Agnès Varda, la única directora de la nueva ola francesa

Me he permitido la libertad de mostrar a la persona tras la cámara

Por Sergio Raúl López

Una fronda familiar recubre todo sitio al que Agnès Varda acuda. Y le permite sentirse en su hogar sin importar los innúmeros viajes que realiza, gracias a su improbable don de volver cercanas, casi sanguíneas, a todas las personas con las que se cruza. Probablemente producto, más que de su feminismo, de su condición femenina, incluso maternal.

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Ahí estaba, en el patio de la Cineteca Nacional, como un cliente más de la cafetería, exprimiendo limones con par- simonia sobre el vaso con Coca-Cola -eso sí, light- con hielos, que sorbía con un popote. Contenta se veía. Completamente a gusto y dueña de su entorno. Con una pequeña cámara Leica –ni modo, digital– colgada de su mano y un mexicanísimo collar de chaquiras en el pecho.
Inconfundible, con su peinado de cacerola de dos colores: rojizo oscuro hacia las puntas y coronada por un círculo cano. Pero también por su sencillez proverbial. No parecía la única mujer directora de la mítica nueva ola francesa, pues su gana de vivir derruye toda aureola de santona fílmica que se le quiera ceñir a sus 81 años –contará uno más el 30 de mayo–. Tampoco el objeto de un par de reconocimientos en México: el Mayahuel de Plata en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el 18 de marzo, y una retrospectiva de seis de sus cintas en la Cineteca Nacional entre el 23 y el 28 de marzo.

“Es la cosa más interesante –platica Agnès, sin soltar la Leica–: la memoria se va pero yo no sufro, no me da pena. Me gusta esto, que el mundo es un pequeño pañuelo y es bueno saberlo, porque nunca me siento totalmente perdida. Es una cosa maravillosa, te doy un ejemplo: la mujer peruana que me ayuda en casa tiene una sobrina que vive en México y es oftalmóloga, se queda en mi casa cuando visita París y ahora que viaje a México, Sophie, la fue a visitar antier; hay 20 millones de habitantes, pero la persona de la embajada francesa que me acompaña vio antier a la persona que yo quería ver. Y este señor, Alexis Grivas, director de fotografía, me lo encontré en Guadalajara y en la Cineteca, es exmarido de Véronique Godard, que es mi amiga y además hermana de Jean-Luc. Esto me confirma que toda la vida está hecha de conexiones extrañas y acaso puedo decir milagrosa, es por eso que no me siento extranjera”.
Y quizás este dejarse ir explica su actitud afable, pues no le basta con ser en extremo explicativa, casi didáctica en sus respuestas, sino que supervisa las tomas de los fotógrafos que la retratan e incluso aconseja a los camarógrafos de cierto canal cultural respecto del sitio más conveniente para emplazar su cámara televisiva.

No se siente muy sola que digamos…
Sola sí, porque vivo sola. Tengo que asumir la soledad, que obtuve cuando perdí a Jacques (Demy, el director de cine que fuera su marido desde 1962 y hasta su trágica muerte en 1990), pero a mi alrededor tengo compañía de los amigos, de la familia, de mis nietos. Es decir que no estoy abandonada, pese a todo. Pero no sólo tengo que asumir la soledad sino el envejecer y morir, tengo buena disposición, pero es lo que me queda delante. Y tengo que aprovechar que, a mis años, hay gente que quiere mis películas, que me dicen buenas cosas, que me dan regalitos, me dan cartas y hay jóvenes estudiantes que me dicen que los inspiré. Todo eso es un placer y yo sería estúpida de quedarme en casa a tejer y dejarme envejecer y morir, porque todavía puedo aprovechar el paso del tiempo. Ahora mismo, en este mundo que es un caos, que está tan difícil, que tiene miseria y todos los problemas que sabemos, no me basta con llorar un día, no puedo.

Pocos más indicados que usted para decir si existe una mirada femenina en el cine.
Yo soy cineasta y soy mujer, de todas formas no puedo ver el mundo como un hombre. Pero mi objetivo es trabajar este medio y encontrar nuevas formas de escritura cinematográfica. Esto no tiene que ver con el género, pues las dificultades que tengo para conseguir el dinero para filmar también la tienen algunos hombres jóvenes, porque depende del tipo de cine que quieres hacer. Nunca he aceptado una propuesta de filmar a cambio de incluir, por ejemplo, a tres actores de renombre. Hace más de 50 años que trabajo con placer, y nunca sé qué puedo hacer, porque será un poco diferente y va a aportar una mirada un poco nueva. Es una mirada femenina, cierto, pero no habla solamente de las mujeres o del género.

