Yaron Shani y la violencia cruzada de “Ajami”

El sistema hace que la gente se mate y se lastime

Por Sergio Raúl López

Lo terrible de habitar una zona de fronteras trazadas artificialmente es que, dentro de sus límites, permanecen atrapados bandos contrarios cuya vida cotidiana transcurre en una permanente tensión y con violencia latente. Así ocurre en el barrio de Ajami, en Israel, donde cohabitan musulmanes, judíos y cristianos, temerosos de lo que pueda desencadenarse.

Yaron Shani y Scandar Copti en el Festival de Cannes.

Al suscitarse enfrentamientos que impliquen muertos y heridos, que impliquen violencia, difícilmente podrán existir, en términos absolutos, buenos y malos, culpables e inocentes. A menos, claro, que se pertenezca a alguno de los bandos o que se tome partido. En Israel dos jóvenes realizadores, uno de ellos judío: Yaron Shani (Tel Aviv, 1973), y otro árabe: Scandar Copti (Jaffa, 1975), concluyeron que la única manera en que podían conformar un relato en torno al conflicto en Medio Oriente era no sólo trabajar unidos, sino participar a partes iguales en la realización fílmica, desde el guión, la dirección y la producción.
El resultado fue la exitosa cinta Ajami (Alemania-Israel, 2009), cuya narrativa parte del modelo de historias cruzadas con varios personajes pero que, a diferencia de buena parte de los filmes que echan mano de este recurso, no acaban confluyendo hacia el final sino que cada punto de vista va, progresivamente, intercambiando los roles de víctimas y de victimarios, de culpables e inocentes; en fin, sus gradaciones morales y éticas, para acabar mostrando personajes mucho más complejos, víctimas de la vida cotidiana en Tel Aviv, particularmente en torno a Jaffa.
Por ejemplo, Omar, un joven palestino musulmán, es blanco de una banda gangsteril de beduinos, luego que su tío matara al emisario que le cobraba por protección y fuera baleado y dejado paralítico. Pero al mismo tiempo está enamorado de Hadir, la hija de Abu Elias, un líder comunitario en Jaffa cuya familia es árabe católica. Y acabará intentando vender droga para saldar la deuda que un juzgado beduino le impuso para terminar con las venganzas y salvar la vida.
Y las historias siguen: la del joven Malek, inmigrante palestino que trabaja ilegalmente en el restaurante de Elias para pagar el trasplante de médula de su madre hospitalizada. El policía Dando Ben David cuyo hermano desapareció y que, tras hallar sus restos en una cueva mira a cualquier árabe como su enemigo mortal. Ah, y el cocinero Binj -interpretado por Copti-, cuyos amigos amagan con abandonarlo por desear irse a vivir con su novia judía.
Tras su estreno en el Festival de Cannes, donde mereció una Mención Especial de la Cámara de Oro; de ganar en Londres el premio a Mejor Primer Filme y arrasar con los Ophir, los premios de la Academia de Cine en Israel, Ajami fue nominada al Oscar a Mejor Película en Lengua Extranjera. Ahora, con distribución de Canana, la cinta se encuentra en la cartelera mexicana, lo que permitió la siguiente charla con su codirector Yaron Shani.

-Los sitios donde rodaron la película son áreas muy complejas y en ellas tocan asuntos políticamente muy comple- jos. Y lo reflejan en las microhistorias en los alrededores de Jaffa.
-La cosa es que cuando estás en medio del conflicto es cuando comprendes a la perfección por qué la gente que lucha y se hiere en la guerra ve al otro bando como completamente maléfico. Pero si miras la realidad desde su punto de vista entiendes que esta es una tragedia humana, que pelean por justicia, por la verdad, por algo querido, por la gente cercana, pero son conceptos distintos, y esa es la razón por la que peleamos entre nosotros.

-No filmaron con actores profesionales, sino con la gente de la localidad, y encontraron en ellos un alto sentido de la solidaridad, pese a que viven en zonas peligrosas.
-Todo el mundo es una buena persona y tiene hondos sentimientos. Incluso alguna vez conocí a un traficante de drogas que era muy duro, muy rudo, pero vio una pequeña mosca sobre el piso y la tomó con gentileza hacia la ven- tana para que nadie la pisara. Esta es la verdadera naturaleza del ser humano: este hombre a su manera responde al sistema que lo rodea. El problema no son las personas, sino el sistema. Para los soldados palestinos e israelíes el otro bando es el diablo. Un soldado israelí puede hallarlo en un niño que ayuda a mantener a salvo a su familia y a su gente, un niño simpático, bueno y decente. Y lo mismo en el otro bando, la gente que combate para liberar a los palestinos de la ocupación les parecen héroes, personas preocupadas por la injusticia, pero para los israelíes son terroristas. Por eso es que hablo de este gran sistema que hace que la gente se mate y se lastime, y es algo que necesitamos entender.

