Quinta edición del festival de documentales DOCSDF

La realidad supera a la ficción (incluso en el cine)

Por Pau Montagud

Las primeras películas filmadas en la historia fueron documentales, no obstante, que las cintas de ficción, de entretenimiento, dominen el mercado. Pero en épocas recientes el género ha tenido un renacimiento internacional tanto en festivales como de público, en la Ciudad de México con festivales como DOCSDF.

Hace no muchos días leíamos en la prensa que Rosa Estela Olvera Jiménez, la protagonista de Mi vida dentro (México, 2007), de Lucía Gajá, puede tener una próxima revisión de su juicio, lleno de resquicios, grietas legales y prejuicios abominables, gracias a la presión social que se ha levantado a cabo tras la difusión de este premiado documental. Hace no tantos años como pareciera, en 1895, los hermanos Lumière presentaban en sociedad los primeros cortometrajes (documentales) de la historia de la cinematografía.

En efecto, el cine nació documental. No se incluyó de manera sistemática la ficción en el cine hasta la inclusión de la gran industria norteamericana del entretenimiento, misma que hasta nuestros días es el alma del negocio fílmico y, posiblemente, el cáncer de tantas y tantas cinematografías nacionales. Los éxitos de taquilla más absolutos de las primeras décadas del siglo XX eran, en efecto, documentales, hasta que las estrategias del marketing transnacional primero y la aparición de la televisión después, desplazarían el género de la no ficción al rincón del olvido.

Entre los obreros saliendo de la fábrica de los Lumière y Rosa Estela ha pasado más de un siglo pero comparten algo en común: el documental tiene relevancia tanto para el público como para la realidad sobre la que trata y, afortunadamente, vuelve a ser considerado, aunque siempre de manera “residual” un producto cultural de consumo de masas. Han pasado 115 años en los que la historia del documentalismo ha dejado innumerables hitos, leyendas, modas, revoluciones y crisis, pero siempre desde la incómoda perspectiva del “hermanito menor” de la cinematografía, desde su propia necesidad de autojustificación como hecho cinematográfico. ¿Por qué?

La causa

Es una redundancia decir que el cine documental –o de no-ficción como se le llama en los ámbitos académicos–, trata de la realidad, que toma como materia prima aquello que ocurre delante de la cámara sin ningún tipo de intervención de un equipo de producción, o al menos eso es, en teoría. También es redundancia, y prácticamente un insulto a la inteligencia del lector, decir que a los dueños de los grandes medios de comunicación –entiéndanse salas de exhibición cinematográfica como tal–,  la realidad les incomoda, y mucho. Las razones son múltiples y ninguna de ellas tiene relación con la ética, la veracidad, la imparcialidad informativa ni, por supuesto, con la calidad de las diferentes parrillas de programación.

Cualquier medio de comunicación que tenga a bien verse entre los grandes viene regido por unos intereses de empresa absolutamente alejados los de cualquier sociedad y, mucho más, de cualquier movimiento social. Es decir, para que el negocio sea cada vez más floreciente.

La diferencia que hay entre el mundo que se nos presenta en los grandes canales de televisión y el que vivimos aquí o en la Polinesia, es cada vez mayor. El tratamiento de la información viene mediado por una multitud de filtros y estrategias de manipulación que sustituyen a la censura, políticamente incorrecta en nuestros tiempos. Estas estrategias son la sobreinformación y la descontextualización

Si vemos un informativo o un programa sobre actualidades, seremos espectadores de una impactante multitud de imágenes, totalmente descontextualizadas y con la única intención de espectacularizar la información. Lo único que importa es la escenificación de la realidad, su puesta en escena; ¿Qué diferencia hay, acaso, entre la cobertura de la última Guerra de Irak por parte de la CNN y un filme bélico?

El documental es incómodo por esa razón, porque contextualiza, define los porqués y las consecuencias de las acciones humanas, invita a la reflexión y a confrontar nuestras propias verdades, a asumir o a rechazar acuerdos. ¿Podemos estar en desacuerdo con Harry Potter, Stallone o con Shrek? Si al lector le queda alguna duda, el acercamiento “más rudo” que se nos ha intentado dar de la realidad son los reality shows, precisamente uno de los géneros que más puesta en escena requiere para que unos cuantos personajes aburridos nos hablen de cómo prefieren el café con leche

Por eso el documental siempre quedó fuera de los circuitos de distribución y exhibición

La falacia

Afortunadamente el documental está de vuelta y esta vez parece que llegó para quedarse. Aunque la producción nacional e internacional esté dando buenos frutos en cuanto a calidad cinematográfica, la causa real de este auge es el hastío del público, que ya necesita de otras formas narrativas, otra forma de contra historias y otra forma incluso de emocionarse, algo que no pueden ofrecernos los héroes de Marvel

El gran error de los grandes corporativos de la comunicación ha sido tratar al público como una masa informe, conformista y carente de la capacidad de pensar. El entretenimiento se confundió con lo banal y la justificación tuvo incluso su frase marca de la casa: “porque usted lo pidió”, cuando realmente nadie tiene la capacidad de pedir nada a la cartelera hollywoodense.

Poco importa a qué sala de exhibición acudamos o qué canal de televisión sintonicemos, la oferta es la misma y ha agotado los recursos de la ficción comercial, causa directa de la enorme cantidad de secuelas y remakes a los que asistimos los domingos en la tarde. Yo no pedí la vuelta de Rocky Balboa.

La realidad

Una de las explicaciones –equivocada, pero al menos honesta–, es que el documental no es rentable. Nuevos canales temáticos, la proliferación cada mayor de la no ficción en la cartelera comercial, la creación de cada vez mayores fondos de producción y la multiplicación del público nos hacen pensar que esto es, obviamente, mentira.

Uno de los síntomas de la reactivación del género y de su aceptación por parte del público es la creación de un circuito internacional de festivales de cine documental, alguno de los cuales tienen más de 150 mil asistentes y se han convertido en una oportunidad de distribución y exhibición alternativa para los productores y realizadores de documentales y, desgraciadamente, en una ocasión única para el público de poder ver películas absolutamente maravillosas.

Hasta hace poco México estaba fuera de este circuito. DOCSDF. Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México, así como otras iniciativas como Ambulante o Docstown, nos ofrecen la posibilidad de ver películas y de conocer otras culturas que de otra manera sería prácticamente imposible

Estén atentos a la programación de DOCSDF, cuya quinta edición se celebrará del 21 al 31 de octubre porque lo que tiene por ofrecernos, seguro no lo verán en televisión.

Consulten la página: www.docsdf.com

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