Bruce LaBruce, el “pornógrafo marxista”

No se pueden explorar los tabúes en una sociedad conservadora

Por Sergio Raúl López

¿Qué resulta más complejo: los simples, básicos misterios que rodean al acto sexual o los absurdos e intrincados prejuicios políticos, religiosos, profilácticos y sociales que se han erigido en torno a tan imprescindible actividad procreativa y recreativa y que nos generan hondos, casi inexcusables, sentimientos de culpa, de enfermedad o de pérdida?

Desde hace cinco lustros, el artista canadiense Bruce LaBruce (Southhampton, Ontario, 1964) no ha hecho otra cosa que romper y enfrentar todo cuestionamiento moral a la naturalidad orgánica del sexo. El escritor, fotógrafo, actor y cineasta radicado en Toronto comenzó su carrera a fines de los años ochenta realizando cortos experimentales en formato super 8 y editando un fanzine punk llamado J.D.s con el que inició el movimiento Queencore, del que es primerísimo representante. A la fecha tiene un libro de memorias prematuro: Reluctant Pornographer; otro más sobre su obra para museos y galerías: Ride Queer Ride, en 1998. Hace exposiciones de fotografía, escribe y dirige teatro, presenta performances y dirige videos musicales que incluso han ganado en los premios MuchMusic.
Pero su faceta más conocida es la de cineasta. Especialmente desde que L. A. Zombie (Estados Unidos-Alemania-Francia, 2010) adquirió notoriedad mundial por el más obvio de los motivos: la censura. En julio de 2010 se anunció que formaba parte de la programación del Festival Internacional de Cine de Melbourne, pero la Comisión de Clasificaciones Cinematográficas de Australia le negó el permiso no sólo de exhibirse ahí sino en todo el país, prohibición que se mantiene hasta la fecha. El estreno mundial ocurrió finalmente en agosto de 2010 en Locarno, donde entró en competencia, por lo que su director, Oliver Père -durante un lustro director de la Quincena de Realizadores de Cannes-, se ganó muchas críticas e incluso un sector exigió su renuncia.
Ese,que es el título más reciente de sus largometrajes recupera y reinterpreta la carga erótica del cine del género a través de un zombie -la estrella porno Francois Sagat- en situación de calle, como miles de homeless angelinos, pero que resucita a los muertos no al morderlos ni al contagiarlos sino al penetrarlos sexualmente. La experiencia de LaBruce en festivales no es reciente. Su himno al “terrorismo chic”: The Raspberry Reich (Alemania- Canadá, 2004), que retrata un comando que bautiza a sus integrantes en honor a los miembros originales de la Fracción del Ejército Rojo y otros revolucionarios como el Che Guevara, se estrenó en Sundance y Berlín, y recorrió más de 150 festivales, entre ellos Estambul, Guadalajara y Rio de Janeiro.
Buena parte de la filmografía de LaBruce se ha exhibido en el Festival Mix de Diversidad Sexual, pero su visita más reciente ocurrió en el verano pasado, durante la segunda edición de Distrital, donde se estrenó el documental Abogar por la putería(The Advocate for Fagdom, Francia, 2010), de Angélique Bosio. Ahí ocurrió la siguiente charla.

-En términos de exhibición, ¿qué tan diferente es el circuito de festivales donde se muestran sus filmes a las pantallas específicas para la pornografía?
-En la actualidad hay muchos cruces entre el documental y los filmes de ficción. Yo pienso que mis películas son una especie de documental, en el mismo nivel. Para mí Hustler White (Canadá-Alemania, 1996) y L. A. Zombie poseen, desde mi perspectiva, rasgos de documental al mostrar la vida en las calles de Los Ángeles; además filmamos sin guión y con la gente que te vas hallando en la calle, así que desde cierto punto de vista antropológico tienen estos elementos.

