El temido Jorge Ayala Blanco, medalla Salvador Toscano 2010

Fue fundamental encontrar mis raíces en la literatura mexicana

Por Sergio Raúl López

La casi cincuentenaria trayectoria de Jorge Ayala Blanco podría resumirse, si tal es posible, en torno a una solo oficio: la cinefilia polivalente. Crítico de cine, sí, pero también decano del CUEC, autor de numerosos libros ensayísticos, investigador de la más amplia cartelera mexicana, es ahora recipiendario de tres medallas sincrónicas: la Salvador Toscano, la de Filmoteca de la UNAM y la de 40 años como docente.

El maestro Jorge Ayala Blanco en su estudio. Foto: Sergio Raúl López.

El apodo con que le bautizaron sus alumnos en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) basta, por sí sólo, para adivinar el temor, más que respeto, que provoca su trabajo: “el Ayatollah Blanco”. O saber que, en 1991, por una crítica publicada, debió enfrentar un millonario juicio por daño moral, emprendido en su contra por Arturo Ripstein y productores que le acompañan. Pero más que nada, es el trabajo tenaz, duro, permanente, el que le ha convertido en la voz más acreditada a la vez que más radical y polémica de la crítica de cine en México.

Pero más que significarse como una institución de la crítica de cine en México, Jorge Ayala Blanco (Ciudad de México, 1942), representa la anti institución, la oposición a la mentalidad media, la postura intelectual incómoda, el ejercicio de un personalísimo estilo literario, en fin, el triunfo del pensamiento crítico por sobre los intereses de la industria del cine.

Y su ejemplo es la mejor demostración de que la fuerza de la palabra escrita y el poder del pensamiento acaban imperando, aún por encima de todas las modas pasajeras fílmicas, de las simulaciones culturales, de las imposiciones de los grupúsculos en el poder y de los dictados imperiosos del poder económico absoluto que representa la industria Hollywoodense. Lo demuestra, faltaba más, que en este mes de mayo se hayan concatenado tres importantes reconocimientos a su trayectoria. La Medalla Salvador Toscano al Mérito Cinematográfico 2011 –entregada por primera en razón de la trayectoria como investigador, docente y analista–, en entrega bifurcada primero de un diploma y cheque entregados en la Cineteca Nacional y al día siguiente la condecoración en el Palacio de Bellas Artes, durante la quincuagésima segunda gala del premio Ariel. Previamente, la Universidad Nacional Autónoma de México le entregó la Medalla al Mérito Académico por 40 años de servicio. Y para rematar, este año también recibirá, junto con María Luisa Amador, la Medalla de la Filmoteca de la UNAM, en reconocimiento a su investigación de la Cartelera cinematográfica 1912-1989.

Ya había sido reconocido con el Premio Universidad Nacional 2006. Pero esos galardones valen menos que el reconocimiento de los numerosos lectores que lo buscan fervientemente. El mejor de los homenajes, sucinto, sintético, proviene del eximio arquitecto Juan José Gurrola, en un correo electrónico suyo recibí la siguiente frase: “Prefiero leer a Ayala Blanco que ir al cine”. No podría estar más de acuerdo.

Fruto de una larga entrevista reciente, son los párrafos siguientes. Jorge Ayala Blanco en su jugo (declarativo):

