Návar, Criollo y Aviña quieren ver sangre

El cine de luchadores sostuvo a la industria fílmica nacional

Por Sergio Raúl López

José Xavier "Pepe" Návar. Foto: Sergio Raúl López.

Y es que la afición por la lucha libre puede devenir en una pasión casi sediciosa, en una obsesión por el mínimo detalle, en una fascinación no sólo por los golpes, las llaves grecorromanas o los lances de mayor riesgo, sino por los innumerables apodos, sobrenombres y lemas de batalla, por los coloridos trajes, capas y máscaras, por los más inverosímiles parlamentos e intrigas internacionales, por los efectos especiales más evidentemente fallidos y las fotonovelas más ingenuamente elaboradas.
Así ocurrió con tres periodistas e investigadores, cuyas andanzas cinéfilas y culturales jamás pudieron apartarse del olor a sangre, sudores y dolor que pueden concentrarse en el ring de combate. Era natural, por tanto, que en una sobremesa, cautivándose mutuamente con anécdotas, datos curiosos y títulos fílmicos de culto, José Xavier Návar, Raúl Criollo y Rafael Aviña hayan decidido, de común acuerdo, iniciar la ambiciosa tarea de compilar, reunir, recolectar y ordenar las películas de uno de los géneros más inequívocamente mexicanos de cuantos puedan nombrarse: el cine de luchadores. Lo que no previeron, claro, es que el empeño les tomaría cinco años de largo, casi interminable esfuerzo, para, finalmente, poner en las estanterías el profuso, pesado y amplio volumen ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, que en sus 318 páginas -un kilo y medio- reúne más de 230 películas filmadas entre 1938 y 2011, y más de 800 fotografías, carteles, fotomontajes y demás imágenes sobre las emblemáticas cintas de aquel fantástico mexicano que pobló las pantallas y repletó las taquillas en las dé- cadas de los años cincuenta, sesenta y setenta, pero también, en el camino, fueron apareciendo documentales extranjeros y mexicanos, cortometrajes estudiantiles, minimetrajes experimentales, homenajes voluntarios e involuntarios y, en fin, todo aquello que tuviera algún anclaje en el cine de luchadores.
El libro, editado por la UNAM, tendrá una tercera presentación, tras la FIL de Guadalajara y el Museo del Chopo, este 25 de febrero en la FIL de Minería, en la Ciudad de México.
Una encomienda compleja y muy demandante, pero al mismo tiempo absolutamente entretenida, divertida, gozosa, lúdica, pues este género, creación absolutamente mexicana, debe leerse siempre en clave de humor, como lo apunta Pepe Návar:
-Todas las veces que los mires verás siempre algo divertido. Es un género muy padre, que estaba menospreciado y al que no le habían hecho justicia. No es un subgénero, como muchos piensan, sino un género inventado en México; el cine de luchadores es un genuino invento mexicano y que en un determinado momento de la industria sostuvo al otro cine mexicano. Eso no lo quieren ver muchos críticos, empezando por Emilio García Riera, que nunca lo aceptó, y es la verdad. José Buil me platicó que cuando hizo su cortometraje Adiós, adiós ídolo mío [1981], Nelson Carro escribió en Tiempo Libre que era padrísima, pero después dijo todo lo contrario porque la cinta se había vuelto de culto. Es un título que acarician mucho los coleccionistas: es un mediometraje que rebasa los 45 minutos en un homenaje a El Santo.
Una de las más irrepetibles e improbables conformación del héroe cinematográfico ocurrió en torno a este mexicanísimo género. Aquí es Raúl Criollo el que explica:
-Curiosamente todos los grandes modelos de héroes han sido replicados en todo el mundo, pero un héroe enmascarado que suda el enlonado para fajarse entre cuatro esquinas y después baja a ponerse el saco para hacer de agente internacional, no es precisamente algo que rayara en lo común. El cine de luchadores se vuelve importante porque mantenía una relación directa con el público nacional que podía igualmente ver la matiné de la mañana donde El Santo se daba con zombies y hombres lobo y mujeres vampiro, y en la noche, después de ver su programa doble plateado, podía comprar su boleto para ir a la Arena Coliseo y verlo en vivo. Eso es algo insólito, único, que pertenece a un periodo particular no solamente del cine sino de la historia misma de este país.
Las cintas emblemáticas del género, con todo y sus vampiros colgados de cables demasiado notorios, monstruos cubiertos de peluches y pelambres varias, y argumentos risibles, de cualquier manera consiguió erigir una poderosa industria, como deja notar Návar:
-Era un cine que dejaba dinero y que sostuvo al cine mexicano “de intelectuales”. Por eso son queridos los luchadores como El Santo o Blue Demon, porque le dieron trabajo a mucha gente en un momento en que el cine estaba muy tirado. Ése es el reclamo que le hago a estos críticos oficialistas, que siguen negando a este género. Es un cine al que ven desde arriba del hombro. O son tan exquisitos que nada más los conmueven las películas de Bergman o de Fellini.
Por supuesto que, aunque el género esté casi extinto, preservado en la televisión por cable, la atracción entre los luchadores y la cámara no ha terminado, como observa Criollo:
-A pesar de que se habla de la decadencia, que es prácticamente inexistente, hoy lo más garantizado que tienen los canales de películas mexicanas por cable son Pedro Infante y El Santo. Y aunque los años transcurren y las tecnologías continúan renovándose, el cine de luchadores siguen siendo un éxito. Pesa más el rating de El Santo en el Museo de Cera (1963) que muchas películas mexicanas de estreno.

