Marcelino Islas y las tribulaciones de su septuagenaria Martha

Concibo el cine como un acto de sanación

Por Sergio Raúl López

Si millones de obreros no hallaron otra salida, ante la desesperación, más que la destrucción de las maquinarias con que eran sustituidos durante la Revolución Industrial; un par de siglos más tarde, ante la transistorización y la informática, a los trabajadores contemporáneos -en una era como esta, consumista y neoliberalista- no les resta sino desaparecer silenciosamente.

Marcelino Islas Hernández.

Y como triste metáfora de esa realidad hallaremos a la solitaria e indefensa anciana que observa, absolutamente impotente, que una simple computadora personal y una programadora sustituirán las minuciosas labores de las que se ha encargado a lo largo de varias décadas. La muda desesperación le impide siquiera considerar el retiro y la pensión como nueva forma de vida, sino va construyéndose, gradualmente, la idea del suicidio como única forma de enfrentar la inaplazable situación. En su día de descanso, claro, para no alborotar la oficina, para no importunar.
De manera notable, resulta que Martha (México, 2009), ópera prima y proyecto de tesis de Marcelino Islas Hernández, no pretende, en modo alguno, convertirse en una cinta de denuncia en torno al abandono en el que vive no sólo su septuagenaria protagonista sino, en general, la gente vieja en la sociedad actual, así como tampoco busca convertirlo en un agridulce melodrama moralino con final edificante para público palomero, sino que retrata, con gran sencillez, la rutinaria forma de sobrevivencia de una persona que enfrenta, de súbito, el abismo no del desempleo sino del motivo en torno al cual vive: ser una archivera en una compañía de seguros.
Es, además, fruto de un equipo completamente estudiantil, pues se trata del primer largometraje producido por la primera generación de egresados de la Universidad Centro -institución privada de educación superior fundada en 2004- rodado en una cámara Aaton-Minima en super16, con un costo de 200 mil pesos y que ha tenido una existencia más que sorpresiva, pues su estreno mundial ocurrió en la Semana de la Crítica de la Mostra de Venecia en 2010 y ha recorrido una decena y media de festivales, destacando su paso por el de Motovun, en Croacia, donde se alzó con el premio Fipresci, y Expresión en Corto, de Guanajuato, donde ganó una Mención Especial. Ahora, además de formar parte de la 53 Muestra Internacional de Cine, la Cineteca Nacional adquirió sus derechos de distribución para exhibirla en sus instalaciones y por el resto del país.

-¿Cómo pensó en un personaje de la senectud como protagonista, que trabaja, además, como burócrata?
-Fue muy azaroso que fuera una persona de la tercera edad. El personaje surgió, sin pensarlo, en la clase de Paula Markovitch, en un ejercicio sobre un personaje que tuviera 70 años. Toda la estructura y la historia se desarrolló en esa clase, a la que sólo fueron cuatro personas. Mucha gente quiere estudiar cine, pero no mucha quiere comprometerse a hacerlo. El rigor es una cosa básica. Ahora doy clases en Centro y, si no lo posees, no puedes enfrentarte a la realidad cuando tienes que capturarla. El cine es como un juego de azar al que hay que llegar con todas las armas posibles.

-Es una forma de producción muy de resistencia, muy guerrillera. ¿Creyó que este largometraje tendría los alcances que ha tenido?
-Uno siempre sueña con sus cosas, como llegar a un festival clase A y piensas en Cannes por default; pero en realidad yo quería hacerle un homenaje a mi mamá para sanarle heridas a ella y sanarme otras a mí: ese era el objetivo principal al hacer la película. Para todos fue nuestra primera película: fue el primer protagónico de Magda [Vizcaíno] y para Penélope [Hernández] fue culminar todos los ejercicios que hicimos en la escuela; pero para mí como autor era hacer este homenaje a mi mamá. Hay guiños muy chiquitos en toda la película dedicados a ella. Y creo que así de azarosa funciona la vida, es un capricho de quién sabe quién. No creo en Dios, pero sí pasan cosas.

-Además de reflejar la dureza de la vida cotidiana y sin buscar una denuncia o perseguir la causa del olvido a los ancianos, muestra una cierta realidad…
-Decidimos hacerla sin denunciar nada. No es que la señora se vaya a morir, sino se da cuenta que no hay razón por la que deba seguir viviendo… y se acabó: va a suicidarse el viernes, porque no quiere faltar al trabajo, siente que es la única función que ha tenido en la vida. Y eso es lo que hace el personaje. El de Sonia (la amiga de Martha) ya está fuera de este mundo, y creo que muchas veces funcionamos así.

