Francisco Athié recrea las postrimerías de la Nueva España

Desde el Virreinato éramos ya  un país

que juega con las dos caras de la moneda

Por Guillermo Vega Zaragoza

La Ciudad de México en los últimos años de la época virreinal, era una sociedad sofisticada y definitivamente un gran crisol para el mestizaje no sólo indígena y español, sino africano, francés, italiano, árabe y un largo etcétera. En El baile de San Juan, Francisco Athié intenta retratar esa época de la que se preservan muy pocos rastros.

El cine todavía puede ser un trabajo de descubrimiento y de exploración, tanto para el cineasta como para el público, piensa Francisco Athié. “El trabajo del artista es hacer preguntas, no necesariamente encontrar respuestas. Éstas vienen después, cuando observas todo terminado”. Por ello, afirma que lo más satisfactorio de la realización de la película El baile de San Juan (México, 2010) ha sido el descubrimiento del tema y la investigación que hizo durante tres años ­–de 2004 a 2007– para encontrar la historia que quería contar en el celuloide.

“Mi deber como director es plasmar una historia, no criticar la época ni las circunstancias sociales o históricas, simplemente contar una historia sobre las raíces de los mexicanos, que espero que contribuya a reflexionar acerca de dónde venimos, para saber quiénes somos actualmente y saber a dónde vamos”, propone.

Con la experiencia adquirida luego de haber realizado películas como Lolo (1993), Fibra óptica (1998) y Vera (2003), Athié (Ciudad de México, 1956) se enfrentó a la tarea de “mover un elefante” con El baile de San Juan, debido a la cantidad de recursos humanos, logísticos y financieros que fueron necesarios para su producción. Sin embargo, reconoce que “es igual de difícil hacer una película de cinco millones de pesos que de cincuenta millones de dólares; filmar es extremadamente difícil para cualquiera”, pues es necesario alinear todos los elementos –guión, financiamiento, productores, equipo de trabajo, actores, locaciones, vestuario…–, para que estén listos a la hora de filmar.

En este caso se trata de su primera película de época, cuyo guión fue escrito por el propio Athié, y fue financiada por inversionistas de tres países, además de México. Forma parte de los proyectos fílmicos de la Comisión Federal del Bicentenario y contó con apoyo de la Comisión Nacional para la Conmemoración de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas, de España. Los productores son Arroba Films, Foprocine e Imcine, de México; Huit Et Plus Productions, de Francia; Iroko Films, de España, y Die Versilberte Eitelkeit, de Alemania.

El elenco también es internacional. Figuran la francesa Arielle Dombasle, el italiano Marcello Mazarella, los españoles Antonio Rupérez y Pablo Paz, y los mexicanos Pedro Armendáriz Jr., José María de Tavira, Cassandra Cianguerotti, Juan Llaneras y Edna Necoechea, entre otros. La decisión de utilizar actores de diferentes procedencias tiene que ver con la necesidad de darle realismo a la recreación de la época, pues –esto lo descubrió Athié mientras investigaba para la película–, las raíces de los mexicanos no son sólo españolas e indígena, sino también francesa, italianas, alemanas y africanas, mismas que han sido negadas y rechazadas.

“No es sólo un prurito artístico sino un afán de verosimilitud. Los novohispanos hablaban y se comportaban como españoles, no como los mexicanos de hoy. Desde entonces, los mexicanos éramos más relajados, más fiesteros, cada quién agarra su relajo”, afirma durante la animada entrevista.

Entusiasmado, Athié relata el proceso que lo llevó a investigar sobre las raíces de la nación mexicana. Primero, encontró un libro sobre el Virreinato que hablaba acerca de la “herejía de San Gonzalo”, que había sucedido a finales del siglo XVIII y principios del XIX, pues corría el rumor de que la imagen de este santo hacía milagros a través de un baile comunal organizado por un sacristán indígena. El hecho escandalizó tanto a la Santa Inquisición y a la Corte que se abrió una investigación para decidir si el asunto era una herejía o no. Posteriormente, en un seminario de historia y en un libro del crítico de danza Alberto Dallal, a Athié se le “apareció el fantasma” del personaje de Jerónimo Marani, el coreógrafo de la corte virreinal. A partir de ahí decidió combinar la realidad con la ficción.