-¿Por qué considera que sus filmes han causado tanto escándalo, siendo que el cine es un medio mucho más libertario y permisivo que la televisión?
-Entre más conservadora se vuelve una sociedad, o una cultura, más se reducen los espacios para la ambigüedad moral o para explorar los tabúes, y todo tiende a volverse hacia los extremos, o es blanco o es negro, o tiene que ser aceptado o no, las gradaciones desaparecen. Y mis filmes siempre han tendido a desvanecer esas líneas, incluso las de la sexualidad. Alguien me preguntó si algún día realizaría una película que no incluyera gays. Le dije que en realidad muchos no tratan realmente sobre los gays, sino sobre heterosexuales que tienen sexo homosexual pero que no se identifican como gays, como White Hustler o Skin Flick [Alemania, 1999], donde muestro a revolucionarios de ala izquierda que usan su homosexualidad para propósitos políticos. Son personajes heterosexuales que usan la homosexualidad como una especie de arma ideológica y cuya sexualidad o no está fijada o es más ideológica que corporal. De modo que mi trabajo se opone al de mucha gente que hace filmes gay y que piensan que deben promover la homosexualidad para legitimarla como forma u opción de vida.

-Tengo la impresión de que hay una escalada conservadora en la sociedad occidental y que está afectando al hecho artístico mismo.
-Totalmente. Y está completamente basado en la clase, ese es el tema. Ya nadie se refiere a los criterios de clase con relación a la forma o al sexo, pero están basados en ello. Digo, yo hago porno marxista, que es un todo en sí mismo, porque a un cierto nivel el porno es puramente capitalista, es un fetichismo vuelto mercancía, es volver al sexo una mercancía que pueda venderse. Capitalismo puro. Y yo estoy más interesado en crear una pornografía cuyo discurso contenga asuntos de clase en los que la gente no está interesada comúnmente. Por ejemplo, Skin Flick fue una película que comparaba a los skinheads neonazis de clase obrera con los homosexuales burgueses, y eso molestó porque mostraba mayor simpatía con estos skinheads homófobos de clase obrera que con los burgueses homosexuales. En Canadá, cuando obtienes apoyos de Telefilm, el gran fondo de apoyos públicos, tienen reglas muy específicas respecto a que no puedes filmar escenas de sexo explícito, que no puedes ser un provocador político. Es una locura, porque resulta muy limitado.

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Aunque está próximo a los 60 años de edad, Bruce LaBruce parece todavía un jovencito. Con jeans ajustados, playeras de manga corta, el cabello a ras, zapatillas Converse y gafas clásicas de Ray Ban para envolver su cuerpo delgado y cubrir, ciertamente, las arrugas que ya comienzan a poblar su rostro. Ah, y con tatuajes que remiten a antiguos trabajos chinos en tinta negra, en los que abundan pictogramas ininteligibles o las imágenes típicas de un esqueleto empuñando una guadaña o una calavera cruzada por cuatro fémures. Para remate, su mano derecha aparece cubierta por tres vistosos anillos cobrizos: el primero con una serpiente sinuosa, otro con un sello plano y el tercero con unas siglas que permiten leer L. A. Zombie. La charla prosigue en torno a la falsa sensación de progreso, de avance liberal.
-Es curioso, cuando comencé a hacer filmes con sexo explícito a fines de los ochenta la gente solía pensar que la sociedad iba, gradualmente, a volverse más liberal y más iluminada; pero no ocurrió nada de eso. Mis filmes ahora resultan mucho más controversiales de lo que eran hace una década porque, en general, la cultura occidental se ha inclinado hacia la derecha, hacia el conservadurismo y ahora mi trabajo es mucho menos aceptable de lo que era en los años noventa.

-E incluso resultan transgresores para la propia comunidad homosexual…
-Las mujeres heterosexuales han sido una parte muy importante de mi electorado. De hecho, frecuentemente me dicen que utilizan mis filmes como una prueba para sus prospectos de amantes o novios: los llevan a ver mis cintas y si no pueden aguantarlas, los echan. Y hay, además, muchos hombres homosexuales, gays, que odian mis películas. Sin embargo, siento que me he mantenido haciendo el mismo trabajo de siempre, en una línea recta que se mueve por oleadas de ida y de regreso, del liberalismo al conservadurismo, como la cultura. Bueno, una escena de amputados teniendo sexo nunca será apropiada para el gran público. Quizá para el 2025.

-¿Y qué puede decirme de su relación con los movimientos feministas?
-Crecí en el mejor ambiente feminista extremo, entre lesbianas separatistas, y siempre tuve a mi alrededor mujeres que mandaban a la mierda a sus hombres y hacían sus propias cosas no para tratar de ganar poder en términos masculinos sino para alcanzar una sociedad de matriarcado. No me interesa Hillary Clinton volviéndose un hombre duro y dirigiendo un país. Quiero ver a una mujer dirigir un país basada en sus instintos maternales o en su esencia femenina.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (2/I/2012).

 

 

 


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