Marcelo Tolces y la crisis juvenil en “18 cigarrillos y medio”

El ocio puede convertirse en algo muy difícil de sobrellevar

Por Sergio Raúl López

Vaya que despierta terror la creciente campaña publicitaria negativa promovida en torno a la cruzada laica internacional de combate el tabaquismo y sus secuelas. Sin embargo, en las cajas de Palermo que Ezequiel, un joven en permanente crisis existencial, consume con fruición no aparecen ni fetos abortados, ni dientes manchados, ni pulmones negros.

 

Al contrario, las cajas de cigarrillos recuerdan, con cierta nostalgia, una época ya ida en que los santones de la salud pública aún no efectua- ban ni las prohibiciones de fumar en sitios públicos bajo techo ni se prohibían los anuncios televisivos en un intento por salvar a la sociedad occidental de un vicio tan dañino. Y sin importar, claro está, que esta condena internacional no se haga extensiva a los alimentos y bebidas chatarra que invaden sin piedad innumerables sitios públicos.
De modo que los capítulos que develan la vida vacía de este muchacho paraguayo van acumulándose conforme va consumiendo uno tras otro los cigarrillos de un día de su aburrida cotidianidad que transcurre entre las trasnochadas con sus pares, los despertares ya pasado el mediodía, los paseos con los amigos en un lujoso BMW, los continuos regaños de su padre -dueño de una fábrica de telas-, la ausencia de la madre, la melancolía por la novia perdida, las apuestas infructuosas en un casino de segunda o el cariño que sólo encuentra en un lupanar de tercera, y el contacto humano merced a los mimos y regaños de su sirvienta.
Y conforma el relato de 18 cigarrillos y medio (Paraguay-México, 2010), una película con dirección y guión de Marcelo Tolces, en la que se muestra que la crisis de los adolescentes que no trabajan y tampoco estudian (los llamados “ninis”) no necesariamente proviene de las familias de bajos ingresos y escasas oportunidades universitarias, sino forma parte también de la cotidianidad de las familias de clase alta.
Tras escribir el guión de la cinta, el paraguayo Marcelo Tolces comenzó a recibir reconocimientos como la beca de Desarrollo de Proyectos de la Fundación Carolina Madrid, en 2005; el Premio Tornasol de coproducción en el Festival de Guadalajara, en 2006, así como el Premio para Producción Digital del Fondo Huber Bals en 2010. La película, cuya edición fue realizada en México por Yibrán Assaud y coproducida por la empresa mexicana Canana Films, acaba de estrenarse en la Cineteca Nacional.
-La idea nunca fue hacer una apología al tabaco ni al cigarrillo -explica Marcelo Tolces en entrevista-. Ninguno de los personajes está diseñado para ser un héroe, ésa no era la intención; sino, más bien, una mirada irónica sobre ellos. Creo que la guerra contra el tabaco es mundial y el cigarrillo está muy demonizado, y está bien que sea así. Pero los que son fumadores deciden seguir haciéndolo y me parece que la libertad también pasa por eso, por definir lo que uno quiere hacer, por más nocivo que sea. La campaña contra el cigarrillo está bien, yo la apoyo; pero el fumar es distinto a todo: es una decisión.

-Justo en este ámbito de demonización del cigarrillo parece arriesgado e interesante tomarlo como leit motiv.
-Sabía que era un riesgo, y que me estaba cubriendo con los chistes, además de que no se hace una apología ni se le critica, simplemente es parte de la unidad dramática: pasa cuando alguien fuma. Me parecía interesante experimentar con la idea de que puede describirse una vida en un día, en pequeños espacios de cuatro o cinco minutos en tiempo real. Dibujar así la vida de un grupo de personas y del protagonista en específico.

-El lapso que dura una fumada da pie a un cierto sentido del tiempo y elaborar una suerte de capítulos cinematográficos.
-Sí, claro. Te da la posibilidad de mostrar 18 y media anécdotas distintas, y eso da una estructura encerrada en sí misma.