Marani fue un hombre importante, culturalmente hablando, pero fue rechazado por sus ideas. Por ejemplo, se le ocurrió crear una coreografía sobre la Conquista, algo inédito para la época. Athié decidió incluir una escena con esa coreografía, pero no sabía qué música incluir. Fue entonces que conoció a la investigadora Luz María Robles y al maestro Eloy Cruz, especialista en música popular mexicana del siglo XVIII. Robles lo puso en contacto con el violinista Samuel Máynez Champion, quien en 2002 encontró en Rusia una partitura extraviada de Antonio Vivaldi, de una obra titulada Moctezuma II. Sin embargo, el argumento no coincidía con la historia real, así que Máynez lo corrigió y le puso diálogos en náhuatl y en maya.

En la cinta, uno de los testigos de los milagros de san Gonzalo es, precisamente, Pedro Giovanni, hijo ilegítimo de Marani y de la indígena Guadalupe, quien se enamora de Victoria, una joven rebelde de familia aristocrática, que queda embarazada. Mientras tanto, sin importarle el peligro de confirmar los rumores y ser detenido por la Inquisición, el virrey acude al “baile” para curar su impotencia. En el aspecto social, ya se barruntan los aires de la Independencia.

Uno de los aspectos principales de la cinta es la reconstrucción de los edificios, los vestuarios y las costumbres de la época. Athié se encontró con que no había rastros de cómo era México en el siglo XVIII, pues “muchas cosas se destruyeron, no hay libros, no hay imágenes, nada; por ejemplo, había muy poca evidencia de cómo era el interior de la corte virreinal”. Además, estaba el problema de los escenarios. Afortunadamente, en España encontró locaciones muy parecidas a lo que debió haber sido la Nueva España en el siglo XVIII, sobre todo en la ciudad de Ronda, en Málaga, donde, por cierto, surgió la Santa Inquisición. En el caso de la Ciudad de México, por otro lado, se tuvo que tomar en cuenta que en esa época el Palacio Nacional sólo tenía un piso. “A veces se nos olvida que para el siglo XVII la Nueva España ya es una sociedad sofisticada y que para finales del XVIII España es el país más rico del mundo”, señala el director, lo cual se refleja en la diversidad de orígenes y culturas que coincidieron en México.

Además de esta búsqueda de las raíces, otro tema sobre el que gira la película es la dualidad. Todos los personajes juegan diferentes roles a la vez, explica: “En México todo es doble. Desde entonces éramos ya  un país que todo el tiempo está jugando con las dos caras de la moneda: Xochipilli es San Gonzalo; un hombre puede sentirse español pero al mismo tiempo tiene raíces indígenas; un hombre puede andar con una mujer y también ser gay; una mujer puede ser virreina y estar frustrada; un virrey puede tener todo el poder y ser impotente; un sacerdote puede ser muy devoto y tener vida sexual”.

A Athié no le interesa repetir los clichés sobre la Conquista y la Colonia. No busca enseñar sino contar una historia: “Preferiría que se abriera una discusión para aceptar que nuestras raíces son múltiples y que el de México fue el primer y más grande experimento de mestizaje en la historia de la humanidad”.

Asegura además que a él le preocupa más que el público reflexione sobre las raíces de México que celebrar cumpleaños. Lamentablemente, dice, en la actualidad “hay una lucha abierta por la herencia, a ver quién se queda con el legad histórico: si somos más españoles o somos más indígenas; cuando en realidad deberíamos tener la responsabilidad de reconocernos como mestizos, juntarnos a festejar, olvidar rencillas y empezar desde ahora a preparar los festejos del tricentenario”.

Este artículo forma parte de los contenidos del  número 12 de la revista cine TOMA, de enero-febrero de 2010. Consulta AQUIdónde conseguirla.

 


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