en cartelera. Pero ése ha sido el estilo de las majors estadounidenses de décadas atrás con las prácticas llamadas Blind booking y Block booking; es decir, tú me compras todo el paquete o no te doy los estrenos fuertes. Y, bueno, la exhibición creció de manera exponencial. ¿Qué haces a diario con dos mil 400 pantallas como tiene Cinépolis? Necesitas producto, y a eso es a lo que apostaron los estadounidenses. Son imperio y son muy arrogantes. Total, la condición actual es ésa. Pero existiendo volumen de producción se recuperó el prestigio internacional del cine mexicano, mejoró la calidad narrativa; digo, hay un abuso del cine de autor, pero hay industria, aunque desarticulada. Sin embargo hay volumen de producción, y eso mantiene los aparatos técnicos activos. Claro, lo que hay que buscar es distribución y exhibición equitativas”.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (28/V/2012).

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