Raúl Criollo. Foto: Sergio Raúl López.

ANÉCDOTAS
Y piquetes de ojos
Un emblemático luchador, El Lobo Negro, ejercía, además, como comentarista de lucha libre en una columna llamada “Piquetes a los ojos” para la revista Zaz. Y a manera de homenaje, Raúl Criollo le propuso a sus coenciclopedistas añadir pequeños datos anecdóticos y comentarios extra a las fichas de cada película que así lo ameritaba, con ese nombre, como lo explica Pepe Návar.
-Aunque prácticamente este género abarca a todos los demás: melodrama, comedia, acción, aventura, tienes que entrar en clave de humor para divertirte. La gente reclama que los directores del cine de luchadores eran muy chafas, pero obviamente no iba a dirigir Luis Buñuel. Lo hacía gente como René Cardona y Chano Urueta, muy buenos artesanos; sin embargo así se construyó el cine de luchadores, con todas sus carencias y aspiraciones. Al armar las fichas y reseñas pusimos mucho humor y mucho sabor, pero las películas que merecían un poco más tienen sus Piquetes a los ojos: pequeños detalles como el que cuenta El Santo, que la película que más le gusta es Santo contra el Doctor Muerte (1973), porque es como si fuera una de James Bond. Y si la miras con detenimiento, no está tan equivocado: no tiene tanto presupuesto, pero la idea está muy bien armada, los encuadres están cuidados y los efectos son de primer mundo.
La referencia evidente de este cine es el Santo, la gran estrella cinematográfica de medio centenar de las 230 películas compiladas en el libro, pese a que por un infortunio de acuerdos debutó en 1958, seis años después de que se filmara la primera cinta cabal del género: La sombra vengadora (1952), con el español Fernando Océs como protagonista –quien más tarde, junto con José G. Cruz, sería uno de los guionistas más prolíficos del género–, y tampoco haya aparecido en la primera encarnación fílmica de El Enmascarado de Plata (1954), encargada a El Médico Asesino, informa Návar.
Debe entenderse, ante todo, que es un asunto de un momento específico, pues aunque las estrellas seguían siendo Pedro Infante, los Pardavé o María Félix, los que vendían los boletos eran los enmascarados, advierte Criollo.
-Y ese mundo está plagado de anécdotas -prosigue-, como que El Santo debuta con un díptico filmado en Cuba, Santo contra El cerebro del mal Santo contra los hombres infernales. Joaquín Cordero relata que prácticamente estaban subiendo los últimos elementos de la cámara al avión cuando ya empezaban los disturbios y que prácticamente salieron junto con la caída de Batista y el ascenso de la Revolución cubana, algo increíble.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (13/II/2012).


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