-Seres que en la rutina mantienen un rol de normalidad, pero que fuera de ella tienen serios problemas patológicos.
-Problemas complejos como los del suicidio. Va en la combi como cualquier otra persona, pero ella se quiere matar. Fue muy interesante lo que el azar nos dio al filmar en Tultitlán.

-¿Cómo planearía la producción de una nueva película, costaría más o menos lo mismo?
-No. Tendría que costar menos, porque no tengo dinero. Me da miedo decirle a mi esposa y a mi hija que me voy a gastar todo el dinero que tenemos guardado para hacer una película que no nos va a hacernos recuperar económicamente, pero en la que me voy a expresar… aunque si se enferman no tengo de dónde sacar dinero. No puedo. Entonces tengo que encontrarme mi propia manera de hacer cine más barato con mi cámara fotográfica Canon EOS 550D y con el Potro como fotógrafo, que ya aceptó. En Martha tuvimos un montón de problemas con el sonido, por lo que decidí doblar la próxima cinta. Me gustan mucho las películas dobladas del tipo Hiroshima mon amour (1959, de Alain Resnais), que te da esta sensación tan especial, este ánimo de que la escuchas como si estuviera dentro de tu mente. Quisiera, como propuesta, que fuera un doblaje evidente. Es lo que quiero hacer para no tener al sonidista ahí. Puedo filmar con mi esposa, Penélope, ni ella ni el Potro me cobran, pero me gustaría en algún momento poder pagarle 70 mil pesos para que deje de hacer comerciales. Pero es difícil. Entonces concibo el cine más como un acto de sanación.

CINEASTAS
y panaderos
Los productores y el director calculan que producir Martha tuvo un costo en efectivo de 200 mil pesos, claro, tras ganar un premio monetario en Rondas FICCO -30 mil pesos-, emplear sin costo el equipo que posee Centro, recibir un gran descuento en filme de la Kodak, además de vender algunas cosas, y utilizar un par de casas de interés social en Tultitlán prestadas para la locación principal. Así se resolvieron cuestiones como evitar pagar una planta de luz o rentar las locaciones donde instalaron las oficinas de la aseguradora en que trabaja la protagonista. La producción empleó recursos mínimos y la explicación es muy sencilla para Marcelino Islas:
-Así es como tiene que hacerse cine en México. Si necesitas una botella de agua, pensar en cómo conseguirla y no en cómo la consiguen los gringos en Hollywood, porque nosotros no tenemos su varo ni nuestras películas esa distribución.

-Más allá de la creación cinematográfica, ¿concibe al cine como un mecanismo complejo de circulación industrial?
-Siendo sincero, repito, lo concibo como un ejercicio de sanación. Me gustaría que también fuera una forma de vivir, pero no es así. Sé que para ganar dinero tengo que hacer otras cosas, lo que también está bien porque es lo que nos toca en el país en que vivimos. Cuando los comentaristas de televisión nos dicen que algún jugador de la selección de futbol de Trinidad y Tobago es panadero, resulta chistoso; pero si lo ves fríamente el futbol es un gran negocio en México, como lo es el cine en Estados Unidos. Entonces, hacer cine de esta manera en México equivale a ser futbolista de Trinidad. Estoy consciente de que si pones Martha en la cartelera de Cinépolis o Cinemex la gente preferirá ver Shrek 10 y Harry Potter 9, porque le cuesta mucho trabajo ganarse el dinero para poder ir al cine y yo respeto que quieran ir a divertirse con sus hijos, entenderle bien a la película y tal. Entiendo que para que la gente fuera a ver mi cine necesitaría un cambio de educación y además ganar más dinero.

-¿Qué tipo de salas necesita el nuevo cine mexicano?
-Aunque tengas un cine lujoso, con mil lugares, una sala súper cómoda para la gente, que la proyección sea increíble, que el foco sea preciso, si no existe un proceso de educación previo, las salas seguirán funcionando igual. Aunque tengas una Cineteca en cada estado, funcionaría igual. Y si cambia la educación cambiarían todo tipo de cosas, la manera en que interactuamos y, después, en la que vemos cine, porque ya que se está tranquilo, sin preocuparse por las cosas principales: comida, vestido o casa, podemos ir a ver un cine que nos cuestione.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (28/XI/2011).


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