-¿Hace cuánto conoció a Scandar Copti y cómo decidieron trabajar juntos?
-Estudié dirección de cine en Tel Aviv, entre 1996 y 1999; ahí tuve el primer borrador de la película y desde entonces supe que no podía hacerlo solo, porque soy un judío israelí y en ese entonces no sabía árabe, así que buscaba a alguien de ese barrio para colaborar con él. En 2001 dirigí un festival estudiantil de cine y ahí conocí a Scandar, que había hecho un cortometraje amateur para nosotros. No había estudiado cine, era un ingeniero mecánico; pero tenía esa chispa, era un tipo muy interesante, es un actor natural y sabe cómo contar historias. Así que le pregunté si quería unírseme y escribir el guión juntos. A él le encantó la idea porque actuar y hacer películas era un sueño de su niñez, y ahí comenzamos. Nos volvimos muy buenos amigos y decidimos hacer la película juntos e igualitariamente, al 50 y 50 por ciento, como directores, guionistas y productores. Hicimos juntos ese filme porque era el proyecto de nuestras vidas. Nos sentíamos como hermanos en armas, como un par de soldados que peleaban, espalda con espalda, contra el mundo entero para lograr hacer esta película.

RESPETO
en árabe y hebreo

Cuando Ajami ganó el premio Ophir a Mejor Película por parte de la Academia Israelí del Cine y Televisión, se impuso a la película ganadora del León de Oro en la Mostra veneciana: Líbano (Lebanon, 2009), de Samuel Maoz. De esta manera, sorpresivamente, la cinta codirigida por Yaron Shani y Scandar Copti fue inscrita para competir por el Oscar a Mejor Película en Lenguaje Extranjero, resultando una de las cinco nominadas. Era la primera cinta hablada en árabe, además de hebreo, en representar a su país en la ceremonia hollywoodense.
-En Tel Aviv, en Jaffa, en Ajami -plantea Shani- escuchas que la gente habla en árabe y en hebreo. Algunas personas conocen las dos lenguas, otras sólo una y viven juntos. Provienen de distintos lugares, comprenden la historia completamente diferente, en muchos términos son enemigos, desconocen la lengua materna de sus vecinos… pero viven juntos. Esto de las lenguas es la naturaleza de la realidad, no intentamos escribirla así. Cuando caminas en Ajami son las lenguas que escuchas. Claro, la mayoría de las películas israelíes están habladas en hebreo, pero en Israel puedes escuchar muchas lenguas: ruso, árabe, hebreo, inglés, yiddish.

-Y, claro, ese y otros factores dan al filme una alta incorrección política para todas las facciones.
-Sí. Eso es otra cosa, no podías hacer esta película si eras un judío israelí o un árabe palestino, necesitabas la colaboración de alguien que viniera de un lugar completamente distinto. Para realizar este filme tuvimos que aprender a respetarnos mutuamente, oírnos uno al otro y a ser completamente tolerantes. Queríamos entendernos con el fin de crear una película verdadera, una pieza de arte real acerca de gente real.

-En la película existe una permanente sensación de tensión, todo mundo está preocupado, en peligro o con muchos problemas. ¿Es una sensación común para la gente que vive en el área?
-Todo ser humano experimenta mucha tensión en su vida. Todos tenemos problemas. Pero cuando llegas a un barrio como Ajami, en el que te rodean los crímenes y la violencia, donde un niño inocente es asesinado en la calle porque alguien piensa que es un criminal, los problemas van al extremo. No es que todos los días maten a alguien y tengas violencia y problemas de manera continua. Pero incluso si pasa una vez al mes, se convierte en la realidad para la gente que atraviesa por esa experiencia. Es parte de sus vidas. El crimen, la violencia, el odio y el racismo son parte de la vida de todos los que viven ahí.

 

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (26/XII/2011).


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