El centro Mexicano de Escritores y La aventura

Tenía 23 años cuando me di cuenta que alguien debía estudiar en serio todas las películas que se habían hecho en el cine mexicano, verlas y hablar de ellas o por lo menos establecer un primer mapeo. Y nadie lo había hecho. Incluso el Centro Mexicano de Escritores (CME) ya le había otorgado la beca a alguien para escribir ese libro que yo quería, a Carlos Monsiváis, que obviamente no escribió nada, no hizo ese libro maravilloso de cine mexicano. En 1965 me dieron a mí la beca del CME y fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida. Ya escribía yo crítica de cine, ya daba clases en el CUEC, pero me faltaba ese impulso ensayístico que solamente me podía dar la literatura mexicana. Imagínate, encontrar que tus monitores eran los dos grandes escritores, las raíces de toda la literatura mexicana moderna, o sea Juan Rulfo y Juan José Arreola. Y como figura patriarcal el presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, el gran filólogo Francisco Monter. Trabajar un libro sobre cine con esos asesores fue maravilloso. Cuando apareció, fue La aventura del cine mexicano. Luego, cuando se me ocurrió actualizarlo, salió aún más largo y el libro tuvo que publicarse en dos tomos, La búsqueda del cine mexicano. Y todo mundo me hacía el chiste: “¿y cuándo sale la C?”. Entonces pues sí, después publiqué La condición del cine mexicano, y ahí está el origen de mi serie de libros sobre cine mexicano, de la que actualmente se ha publicado la H, La herética del cine mexicano y ya está terminada la I y la J, La ignominia del cine mexicano y La jodidez del cine mexicano. No es cierto, no se van a llamar así, pero les digo de cariño. Ya están terminados, algún día saldrán porque hay problemas gruesísimos de edición en México, la realidad cultural se nos cayó encima.

Al cine mexicano le doy otro enfoque, más ensayístico. Lo que hago es ver cualquier película mexicana, ninguna se me pela, bueno, ahora con la cantidad de sesenta o setenta películas anuales tienes que hacer una selección, y con eso vas organizando los libros, pero ya con otro lenguaje.

 

Decano del CUEC

Soy lo que en México llaman el maestro decano. Tengo 48 años dando clase en el CUEC. Siempre hago la comparación que le daba yo clase a alumnos que me duplicaban la edad. Imagínate tener que dar clases y luego la parte de ver todas las películas, porque soy un ambicioso, me gusta ver todas las películas y escribir de ellas, es aterrador, tienes que verlas todas. Para mí es una delicia porque estos años de impartir tres materias histórico-analíticas significa estar rehaciendo siempre las películas. Afortunadamente, soy profesor investigador de tiempo completo en el CUEC y eso me permite extender mis actividades, multiplicarlas y, sobre todo, no cansarme de ninguna de ellas.

Soy maestro del CUEC desde 1964, pero realmente tienes que metamorfosearte, ser varias personas al mismo tiempo. Si sólo me dedicara yo a alguna de ellas, me sentiría la gente más frustrada de la tierra, sería atroz. Imagínate, dedicarte exclusivamente a la investigación filmográfica, sólo a las carteleras: enloqueces. O exclusivamente ver cine mexicano: te pegas un tiro al tercer día. O nada más ver cine extranjero: vivirías en una galaxia que no existe, nunca aterrizas. Sólo dar clase: la frustración absoluta, quisieras filmar todas las películas que hacen tus alumnos o bien castrar a las generaciones porque si yo no pude hacer películas que nadie las haga.

 

Cartelera cinematográfica 1912-1989

Yo, a los 13 años, me la pasaba en la Hemeroteca Nacional y le tomaba un enorme interés a hacer listas de películas. El puro placer de hacer listas de películas. Los periódicos viejos siempre han ejercido para mí una fascinación, que no es más que el diez por ciento de la que ejercen sobre María Luisa Amador. Para una exposición que ella preparó para el CUEC y la Filmoteca de la UNAM sobre la exhibición de cine en México me dijo que había hecho una lista de películas. Era un primerísimo levantamiento-conteo, pero le dije que era valiosísimo, que podríamos hacer algo que siempre había soñado. Encontramos una manera muy independiente de trabajar, muy autónoma. Toda la parte hemerográfica la hace María Luisa y toda la parte de investigación bibliográfica, Internet, la parte mecanográfica y la organización la hago yo. Es, realmente, la retroalimentación perfecta. De otra manera no se explica que nos hayamos aguantado 36 años trabajando juntos. Afortunadamente, tuvimos bastante apoyo por parte de publicaciones de la UNAM y del CUEC. El trabajo en su conjunto realmente revive el interés por el conocimiento cinematográfico.