Usted, además, siempre ha afirmado que no hay objetividad en el documental cinematográfico.
Los cosechadores (Les glaneurs e la glaneuse, 1999- 2000) es una mirada sobre la gente que tiene que comer lo que desperdiciamos, es un sujeto social muy importante. Pero yo aparezco y enseño mis viejas manos y un poco de mi pelo, como divertimento. Y me recuerdo que uno de los pobres hombres que filmé me dijo: el documental no está nada mal, pero no necesito saber tu vieja edad ni me interesa lo que dices de tus manos. Pero me he permitido la libertad de mostrar que hay una persona detrás de la cámara, que está viva mientras graba y si acaso hablo de mí y luego ya no, es una manera de no hacer un documental objetivo, porque nada es objetivo. Si emplazo la cámara aquí o allá es una decisión, con lo que quiero decir que todo documental es subjetivo, si bien con el deseo de dar informaciones objetivas, de ser serio en lo que se dice, pero no puede ocurrir que no haya nadie detrás de ello. Además yo escribo y digo el comentario, soy una persona, si hablo de otra cosa y luego regreso al tema es una manera de ser natural. Y no puedo decir que sea especialmente femenino, pero con ello reivindico que soy una mujer y una mujer feminista.

La nueva ola permitió a toda su generación ser conocida.
Hemos tenido suerte en esa época porque corrían nuevos vientos y todo mundo, en numerosos países, querían ver nuestras películas. Ahora hay cine de autor que viene de 50 países y ya no hay bastante lugar. Y, claro, las salas de cine menos quieren, porque hacen mucho dinero las tres primeras semanas de un nuevo filme y lo reemplazan con otro. Si les das una cinta de autor, te sacan muy rápido.

La seriedad no impide reír

El primer viaje de Agnès Varda a México en 2010 se realizaría entre el 23 de febrero y el 7 de marzo, como invitada de honor del Festival Internacional de Cine Contemporáneo (Ficco) de la Ciudad de México, en su edición séptima, donde se proyectaría una retrospectiva integral de su obra, que reúne una cuarentena de filmes. Pero tras la súbita cancelación del festival, Guadalajara y la Cineteca Nacional retomaron la invitación, únicamente con seis cintas, de las que destaca la más reciente: Las playas de Agnès (2008), un alucinante retrato personal en el que rompe todo esquema sobre la autobiografía en cine.
-Es un retrato sobre mí, cierto, pero también quería introducir a cierta gente que conocí, como el escultor Alexander Calder y sus famosos móviles, o al actor Harrison Ford porque filmé su audición para el filme de Jacques Demy, Model Shop [1969], pruebas de perfil o caminando un poco, pues había un contrato de poco dinero cada mes, pero no le dieron el papel y Jacques me dijo que ese joven no tenía futuro, y me gusta porque lo muestro muchos años después, cuando lo visitamos en su rancho, estaba en su piano y con una gran barba, parecía un soldado, y yo quería que le dijera que fue un error. Es lo que hace a esta película divertida, diferente, le pasan muchas cosas a la gente.

-Y es una forma de mostrarse en la pantalla.
-Se puede representar la verdad, además el resultado no es mentira. Pues, ¿qué es el cine? No es una cosa confesional, es un filme que tiene verdad, que tiene fantasía, porque yo quiero que la gente me encuentre y pase un momento emocionante. Y también sobre Jacques Demy, de su vida, de su muerte [en la cinta Agnès revela que fue a causa del Sida], lo que ha sido muy emocionante para mí y para la gente. Además de la vida y de los nietos, yo creo que es un deseo por un tipo de cine, uno que pueda compartir cosas de vida, de ser cineasta, de hablar de mi trabajo, que explique mis filmes, cómo hago los proyectos y la estructura de un filme, en fin. Soy una cineasta seria, pero me gusta reír.

En la generación de la nueva ola y su renovación de los lenguajes al hacer cine algunos eran escritores, pero usted era fotógrafa.
Tiene usted razón, la mayor parte venía de escribir en los Cahiers du Cinéma, pero otros como Alain Reisnais, Jacques Demy, Chris Marker y yo, nunca habíamos escrito cosas teóricas. Yo estaba muy feliz como fotógrafa, trabajé temas de teatro, de artistas y viajes como el de China, donde hice tres mil fotos en 1957.

Agnes Plagues

Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (5/IV/2010).

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