Béla Tarr y el caballo que se encontró con Nietzsche

No me importan los personajes, busco personalidades poderosas

Por Sergio Raúl López

El episodio ha sido bastante difundido: al mirar un caballo, detenido a mitad de una plaza, ser azotado por su dueño, Friedrich Nietzsche se abrazó a su cuello para protegerlo y, sollozando, le pidió perdón a nombre de la humanidad. Una década más tarde el filósofo moriría mudo y loco. Béla Tarr decidió filmar una cinta al respecto, contando, claro, lo ocurrido al equino.

Béla Tarr.

No son los discursos grandilocuentes ni los actos trascendentales, mucho menos las grandes personalidades, los que le interesan al cineasta húngaro (Pècs, 1955) de inocultable y personal estilo fílmico, sino la rutina cotidiana. Especialmente en pequeños cuartos o en apartamentos hacinados. La vida común de pequeñas comunidades en descomposición, los dramas familiares de aristas amorales, los conflictos rutinarios de cualquier individuo frente al obstáculo de la burocracia conforman sus relatos. Pero no se trata de la mirada de un cineasta que explora desde afuera a los desposeídos, sino de uno que enfoca la lente en sus amigos y cercanos. De las comunidades con las que convive. En fin, de un hombre que sencillamente retrata de manera directa, clara, sin tapujos su realidad.
Y que no teme romper las convenciones cinematográficas. Que puede iniciar una historia con diez largos minutos de contemplación a unas vacas y perros en una granja que acabará desintegrada (la extraordinaria Sátántángo, 1994, de siete horas y media de duración) y que explora frecuentemente con el ritmo semilento de una cámara que realiza largos planos secuencia y se desplaza lateralmente, va acercándose o alejándose parsimoniosamente, y muestra lo mismo panorámicas que close-ups de un mundo peculiar, donde el drama es protagonizado no sólo por personas sino por edificios, por animales e incluso, por la bruma, el aire, las hojas que vuelan.
Un creador que es capaz de competir por la Palma de Oro en Cannes, en 2007, con una cinta que entregó con un retraso de dos años por el suicidio de su productor y que volvió una referencia definitiva en el mundo del cine de autor El hombre de Londres (2007, a partir de la novela de Georges Simenon), o de adaptar a un novelista tan exigente como László Krasznahorkai, autor de Filosofía de la resistencia -publicada en español por Editorial Acantilado-, para una cinta tan compleja como Las armonías de Werckmeister (Hungría-Italia-Alemania-Francia, 2000), un escritor que frecuentemente aparece como su guionista, y que conforma un equipo de trabajo que incluye, además, al músico y actor Mihály Vig y la editora, esposa y codirectora del cineasta en sus dos últimos filmes, Ágnes Hranitzky: El caballo de Turín (2011), en torno al episodio nietzscheano –con la que ganó el Oso de Plata y el premio FIPRESCI en la Berlinale–, y las referidas líneas arriba.
Tarr vino a México como invitado del noveno Festival Internacional de Cine de Morelia y fue objeto de una retrospectiva en la Cineteca Nacional, además de que su cinta más reciente -y aparentemente la última que hará-, El caballo de Turín, forma parte de la quincuagésima tercera Muestra Internacional de Cine, gracias a la distribución de ND Mantarraya. Y fue gracias a esa visita que se logró la siguiente charla con el elusivo realizador húngaro que, de entrada, niega toda influencia fílmica en su obra:
-Me refiero a los verdaderos realizadores de cine, que cada uno de ellos posee un punto de vista diferente, una reacción distinta. Cada cineasta piensa diferente y no podemos influirnos mutuamente entre nosotros. Esto tiene que ver solamente con nosotros mismos, no con los demás.

-¿Cómo es que prefiere filmar en blanco y negro sobre la película en color?
-¡Mmm!, bueno, en algunas ocasiones prefiero el blanco y negro sobre el color, por supuesto, cuando me siento mucho mejor ocultando algo en la oscuridad, en lo negro, o colocar algún punto de luz para disminuir lo visible, lo que requiere una gama de grises. Yo puedo ser un pintor con los claroscuros.

-Noto una obsesión recurrente por la luz que penetra por las ventanas en sus cintas. ¿Qué significan en su obra?
-¿Sabes?, a mí realmente me gusta cuando algo se ilumina. Nunca hago tomas de interiores, siempre me siento más cálido en los exteriores. Cuando estamos sentados en un cuarto necesitamos y queremos sentir que algo conecta con el exterior, con el mundo exterior; ésa es la razón, me resulta de una tremenda importancia lograr una conexión entre el exterior y el interior. Y eso significa una ventana, por ejemplo.