-La cinta refleja una crisis generacional que no implica, necesariamente, la desigualdad económica, sino también toca a la gente de clase alta.
-Completamente. Yo viví un año y medio en México, porque ahí terminé la película e hice parte de la preproducción. Por eso conocí el término de los “ninis” y leí bastante sobre el tema. Y justamente la mayoría son de clase media y media alta, que entre los 14 y 16 años empiezan a darle la espalda a la manera como funciona el mundo y un 70 por ciento irremediablemente termina perdido y nunca logra encontrar algo que le motive o les requiera la suficiente seriedad. Me parece un problema muy actual, muy auténtico y verdadero, y creo que proviene de que en la segunda mitad del siglo XX a lo único que se le rindió culto fue al trabajo. En una sociedad capitalista lo principal y lo más valorado es el trabajo, y eso realmente no ayudó a construir una sociedad mejor ni más justa, ni siquiera más productiva en muchos de los casos. O era más productiva, pero mucho más injusta. Y creo, de alguna manera, que este fenómeno significa rebelarse ante eso.

-Además pareciera que el ocio fuera un pecado contemporáneo.
-Sí, de hecho la contraparte extrema es eso que intenta narrar la película: el ocio también se vuelve algo demasiado pesado y difícil de sobrellevar, es como un infierno.

-¿Al planear esta película ya sabía que su personaje tendría este rasgo tan contemplativo pero que no lleva a ninguna conclusión?
-Sí: la idea es que sea un personaje arruinado por esta falta de interés, de motivación y de actividad. El ocio le termina siendo demasiado pesado: algo que debiera ser liviano, simple y hasta llevadero se termina volviendo algo muy difícil de llevar.

-Decidió buscar la inexpresión humana en lo cotidiano mediante abundantes primeros planos y planos medios…
-Exacto: era para ahondar en la sensación del protagonista, del personaje principal, que fuera claustrofóbico, completamente atrapado en su realidad y con muy poca capacidad para ver lo que pasa fuera de él mismo. Era ahogar tanto al protagonista como al espectador.

NI HÉROES
Ni vidas al máximo
Los sucesivos premios y apoyos que fue cosechando el guión de 18 cigarrillos y medio hicieron pensar a su autor, el director paraguayo Marcelo Tolces, que contaba con una base firme: que el trabajo era redondo y con un buen equilibrio entre los diálogos cotidianos y otros con toques de ironía, humor negro, de mayor valor literario o de doble sentido. Pero cuando se encontró en la filmación descubrió que estaba condicionado por lo que cada actor podía hacer y le podía dar. Así que acabó por cortar muchas de ellas.
-La verdad -prosigue Tolces- es que fue una búsqueda de muchas de las frases que suenan muy críticas, irónicas, oscuras o muy elaboradas, pero muchas tuvieron que quedarse fuera en el corte final porque sonaban falsas, al menos a mí me lo parecía. Uno de los problemas que tengo con la película es que algunas de esas frases no me terminan de cerrar.

-La cinta es un retrato de la sociedad paraguaya contemporánea, pero podría ser un retrato de cualquiera en Latinoamérica e incluso de la sociedad occidental.
-Sí, es un rasgo universal; y a medida que pasa el tiempo se va agravando aún más: ciudades latinoamericanas entre el desarrollo tecnológico avanzado y el subdesarrollo, siempre con un mundo mezclado, un surrealismo raro, muy extraño. Respecto a la cámara, lo de los planos cerrados iba acorde al personaje, buscamos los colores que dieran poca alegría, muchos colores azules, mucha oscuridad, muy poca energía, para intentar dar esta sensación del agobio ya en la parte final. Además, los personajes están en una edad en la que uno se imaginaría que pendejos con plata, que no hacen nada, podrían estar saliendo y divirtiéndose todas las noches y viviendo la vida al máximo, entre comillas. Sin embargo, ese ocio, esa falta de responsabilidades y de compromiso y de realidad misma se termina volviendo algo muy difícil de sobrellevar.

-Digamos que ven cumplida la promesa occidental de felicidad: ser joven, ser guapo, ser adinerado y no tener que trabajar. Pero que eso no les satisface.
-Y para mí era eso: retratar a esos personajes, dejar en claro que no eran héroes y que tampoco era una crítica a toda una clase social, como tampoco es una apología al cigarrillo. Simplemente es mostrar que existen, cómo viven y, especialmente, que es común a muchas sociedades, especialmente latinoamericanas: en estos países donde hay muy grandes diferencias sociales y muchas veces raciales. Es parte de estos personajes: ellos no trabajan y no estudian, pero son gente de plata y posiblemente lo van a ser siempre.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (9/I/2012).

 

 

 

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