El Financiero

En 1989, cuando empecé a escribir en la sección de cultura de El Financiero, en la que Víctor Roura me permitió escribir los lunes y los miércoles. Entonces a los lunes le llamé Cinelunes exquisito y hablaba de películas principalmente de la cartelera alternativa, y por otra parte estaba el Cinemiércoles popular, que principalmente era cine mexicano. Hablaba con dos regímenes de lenguaje distintos, como si fuera yo dos personas: uno lleno de lenguaje coloquial y el otro, al contrario, con todo el lenguaje especulativo ensayístico que se me pegara en gana, con citas de Deleuze o de Nietzsche, y que se convirtió, a la larga, en una manera de ampliar tu gama de posibilidades expresivas a través del lenguaje. Lo de fundir las palabras-racimo o palabras-chorizo, es un poco una especie de manía. Somos lo que escribimos, las limitaciones de un ser humano son las limitaciones de su lenguaje, mientras más amplia es esa gama, es más rico es lo que escribes, sin duda alguna.

Entonces, basándome en ese –para mí–, inamovible principio, desarrollé otro estilo para acercarte a las películas, uno totalmente ensayístico y otro totalmente capsular que es el del cine extranjero. Entonces prácticamente estoy escribiendo un libro por entregas a través de mis artículos periodísticos los lunes en El Financiero, con un estilo que evidentemente me inventé, incluso hasta con mi propio lenguaje lleno de ayalismos. Hace diez años que no escribo de cine mexicano en esas páginas, lo reservo para los libros.

Limitaciones de la crítica cultural

La ideología del consumo y la ideología del éxito: cómo va a ser mala esta película si tiene tantos espectadores. Y la crítica asimilada al marketing y a su ideología: lo bueno es lo del alto consumo, lo bueno es la película que está siendo promovida y que tuvo un alto rendimiento en todas las salas hegemónicas del cine estadounidense. Entonces, hay que tener el valor de decirles: no señores, la que tenía interés era esta pequeñísima peliculita mexicanita, argentinita, lo que sea, que tuvo que estrenarse con cinco copias como La nana, La vida útil o la tailandesa de La leyenda del tío Boonmee, la única de Apichatpong Weerasethakul que se ha estrenado en México en cartelera, un cineasta de culto para todos los chavos a los que les interesa realmente el cine, y que rompe profundamente con todo lo que sabemos del cine de género norteamericano, con el modelo impuesto desde los años treinta y de pronto queda dinamitado por simple película de bajísimo presupuesto que además fue premiada en Cannes por Tim Burton, quien acababa de romper todos los récords de presupuesto de cine fantástico con una película que no vale lo que vale esta, que es Alicia en el país de las Maravillas.

Es necesario saber que escribir sobre cine desde un enfoque cultural tiene limitaciones. Usas un lenguaje que a mucha gente le irrita, a veces, la sola idea de que escribas de esa manera. De pronto estás viendo un concierto y a la salida te mientan la madre: “¡es que no se te entiende!”. Perdón, pero escribo en castellano. Además, me inventé un lenguaje y qué, tengo todo el derecho, no tengo por qué escribir como hablo. Nadie tiene la obligación de escribir como habla, sino, al contrario, compactarlo de tal manera que tu espacio realmente sea aprovechado al máximo. Todo espacio es valiosísimo, te están concediendo el privilegio de utilizarlo para desmontar una película. Por eso escribe uno casi en clave, porque quieres decir lo más con lo menos. Lo que quieres es establecer el diálogo con el lector en función de lo que tú viste y de lo que él vio, no lo que la mentalidad media dice que tiene que verse en esa película, no. Tú viste algo, hay que rescatarlo precisamente con ese espejo que es la crítica de cine. Es un propósito, si tú quieres, muy difícil, pero que hay que intentarlo. Alguien tiene que hacerlo.

ayala-y-bonfil-corregida

A los maestros con cariño: Carlos Bonfil y Jorge Ayala Blanco. 
Foto: Sergio Raúl López.

Este artículo forma parte de los contenidos del  número 16 de la revista cine TOMAde enero-febrero  de 2010. Consulta AQUI dónde conseguirla.


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