-¿Cómo elige los rostros y a los protagonistas de sus filmes, cómo es que decide incluirlos en sus narraciones?
-Primero que nada a todos los conozco desde largo tiempo atrás. Eso es seguro: son cercanos míos. Y lo segundo es que siempre estoy atento a las personalidades fuertes. No me importan los personajes de la historia, siempre busco a personalidades poderosas. Y cuando las siento y sé cómo van a reaccionar en una cierta situación, los incluyo. Porque en verdad ellos nunca estarán actuando sino estarán siendo.

-Muy frecuentemente también elige la opción de emplear iluminación natural en sus escenas.
-Sí, usualmente empleo la luz natural; pero también con frecuencia empleamos una que otra lámpara de iluminación porque si queremos una toma que ocurra en interiores muy oscuros, por ejemplo, necesitaremos algunas luces de interior.

-¿Cómo fue encontrando ese ritmo personal para mover la cámara, para hacer paneos, para filmar?
-¡Alto, alto! Yo podría preguntarle a la inversa: ¿cómo es que cocinas? Es que cada persona es distinta. Y, simplemente, ése es mi estilo, me gusta mucho cuando la cámara se está moviendo y en ocasiones hacemos un acercamiento y luego muestro una imagen panorámica. También podemos lograr un tratamiento perfecto entre dos imágenes. Al final es un proceso muy fluido, pero no la realizamos en la sala de edición sino hacemos los cortes con la cámara misma.

-¿Se consideraría usted un filósofo del cine?
-No lo sé. De eso no tengo idea. Yo no pienso sobre eso. Ésa será su opinión y la de otras personas, pero no es la mía. Realmente yo no pienso acerca de ello. Lo siento.

Simplemente lo que soy

Si de hablar de obras inconfundibles se trata, Béla Tarr integraría cualquier lista de autores cinematográficos absolutos. No pasa un segundo de su cine sin identificarlo como una película suya. Pero no debemos confundirnos: sus preferencias artísticas, más que como cineasta, provienen de su persona. Y así es como él lo establece:
-El cine que yo hago es una reacción mía. Es la manera como veo al mundo. Yo realmente ignoro cómo filman o cómo hacen otros cineastas para hacer películas, porque cada uno lo hace diferente. Simplemente es lo que soy.

-¿El cine es un arte o simplemente es trabajo duro?
-La realización de cine algunas veces lo es, claro, cuando debes levantarte a las cuatro de la mañana y acudir a un sitio muy frío, donde te congelas, y tienes que esperar a que amanezca para comenzar la filmación, sí. Son pasos muy duros. Pero por otro lado cuando estás trabajando y sientes que sí, que algo está ocurriendo, que lo tienes entre las manos ha logrado algo, esa es realmente una muy buena sensación. Se siente muy pero muy bien crear algo que no comprendías y que no existía previamente.

-¿El premio en Berlín cambió algo?
-No, nada cambió, nada.

-Quizá tener audiencias más grandes.
-Estoy contento de ver que gradualmente más y más personas miran mis filmes, por supuesto, y todavía me pone más contento cuando miro que les gustan y aún más cuando veo que siguen incrementándose. Eso es total y suficientemente bueno para mí, es el mejor y el más grande premio que puedo recibir.

-¿Cómo decidió convertirse en cineasta?
-Sólo ocurrió. Cuando realicé mi primer filme y carecíamos de recursos, sólo teníamos material durante cinco días y yo quería que fuese un largometraje. Sencillamente comencé. No sabía nada respecto de la creación cinematográfica, simplemente lo hice. Cuando hice mi primer largometraje no le dejé nada a las circunstancias, ni hice caso de cómo debe verse una película: tuve el entendimiento de que tenía que hacerlo como si fuera la vida real. Eso fue todo.

-Pero el cine finalmente es un engaño…
-Yo puedo asegurarle cómo va a funcionar, pero no puedo darle ninguna receta ni ninguna solución. No puedo ofrecerle ningún camino. Sólo soy un cineasta pobre que desea mostrarles lo que piensa, lo que siente.

-¿Usted filma el corazón de su país, de su gente, de sus cercanos?
-Yo pienso que la gente comprende, que la gente lo entiende, y eso es la vida.

Fotograma de El caballo de Turín.

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (14/XI/2011).


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Una respuesta to “Béla Tarr y el caballo que se encontró con Nietzsche”

  1. M'onica Mendez Says:

    maravillosa pel’icula …..maravilloso director

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